miércoles, 2 de mayo de 2012

La alimentacion ancestral



LA ALIMENTACIÓN ANCESTRAL

El paradigma evolutivo de la nutrición humana











En busca de una base segura


Durante las últimas décadas, la búsqueda del «santo grial» de la alimentación se ha convertido en una cuestión central para numerosos investigadores. No es extraño: pocas decisiones cotidianas influyen de una manera tan constante y profunda en nuestra salud como aquello que comemos.

Acercarse a este tema sin caer en el tópico de anunciar que «por fin hemos encontrado la combinación ideal de alimentos y, con ella, la mejor dieta posible» no es sencillo. A mí me ha exigido años de lectura, observación y reflexión; probablemente, mucho más tiempo e interés del que la mayoría de las personas de mi entorno ha podido dedicarle.

Quizá todavía no hayamos alcanzado ese «santo grial». Sin embargo, la ausencia de una certeza absoluta no significa que todas las opciones sean equivalentes. Hoy disponemos de conocimientos suficientes para establecer unas bases de partida naturales, coherentes y seguras, respaldadas por un consenso internacional cada vez mayor: las que nos ofrece el estudio de nuestra evolución y de la alimentación que acompañó a la especie humana durante la inmensa mayoría de su historia.

Los intereses comerciales interfieren con el progreso de muchas cuestiones. Nuestra sociedad consumista y de mercado se ha creado tal cúmulo de interdependencias que obligadamente ha de generar opiniones que desvirtúen ciertos avances. Eso es así, no porque algo sea verdadero o falso, sino exclusivamente porque significaría pérdida de recursos económicos o puestos de trabajo directamente ligados a una determinada actividad económica. Pasa esto, especialmente, en el terreno de la medicina y la industria alimentaria.

Pero no solamente los intereses comerciales interfieren en la discriminación entre lo conveniente y lo que no lo es. No. A otro nivel la resistencia a admitir que uno puede estar comiendo inadecuadamente procede de las ideologías y de “las modas”. La influencia cultural en la decisión sobre lo que es adecuado comer es muy importante en nuestros días. Quizás es en este campo donde sea más difícil que un nuevo paradigma pueda penetrar puesto que “las creencias” difícilmente admiten cambios aunque exista la posibilidad de demostrar el error. Aferrarse a determinadas suposiciones, –que a menudo no tiene más base que la costumbre, la “pseudociencia” o los mitos— es muy propio del ser humano, y muy difícil desenmascarar la manipulación de la que son objeto los individuos. Desafortunadamente la relación causal entre lo que se come y las consecuencias de ello son a tan largo plazo que a menudo creemos que si nos encontramos bien AHORA es porque comemos bien. Esa suposición cierra nuestra mente a cualquier cambio y nos impide aceptar que no sabemos, ni los científicos ni por supuesto los ciudadanos de a pie, qué consecuencias tendrá en el futuro lo que en apariencia consideramos que “para nosotros” es una alimentación adecuada.

Por todo ello, es necesario ampliar nuestra visión de la alimentación y volver la mirada hacia la base más sólida de la que disponemos: la propia naturaleza y la historia evolutiva de nuestra especie.



La alimentación propia de nuestra especie


Si echamos una mirada a nuestro alrededor, al planeta sobre el que transitamos, vemos que la cuestión de alimentarse de una u otra manera viene determinada por la especie animal. Cada especie tiene una alimentación que le es propia. Tanto en el mar como en la tierra firme, cada especie animal ocupa un nicho ecológico donde obtiene los alimentos que su evolución ha determinado como los óptimos para la subsistencia de su propia especie. Si estuviéramos determinando cuál es la alimentación adecuada u óptima de una cebra, la respuesta sería sencilla: los pastos de la sabana africana. Pero cuando intentamos aplicar la pregunta a la especie humana vemos que la cuestión no es tan sencilla, porque en el caso de la especie humana ha existido una deriva que ha llevado a los humanos a comer según las tradiciones culturales y la disponibilidad de las fuentes de alimentos que en cada momento de la historia ha tenido a su alcance. El panorama de la alimentación humana actual es de una gran diversidad iniciada en los albores de la aparición de la especie y en continua evolución hasta nuestros días. Sin embargo la pregunta importante que nos hemos de hacer es: ¿la tradición cultural, la disponibilidad de fuentes de alimentación y la “electividad” del hombre son tres elementos de fiar como para asegurar que el hombre está comiendo lo que le es propio y adecuado, no solo para subsistir sino para mantener sus mecanismos fisiológicos vitales a pleno rendimiento y con consecuencias positivas para su salud? La respuesta es contundente, y es que no.

Ante esta respuesta debemos plantearnos hasta dónde es necesario retroceder para identificar la alimentación óptima que, como especie, nos es propia.

En 1975, el gastroenterólogo Walter L. Voegtlin dio una respuesta clara a esta pregunta y abrió el camino hacia un nuevo paradigma alimentario.



La larga experiencia evolutiva


Si entendemos por «era humana» el periodo que abarca la existencia de los homininos precursores del Homo sapiens y de nuestra propia especie, hablamos de una historia evolutiva de varios millones de años. Las estimaciones más conservadoras sitúan la separación de nuestro linaje respecto de otros primates hace más de dos millones de años. Durante la mayor parte de ese tiempo, África fue el escenario principal de nuestra evolución; la expansión del Homo sapiens hacia Eurasia se produjo muchísimo después.

Casi toda esa larga trayectoria transcurrió durante la Edad de Piedra, que la antropología divide en Paleolítico, Mesolítico y Neolítico. El Paleolítico, con sus etapas inferior, media y superior, ocupa la inmensa mayoría de ese periodo. Nuestros antepasados vivían como cazadores-recolectores nómadas y se desplazaban en busca de agua y alimentos, condicionados por las estaciones y por los recursos de cada territorio.

Su alimentación procedía directamente del entorno: caza, pesca, frutos, raíces, vegetales, hierbas, huevos e insectos, en proporciones variables según el clima y la disponibilidad. Esta diversidad no contradice la existencia de un patrón común; al contrario, muestra que durante millones de años el ser humano se alimentó de productos naturales, sin agricultura, ganadería ni alimentos transformados industrialmente. En ese escenario se configuraron sus principales mecanismos fisiológicos y metabólicos.

A lo largo del Paleolítico se sucedieron distintas especies humanas y se produjeron avances decisivos: la posición erguida, el desarrollo del lenguaje y la cooperación, la fabricación de herramientas cada vez más eficaces y el dominio del fuego. La cocción amplió las posibilidades de aprovechamiento de los alimentos, pero no alteró su procedencia esencial: seguían siendo los recursos obtenidos mediante la caza, la pesca y la recolección.

Durante el Paleolítico medio y superior aumentaron la capacidad técnica y la complejidad cultural. Las lanzas, hachas, cuchillos, arpones y redes perfeccionaron la obtención de alimentos; al mismo tiempo, los grupos humanos ampliaron sus territorios y su capacidad para adaptarse a entornos muy distintos. El Homo sapiens culminó este proceso con un organismo modelado por una experiencia alimentaria larguísima y constante en sus principios básicos.

La gran ruptura llegó con el Neolítico. La agricultura y la ganadería permitieron domesticar el entorno, producir y almacenar alimentos, construir asentamientos permanentes e iniciar formas estables de comercio. Este cambio favoreció el crecimiento de las poblaciones y el nacimiento de aldeas y ciudades, pero también sustituyó progresivamente una alimentación basada en la diversidad natural por otra dependiente de unos pocos cultivos y animales domesticados.

Con el Neolítico terminó la forma de subsistencia que había acompañado al ser humano durante casi toda su evolución. La caza y la recolección cedieron terreno a una economía planificada según la productividad; desde entonces, este proceso no ha dejado de intensificarse hasta alcanzar su máxima expresión en las sociedades industriales. En comparación con la totalidad de la historia humana, se trata de un intervalo brevísimo. Sin embargo, en ese reducido espacio de tiempo hemos transformado radicalmente nuestra alimentación, nuestro modo de vida y el propio planeta. Esta desproporción temporal es esencial para comprender el paradigma ancestral: nuestra biología es el resultado de millones de años de adaptación, mientras que la dieta moderna constituye una experiencia extremadamente reciente.



La ruptura del patrón ancestral


Toda esta introducción conduce a una pregunta decisiva: si nuestra especie se configuró para alimentarse de una determinada manera y sus adaptaciones se desarrollaron a lo largo de millones de años, ¿por qué cambió tan profundamente ese patrón durante los últimos diez mil años y qué consecuencias ha tenido ese cambio para nuestra salud?

Desde la aparición de la agricultura y la ganadería, entre 10.000 y 5.000 años atrás, y hasta hoy, la manera de comer ha evolucionado rápidamente por diversas razones, que incluyen procesos económicos, sociales e históricos hasta llegar a la dieta que se ingiere (con mayores o menores variaciones), a lo largo y ancho del mundo, en la actualidad.

Desde la obra pionera de Walter L. Voegtlin, publicada en 1975, numerosos investigadores y científicos de la salud han sostenido que una parte importante de las enfermedades que afectan hoy al ser humano tiene su origen en la transformación alimentaria de los últimos diez milenios: apenas unas 350 generaciones, frente a decenas de miles de generaciones anteriores. El abandono progresivo de los hábitos del cazador-recolector y su sustitución por la dieta agrícola, y más tarde industrial, favoreció la aparición de las llamadas «enfermedades de la civilización». Sus efectos no siempre son inmediatos: pueden alterar el metabolismo, reducir la capacidad reguladora del organismo y producir desequilibrios que solo se manifiestan al cabo de los años, dificultando que reconozcamos la relación entre la causa alimentaria y sus consecuencias.

Quienes sostienen este paradigma defienden que recuperar los principios de la alimentación de nuestros antepasados paleolíticos —el largo periodo durante el cual se configuró nuestra fisiología— puede prevenir o mejorar alteraciones metabólicas y autoinmunes frecuentes en las sociedades desarrolladas. Entre ellas se encuentran la diabetes, la obesidad, determinadas formás de cáncer, la artritis y numerosas intolerancias alimentarias. La idea central es firme: al aproximarnos a la dieta ancestral podemos favorecer un peso adecuado, recuperar energía y crear mejores condiciones para que el organismo despliegue sus mecanismos naturales de regulación.

El hecho de que la especie humana evolucionara y prosperara durante un periodo tan prolongado alimentándose mediante la caza, la pesca y la recolección llevó a los defensores de la alimentación ancestral a una conclusión fundamental: generación tras generación, el organismo humano fue adaptando sus sistemas endocrino, metabólico e inmunitario a ese entorno nutricional. La interacción continuada entre genes y ambiente —el terreno que hoy estudia la epigenética— consolidó respuestas fisiológicas profundamente vinculadas a aquella forma de obtener y consumir alimentos. Durante cerca del 98 % de nuestra historia, el ser humano se configuró como un mamífero adaptado a vivir de los recursos disponibles en su ecosistema: animales, peces, frutos, frutas, raíces, vegetales y otros alimentos recolectados.

En cambio, el patrón alimentario iniciado con la agricultura y la ganadería, y transformado después por la industria, apenas cuenta con diez mil años de historia. En términos evolutivos, este periodo es extremadamente breve. Aunque el ser humano posee una notable capacidad de adaptación, no puede darse por supuesto que todos los cambios introducidos desde entonces hayan sido asimilados de forma completa ni que carezcan de consecuencias fisiológicas.

Podemos alimentarnos con cereales; llevamos haciéndolo aproximadamente diez mil años y la especie no se ha extinguido. Pero sobrevivir no equivale a alcanzar un funcionamiento óptimo. La cuestión relevante es si su consumo frecuente —especialmente en las cantidades y formas refinadas actuales— puede provocar respuestas metabólicas desfavorables en una parte de la población. Relacionar enfermedad y alimentación es un objetivo complejo, porque exige estudios prolongados y porque las consecuencias pueden tardar años en aparecer. Mientras la investigación avanza, debemos adoptar una posición personal basada en el sentido común, la experiencia y la lógica evolutiva que sustenta el paradigma ancestral.



Carbohidratos, insulina y adaptación metabólica


La respuesta hormonal a los carbohidratos ofrece un ejemplo claro de esta diversidad. Los trabajos de Gerald Reaven sobre la resistencia a la insulina mostraron que las personas no responden del mismo modo ante una carga de carbohidratos: algunas mantienen una respuesta proporcionada, mientras que otras producen una secreción de insulina mucho más elevada y presentan mayor facilidad para acumular grasa y desarrollar alteraciones metabólicas. Esta variabilidad ayuda a comprender por qué un alimento considerado normal puede no resultar fisiológicamente adecuado para todos. Los cereales —y, sobre todo, sus formas refinadas— constituyen una de las principales fuentes de carbohidratos de la dieta moderna. Desde la perspectiva ancestral, la cuestión no consiste únicamente en preguntar si podemos consumirlos, sino en observar qué respuesta hormonal provocan y si esa respuesta es compatible con nuestra salud a largo plazo. La alimentación ancestral, en cambio, acompañó la evolución genética y metabólica del ser humano durante un periodo incomparablemente más extenso; por ello constituye el punto de partida más seguro para reconstruir un patrón alimentario coherente con nuestra fisiología.



El ejemplo de la leche


Si tomamos otro ejemplo, sobre la leche, acabaremos de ilustrar el problema que puede representar su consumo. La leche es el producto de la glándula mamaria de los mamíferos. Solo los mamíferos disponen de esta fuente de alimentación y su uso en toda la naturaleza queda circunscrito a los primeros momentos de la vida, cuando todavía el animal es incapaz de comer por sus propios medios la dieta adecuada a su especie. No existe ningún caso en la naturaleza de mamíferos que sigan consumiendo leche después de cierto tiempo, en general cuando la cría adquiere capacidad y autonomía abandona la lactancia para comer lo que le es propio de su especie. Solo el ser humano sigue usando esta fuente de alimentación mas allá del periodo de lactancia. Si estudiamos la digestión de la leche, vemos que en los mamíferos existe un periodo de tiempo en el que su intestino es capaz de segregar una enzima necesaria para desdoblar el carbohidrato básico de la leche, la lactosa. Este enzima se llama lactasa y su producción disminuye con el paso del tiempo desde el nacimiento hasta prácticamente desaparecer en la edad adulta. En el hombre también se produce de forma natural esta evolución y el 70% de la población adulta planetaria no es tolerante a la lactosa. Sin embargo es cierto que una mutación epigenética, aparecida hace aproximadamente 5000 años en Europa del Norte, permite a un porcentaje notable de la población digerir correctamente la leche en la etapa adulta. Esta epimutación se ha estudiado y es la que explica que el grupo humano que habitaba el norte de Europa evolucionara con una fuente de alimentación muy rica en calcio lo que en su entorno favoreció su persistencia al hacer a los individuos que mutaron más fuertes, altos y corpulentos que los congéneres no mutados. Al ser una epimutación favorecedora se extendió como resultado de los cruces entre individuos más resistentes, longevos y por tanto dominantes en sus poblaciones. En el resto de razas humanas no se dio esta epimutación y es por ello que entre los asiáticos, africanos e indígenas de América, la tasa de intolerancia a la lactosa es más alta. En algunas poblaciones con altos índices endogámicos, por no cruzarse más que entre familias de su misma raza y tradición, como por ejemplo los judíos, el estudio de la intolerancia a la lactosa demuestra que el 95% de la población no la tolera. Probablemente a lo largo de generaciones y mediante selección natural epigenética la tolerancia a la lactosa tenga tendencia a aumentar en todas las poblaciones lo que no es más que una muestra de la enorme capacidad adaptativa del ser humano. Pero ¿porque someter al estrés adaptativo a una especie que originalmente no está diseñada para consumir un determinado alimento? Si no existieran otras fuentes de alimentos tendría una explicación de supervivencia pero no es el caso. La irrupción de la ganadería supuso, como en el caso de la agricultura, el comercio de alimentos que se podían conservar, ello antropológicamente es un avance que permitió mejores tasas de fertilidad y aumento poblacional pero el precio que la humanidad paga por ello es muy alto en términos de salud.

Los defensores de esta forma de nutrición han señalado también el estado de salud observado en diversas poblaciones que conservaron modos de vida tradicionales —entre ellas algunos pueblos indígenas de África y América y comunidades inuit— antes de la adopción generalizada de alimentos modernos. La escasa presencia inicial de muchas «enfermedades de la civilización» refuerza la hipótesis de que el alejamiento del patrón ancestral tiene consecuencias. Aunque este enfoque sigue generando debate, ha abierto una vía de investigación cada vez más relevante: la alimentación propia de nuestra especie es aquella que empezamos a reconocer como dieta ancestral, primitiva o paleolítica; la dieta del ser humano cazador-recolector.



Los pioneros de la nutrición evolutiva


En 1975, el gastroenterólogo Walter L. Voegtlin reunió sus ideas en el libro La dieta de la Edad de Piedra. Propuso una alimentación sin productos manipulados o procesados, sin cereales ni lácteos y libre de aditivos y conservantes, y elaboró pautas destinadas a tratar diversos trastornos digestivos. Su trabajo fue uno de los primeros pasos firmes hacia la recuperación moderna de la nutrición evolutiva.

Diez años después, en 1985, los investigadores S. Boyd Eaton y Melvin Konner publicaron en The New England Journal of Medicine un influyente trabajo sobre la nutrición paleolítica. Más adelante, junto con Marjorie Shostak, desarrollaron estas ideas en La prescripción paleolítica. Estas aportaciones proporcionaron al nuevo paradigma una base antropológica y científica, aunque durante años su difusión permaneció limitada principalmente al ámbito especializado.

Uno de los autores que más ha contribuido a desarrollar y divulgar la alimentación ancestral es Loren Cordain, investigador de la Universidad Estatal de Colorado y autor de numerosos artículos y libros sobre la materia. Cordain sostiene que esta forma de alimentarse puede mejorar la salud, fortalecer los mecanismos defensivos, reducir el exceso de peso y elevar los niveles de energía. Su propuesta prioriza proteínas de calidad, vegetales, frutas y frutos secos, y elimina o reduce los carbohidratos refinados, las féculas, las legumbres, el azúcar, los aceites procesados y los lácteos. También concede al ejercicio físico un papel inseparable de la alimentación. Con Voegtlin, Eaton, Konner y Cordain, la dieta ancestral dejó de ser una intuición aislada para convertirse en un verdadero campo de estudio y en una alternativa coherente al paradigma nutricional dominante.



Hambre, saciedad y libertad alimentaria


Otra cuestión esencial de este enfoque es devolver al organismo la libertad de comer cuando aparece una necesidad real, es decir, cuando sentimos hambre, y no únicamente cuando lo establece una costumbre horaria. Ideas como la obligación de realizar cinco comidas diarias o comer sistemáticamente a media mañana y a media tarde pueden abandonarse cuando no responden a una necesidad individual. Nuestro organismo está preparado para atravesar periodos de ayuno y para regular la ingesta mediante el apetito y la saciedad. Esta concepción no se basa en contar calorías ni en imponer cantidades rígidas: confía en los mecanismos neuroendocrinos que indican cuándo hemos comido lo suficiente. La práctica personal permite comprobar hasta qué punto esta manera de alimentarse nos aproxima al patrón para el que la evolución nos preparó durante millones de años. El comercio, la abundancia artificial y la búsqueda constante de gratificación nos han apartado de ese camino. Volver a él es una decisión personal, pero también una decisión fundamentada.


martes, 17 de abril de 2012

Haikus al soñar del alma




Rompo las normas
que transformo en humo
como si nada,

pero el Sentir
no es como niebla,
ni se parece,

no todo rompe
a mi paso ligero
en un silencio,

vueltas al tema
doy siempre sin descanso,
no hay salida:

dice la vida,
“contra la muerte vives
si no quieres

dormir con ellos”,
como ellos? digo yo,
entonces callo...

Por qué me dejas
sin respuesta verdadera?
porque no hay.

Sigo pensando:
por qué el sentir frena
mis  penas rotas?

y el no sentir
alivia pensamientos
que no aguantas?

por qué, si, por qué?
y solo responderá
la noche eterna.

Duerme la gente
sueños encadenados
pero ausentes

como yo de mi
–pero sin saberlo–,
por eso muero

sin morir en mi
dejando huellas leves
sobre recuerdos…

Quiero irme ya
pero ella no quiere
soltar mi vuelo...







miércoles, 21 de marzo de 2012

La primavera de nuestro otoño



La vi por la calle y ella no me vio.  Hacia 20 años que no la veía y mi corazón dio un vuelco....  De golpe fui arrastrado por un torrente de emociones que me hizo visitar paisajes internos que habían sido abandonados hacia mucho tiempo. Tuve temor a  entrar, por los recuerdos, y de pronto surgió la pregunta. ¿Por qué?

Amante, amiga, amor.  En ese baile de iniciales todo empezaba por A como nuestros propios nombres.  Ella había sido mi amante. Con ella había querido avanzar en esa triada en la que culminan algunas relaciones humanas, y tras un tiempo de éxtasis hube de olvidarla para sobrevivir.  Ella también me olvidó. Seguimos caminos que nunca más se volvieron a cruzar. Ni siquiera lo hicimos a propósito. Fue la inercia de la vida la que fue separando nuestras existencias.  A fin de cuentas no es tan difícil no coincidir.  Lo difícil es hacer posibles los encuentros deseados o hacer creíbles las intenciones que no son desinteresadas.

El éxtasis de eros es fugaz y la relación que surge es el paradigma de la pasión.

Dicen que la amistad es un afecto desinteresado y que el amor es la pasión que atrae un sexo hacia el otro… Seguramente pretendemos asignar demasiadas variables al amor.  Yo creo que el sentimiento amoroso por que el de ordinario nos unimos a una pareja,  –a diferencia de la amistad– no es desinteresado. Lo que llamamos amor persigue la posesión. Y quien no, me dirán algunos? Pues si, existe la alternativa, se llama amistad. Porque la amistad se comparte sin responder a utilidades, en ella no puede haber dominio, ya que si lo hubiera sería sumisión. Por eso defiendo que la forma de amar más pura esta confeccionada con amistad y erotismo por igual.  Pero los humanos somos como hojas al viento...y se nos marchita el arrebato porque lo erótico es algo transitorio y fugaz.  Es como el éxtasis,  si fuera cotidiano dejaría de serlo.  Por eso, y reduciendo la vida a lo ordinario, afirmo que la amistad –para que responda a ese paradigma– ha de ser la parte de la relación que amasa lo erótico en lo cotidiano. Ese contrapeso que no deja al eros elevarse hasta donde nos falta el aire.

La amistad es lo que dota de continuidad al sentimiento inicial dándole límites doméstico, convirtiéndose en la tramoya sobre la que discurrimos los que creemos amar diariamente sin necesidad de encaramarnos en la utopia:  sin perseguir cada día lo que solo una vez tuvimos al alcance de la mano.

Frente al misterio de lo erótico, frente a su absoluto presente intemporal, -que solo puede vivir en el recuerdo—, la amistad es la parte del amor que nos hace volver al redil, que subsiste a la ensoñación, y que no se rinde al fogonazo sensual del eros. La amistad explica, y justifica, el abandono de la búsqueda utópica de la pasión en estado puro.  Sin ella, la edad haría de nuestra vida una frustración permanente.

Yo la había olvidado aunque entonces no sabía todo esto. Pero realmente fue así como conseguí sobrevivir a ella.

Acabé pensando –mientras proseguía mi camino hacia ningún lugar en la ciudad– que la amistad siempre será un amor incompleto si le falta el toque de lo erótico. Y que el eros es una emoción salvaje que no permite el cultivo cotidiano, ese que daría paso a un sentimiento duradero. 


lunes, 20 de febrero de 2012

La Espiral (notas de viaje por Sudáfrica)

Salimos a las 12 del mediodía de Barcelona.  En Madrid el vuelo de Swissair retrasó su salida hasta las 17.15 h.  La tarde era soleada y los Pirineos estaban sin nubes. Reconocí el bosque de Irati y más a la derecha el Astazu.  Es la primera vez que volamos con esta compañía.  Asientos de piel.  Monitores de 12” de cristal liquido cuelgan del techo cada 4 filas de asientos en donde nos dan información del vuelo.  Velocidad 900 km/hora, algunos momentos hemos llegado a 1000km/hora.  Altura: 9.000mts.  Distancia recorrida y tiempo restante de vuelo.  Es entretenido.  Cada 5 minutos la pantalla muestra un mapa de Europa en el que un pequeño icono en forma de avión va trazando una ruta en dirección a nuestro destino.

En Zurich llueve.  El monitor nos muestra el plano del aeropuerto con las puertas de llegada y con las puertas de los enlaces.  Nuestro equipaje esta facturado en Madrid directamente hasta Johanesburgo.  En Zurich solo bajamos con el equipaje de mano y hemos de volver a pasar por la policía. Esperamos una hora y media para embarcar de nuevo pues el avión de París que tiene enlace con el nuestro se halla retrasado por tráfico aéreo.  Finalmente despegamos a las 9 de la noche.  A mi lado un niño de 4 años con su joven mamá negra de Zimbawe.  Sobrevolamos Tripoli cuando nos vuelven a dar cena.  Repetimos el mismo Goulash del vuelo Madrid-Zurich. Fallo de Swisair.  El enano es ‘majete’, no habla inglés pero nos aclaramos por señas.  Los cartoons lo dejan hipnótico y cuando se acaban da un breve alarido insospechado, hasta que empieza el nuevo. Me pregunto lo que pasará cuando empiece la peli de la noche. Nothing Hill, que por cierto ya hemos visto. La mamá de mi vecino no se entera porque lleva los cascos del walkman puestos desde Zurich. Menos mal que la azafata le trae un coche en miniatura con el que se entretiene en silencio.  Son las 11 de la noche cuando acabo mi cuarta cerveza del día. El monitor nos informa de que nuestro destino está a 7500 km. y que la hora de llegada esta prevista para las 6 de la mañana.  Viajamos a 10000 mts por encima del Sahara, afuera hace 56 bajo cero y nos movemos a 975 km/hora.  Pienso en la tercera dimensión y en como el ser humano ha llegado a controlar el desplazamiento en ella en tan solo un centenar de años.   Si a los primeros viajeros que llegaban a Cape Town, después de 5 meses de navegación, les hubieran dicho que era posible hacer la travesía en tan solo doce horas no lo hubieran creído. No era siquiera concebible como idea.   Que estaremos haciendo los humanos dentro de doscientos años que ahora ni siquiera podemos imaginar?  Conseguiremos el control sobre la dimensión inmediatamente superior: el tiempo?   Podremos algún día desplazarnos en la cuarta dimensión como lo hacemos ahora en la tercera?

Tomamos tierra en Johannesburgo a 280 km/hora.  Los tramites de inmigracion son lentos y en la cola conocemos a  Ester y Jonathan Toledano.  Son de París; viven en el XVII arrondisement –cerca de la place de l’Etoile-, y desde el primer momento se muestran abiertos y acogedores.  Van, como nosotros, al Congreso de ESAPEC y harán la extensión pre-congreso a Zimbawe y Botswana.   Al poco rato de conversar ya establecemos una buena corriente de simpatía.  Un buen filing como dicen los ingleses.  Él es pediatra con practica privada en París; ella empezamos a sospechar que es habladora profesional.  Muy agradables.   Al salir de la aduana nos espera una guia sudafricana,  Fatima.  que nos llevará a hacer un tour por Johanesburgo.  En el bus nos presentan a los Danan: Nicole y Roger,  ginecologa y pediatra, también viven en París y son amigos de los Toledano.  Recorremos el centro de Johanesburgo que nos parece deprimente.  Altos edificios de cemento, algunos de ellos cerrados desde hace años, como el Hotel Carlton de 30 pisos que lleva 4 años sin ser abierto al publico. Desolador.  Los edificios con rejas hasta el primer o segundo piso para evitar el saqueo.  Nos llevan a ver la casa de Nelson Mandela y los barrios residenciales con magnificas mansiones y grandes medidas de seguridad.  Soweto está a 15 km del centro y alli viven 3,8 millones de negros y mestizos. Ni un solo blanco. Nuestro tour no puede ir porque no hay tiempo. Los blancos han abandonado Johanesburgo para instalarse en nuevas zonas residenciales de la periferia. Visitamos, de pasada, un barrio cercano al centro comercial que se llama Hillbrow. En la epoca de apartheid pertenecía a los blancos.  Hoy solo lo habitan negros y mestizos.  Es un barrio degradado en el que se fueron dejando de pagar los alquileres a los propietarios blancos, los cuales a su vez dejaron de pagar los impuestos municipales y el ayuntamiento decidió despreocuparse de su mantenimiento. Resultado: degradación ambiental. Actualmente para disponer de luz, agua o gas se ha de pagar por adelantado. Todavía hoy, 10 años después del cese del apartheid, más de la mitad de las viviendas son ocupadas por inquilinos que no pagan.  El indice delictivo de esta ciudad es el doble del de la media del pais.  A su vez el de South Africa es 18 veces mayor que el de la media de los paises europeos.   La guia nos explica que a partir de las 5 de la tarde el centro queda abandonado y no es recomendable acercarse por alli.  La vida social y comercial de la capital de South Africa ha desaparecido del centro de la ciudad para instalarse en los elitistas barrios residenciales.  Es alli donde se han de buscar las boutiques de ropa de marca  y los grandes hoteles de 5 estrellas.

Comemos en el Holiday Inn cercano al aeropuerto.  Desde Johanesburgo volamos a Victoria Falls en Zimbawe.  Nuevamente aduanas y tramites.  Ahora estamos de verdad en el Africa que uno se imagina con facilidad.  A ritmo lento y con papel de calco, en lugar de ordenadores, los funcionarios de Zimbawe nos cobran 40 dolares por cabeza como derecho de entrada al país.  Vemos como se descarga manualmente el equipaje y como en el lugar de cinta transportadora hay un grupo remolón de mozos que cumplen con esa función como si fueran maquinas. Finalmente salimos en microbús hacia la frontera de Botswana.  Pasamos nuevamente la aduana en Kasane y tras una hora y media de viaje llegamos al Cresta Mowana Lodge.   Cenamos muy bien y nos vamos a dormir pues estamos agotados.  Hace 30 horas que iniciamos el viaje en Barcelona.

A las 10 de la mañana salimos en un Toyota LandCruiser transformado para llevar tres filas de asientos que acomodan a nueve pasajeros.  Nuestro conductor y guia se llama Leonardo.  Durante toda la mañana recorremos pistas polvorientas en busca de los animales que viven en el Chobe National Park, la mayor reserva de elefantes de Africa ya que cuenta con 45.000 ejemplares. El Chobe tiene una extensión de 11000 km2, la cuarta parte de Catalunya o la tercera parte de Belgica y la misma extensión que la Region de París que comprende los departamentos de Alts de Sena, Essone, Sena i Marne, Sena Saint Dennis, Val-de-Marne, Val-d’Oise y Ville de París. Esta extensión es imposible recorrerla por completo en unos días por lo que los guias nos llevan a las zonas de agua para tener más oportunidades de ver animales. Muy pronto empezamos a ver elefantes por todas partes. En pequeños grupos o en manadas más grandes y de todos los tamaños.  Estamos al final del invierno y la primavera este año es algo tardía lo que hace que esté todo todavía muy seco.  Los arboles caducos todavía no han brotado y la mayor parte de los arbustos están pelados por los elefantes.  En la reserva tienen un grave problema, nos explica el guía, con el exceso de estos animales ya que para procurarse las ramas y hojas llegan a derribar a los arboles cuando no alcanzan su parte superior con la trompa.  La perdida de masa arbórea va en aumento cada año y con ella disminuye la zona de sombra en la cual se desarrolla un manto herboso.  Sin arboles no hay sombra, y sin esta el sol calcina el suelo y no crece suficiente hierba.  Sin pastos los rumiantes como los búfalos y antílopes disminuyen.  Sin rumiantes la población de los grandes carnívoros inicia una regresión.  Estamos frente a un desequilibrio ecológico.  Los elefantes durante el día ramonean por entre los arboles y arbustos y al caer la tarde se acercan al rio y a las charcas cercanas al rio Chobe.   Alrededor del Chobe River el paisaje se vuelve verde.  El guía atisba nuestro primer león.  Rápidamente preparamos las cámaras y nos acercamos.  Se trata de una leona que monta guardia junto a su pieza.  No debe de hacer mucho que los leones han podido cazar a una cría de elefante que tendrá, mas o menos, un mes.  Los buitres y quebrantahuesos están al acecho, a prudente distancia.  La leona no se irá ni siquiera cuando la madre del elefante abatido se acerque a pocos metros para comprobar si su cría sigue viva.  El guía nos explica que la leona no se moverá hasta que esté segura de las intenciones del elefante.  Los elefantes adultos pueden con los leones pero los enfrentan solo para defenderse.  Si la elefanta tiene la certeza de que su cría esta todavía viva atacará a la leona.  Después de un par de tentativas finalmente se convence de que no hay nada que hacer y abandona a su cría.  La elefanta, barritando lastimosamente, se une a la manada y la leona, recostada en su trofeo, nos observa en la distancia con aire de vencedor.   Seguimos nuestro camino y encontramos al poco rato a otra joven leona dormitando bajo la sombra de un árbol.  Nos detenemos a dos metros del felino. No se inmuta.  El olor de la gasolina y del coche se sitúa por encima de nuestro propio olor y no nos detecta como presa comestible.  El guía nos explica que si bajáramos del coche y nos apartáramos un par de metros en dirección contraria seriamos una presa fácil.  En el vehículo, aunque este abierto, estamos seguros.  No se ha dado ningún caso de ataque a turistas en los últimos diez años.   Proseguimos el camino y fuimos descubriendo toda clase de antilopes, ñus, kudus, facoceros (una especie de jabali) hipopotamos, bufalos cafre (que si atacan a veces a los jeeps), monos y jirafas.

Comimos en la piscina del Mowana Cresta Lodge.  Por la tarde hicimos un crucero por el rio Chobe. Contemplamos cocodrilos e hipopotamos; vimos como atravesaban el rio las manadas de elefantes y como las madres ayudaban a las crias para que no se ahogaran.  Nos tomamos una cerveza sudafricana mientras el sol se ocultaba entre los baobabs del horizonte. Alguna barcaza con trabajadores negros pasaba por nuestro lado.  En la orilla los niños negros del pueblo de Chobe nos saludaban.  Anochecía cuando llegamos al embarcadero del hotel.  El bufet del Mowana esta noche ofrecía todo tipo de animales: cola de cocodrilo a la plancha con aspecto de rape, guiso de bufalo cafre, goulash de kudú, roastbeef de impala y filetes de avestruz.  En la mesa no todo el mundo se animaba a probar de todo.  Creo que los más curiosos fuimos Nicole Danan y yo.

A las 5 y media de la mañana nos despertaron para tomar un café y salir a un nuevo safari.  Tuvimos ocasión de seguir de cerca la cacería de una leona que siguió durante más de una hora a una manada de búfalos esperando que algún rezagado, enfermo o recién nacido, quedara a su alcance.  El carnívoro no tuvo suerte esta vez y acabó tumbándose cerca de nuestro vehículo bajo un matorral.  Seguimos media mañana más recorriendo la sabana por las interminables pistas en busca de más jirafas y elefantes.   El sol empezaba a calentar cuando nuestro guía dio por finalizado el recorrido y enfiló hacia el confortable Mowana.  Mientras dejábamos el parque atrás el habitat se hacia cada vez más árido. Fuera de la zona ribereña al rio Chobe el resto estaba seco y la poca hierba que crecía era pajiza.  Las ramas de las acacias y de los ébanos estaban raídas o rotas por los elefantes.  Pense que la degradación, fruto del exceso, no es patrimonio del viejo occidente. Tan solo habíamos visto una pincelada del África real y una metáfora de lo que pudo ser en el pasado.  El desequilibrio ecológico propiciado por la sequía y la falta de depredadores naturales es un atisbo de lo que quizás llegue a ser.  No creo que las cosas sean muy diferentes en otros paises del continente.  Esta vez hemos visitado una muestra de Botswana pero con variaciones poco importantes, seguramente podriamos decir lo mismo de Kenia o de Tanzania.

Como dijo Fatima en Johanesburgo,  “África está perdida para nosotros: los hombres”.  Recuerdo que pronunció esta frase en el bus cuando nos explicaba las cifras de SIDA que asolan a la población sudafricana, especialmente a los zulus (50% de la población afectada).  Africa esta perdida seguramente por que nunca ha sido ganada.  Solo se ha usado de ella con la intención de sacar partido a su naturaleza. Sea en forma de materias primas o en forma de esclavos.  Entre el siglo XV y el XVIII el continente fue diezmado y su población estuvo al borde de la extinción debido a la trata de esclavos a la que fue sometido tanto desde el lado occidental blanco como desde el lado oriental asiático. Los europeos, malayos, hindúes, los piratas de los emiratos y los indonesios, fueron saqueando primero las poblaciones costeras y más tarde el interior en busca de negros para esclavizar.  Los belgas en el Congo-Zaire, los ingleses en Egipto, Sudan, Nigeria, Kenia y sus colonias adyacentes, los portugeses en Angola, Mozambique y Madagascar, los alemanes en Namibia, los Franceses en Argelia, Senegal, Costa d’Ivori, Ghana, Txad o Camerun, los italianos en Libia, los españoles en el Sahara, Guinea Ecuatorial y Marruecos.  Todos han sido ejemplo de colonialismo explotador al uso de la epoca.  Hay excepciones como los asentamientos franceses en Argelia y los asentamientos holandeses primero y posteriormente los boers y africaners en Sudáfrica.  Solo en estos casos la intención del hombre blanco ha sido la de colonizar una tierra nueva para quedarse y fundar una metropoli propia. En el caso de Argelia los franceses que creyeron en el sueño de una nueva nación condujo a una larga guerra que acabó con la expulsión. En el caso de los africaners después de las guerras boers y de mantener un pulso con el imperio británico se consiguió el sueño de una nación independiente.  La historia juzga con severidad el aparheid africaner pero mira para otro lado cuando hablamos del exterminio de los indios norteamericanos a manos de los colonos blancos que invadieron su territorio de este a oeste.  Las fechas son las mismas.  San Francisco fue fundada por españoles en 1772, (España pierde la soberania del virreinato de México en 1813) y es arrebatada a los mexicanos por los USA en 1843 (USA se anexiona Texas en 1836, y California, Arizona y Nuevo Mexico entre 1843 y 1845).  En esas fechas los africaners tenían casi doscientos años de historia. Si la peninsula y la tierra del Cabo ya es conocida por los navegantes portugueses Bartolomé Diaz y Vasco de Gama desde 1497, no es hasta 1652, en que Van Rieebeck funda Ciudad del Cabo bajo la Table Mountain, cuando se inicia la aventura de la colonización holandesa-afrikaner.   Este es el único caso de colonización blanca en el continente que no se realiza con la espectativa de enriquecer a la metrópoli con la materia prima de la colonia.  Muy pronto los colonos blancos se afianzan en el territorio con la conciencia de ser un nuevo pueblo. Inglaterra se resistirá y tratará por todos los medios de moderar la expansión africaner. Las sucesivas guerras anglo-boers, desde 1830 hasta fin de siglo, son los episodios sangrientos de esta resistencia.   Finalmente la constitución de la Unión Sudafricana, gracias al tratado de Veerening de 1902, es la consecuencia histórica de un empeño con casi trescientos años de historia. 


domingo, 15 de enero de 2012

Mientras el Estado duerme...

   
No ha cambiado mucho mi transcurrir vital en los últimos tiempos. Desde hace años los pasos que doy son producto de elecciones ante la vida que me llevan a cuestionar los verdaderos motivos que mueven mi deseo de seguir haciendo lo que hago… 

Ahora estaba en plena campaña electoral. Se renueva en mi, por imperativo temporal periódico, una parte del senado y una parte del congreso. El gobierno actual tiene serias dudas sobre su continuismo, yo mas bien diría que el presidente del ejecutivo, yo mismo, tiene la secreta esperanza de que le den un poco de descanso y que sea otro el que se haga con los trastos del mandar. Está deseando retirarse a su casa de la montaña para meditar y escribir. No obstante su responsabilidad política le tiene comprometido con el partido que encabeza y ha de hacer un ultimo esfuerzo parodiando la seguridad de una nueva victoria electoral. 

Hoy, mientras regresaba del consabido almuerzo de trabajo de los martes, en la cafetería de la sede del partido, venia recordando la entrevista que concedió ayer a una destacada periodista americana del semanario Freedom. Una discreta sonrisa se le escapaba mientras se arrellanaba en el confortable asiento trasero del Opel Senator blindado que lo llevaría a la presidencia del gobierno en Castellana. Estaba dispuesto a recordar y lo haría a fondo.  

La había conocido hacia al menos 10 años cuando le encargaron el seguimiento de su primera campaña electoral. En aquella época era una jovencita agresiva que utilizaba su atractivo personal para acercarse a los líderes políticos. Su propia oficina de prensa le había prevenido diciéndole que no era de los nuestros. Recordó como le había fastidiado aquella advertencia. Esos perdonavidas del departamento de relaciones publicas siempre se adelantaban a cualquier posibilidad de que uno descubriera las cosas por sí mismo.  Entonces no le dejaron que fuera entrevistado por ella.  Ahora se había tomado la revancha y había dispuesto la entrevista de forma que no pudiera asistir ni siquiera su jefe de prensa.  Allí estaba ella esperando sentada en la antesala de su despacho, se levantó al serle anunciada por el ujier su llegada, lo hizo sin presteza, como dando tiempo a que se comprobara el carácter felino de sus movimientos más mecánicos. El ujier mantuvo la puerta del despacho abierta mientras ella seguía al presidente.  Tomaron asiento en el tresillo Chester de piel de búfalo.  Mientras sacaba la grabadora le preguntó si la recordaba a lo que, sorprendido, él contestó que no se habían visto más que en alguna sala de prensa… ella hizo un gesto como asintiendo y él sostuvo la mirada de sus pupilas verdes el tiempo suficiente para que ella supiera lo que sucedía. Lo supo al instante y aprovechó la ventaja que eso le daba para empezar preguntando:


– puedo asegurar a mis lectores que es usted un hombre integro?

– señorita, usted puede asegurarlo porque yo así lo creo, pero otra cosa será que todos ellos por un igual lo crean. Los hombres públicos tenemos la obligación de serlo y por ende de parecerlo. Ese es un trabajo constante en el que esta empeñado no solamente el interesado sino también sus consejeros de imagen. Por contra, usted sabrá mejor que yo que el empeño de algunos sectores de la sociedad, interesados en que parezca lo contrario, trabajan intensamente para demostrarlo. Quiere tomar té o prefiere café.

– muchas gracias, no acostumbro a tomar nada durante mis entrevistas. ...Sr. Presidente, es usted el verdadero responsable de la política del gobierno?

– mire, esa es una pregunta con doble sentido. Si admito mi responsabilidad única habrá quien crea que el partido al que represento no tiene parte en la gestión publica. Por otro lado si le digo que las decisiones del ejecutivo están inspiradas en las directrices del congreso del partido o subordinadas a la ejecutiva de aquel, alguien puede pensar que mi figura es meramente decorativa.  Pero ciñéndome más a su pregunta le diré que el aparato del partido controla mi gestión y en definitiva me da su confianza para que actúe libremente. Si algo sale mal he de rendir cuentas ante la comisión de control de la ejecutiva del partido. Siempre es, por tanto, una responsabilidad personal aunque inmersa en la filosofía que emana de las bases hacia el congreso del partido. Sin embargo, y más allá de su pregunta, le he de decir que creo poco en la palabra responsabilidad. Generalmente tras esa palabra esta el vacío real de un contenido posible. Mientras esa posibilidad no sea efectiva, y real, hablar de responsabilidad es simplemente jugar con las palabras.

– pero usted me intenta decir que no cree en los actos responsables, es eso cierto?

– depende del grado de certeza que usted exija a mi discurso.  Así, si lo que me pide es una definición de mi responsabilidad original como ser humano, le he de confesar que tengo serias dudas sobre la posibilidad de llegar a concretarla en términos inteligibles para la mayoría...

– bien… entonces limitémonos a la expresión personal de lo que para usted es ser responsable, si es que usted puede concretarlo para usted mismo. Después veremos si los demás lo podemos entender o no.

– de acuerdo; creo que el ser humano difícilmente es libre de ser en sí. Ordinariamente existe en sí, que no es lo mismo. Esta diferencia hace del término responsabilidad algo vacío o algo real. Mientras solo existe en sí, el ser humano no controla lo que sucede ni afuera ni adentro de su acontecer existencial.  Es víctima de las circunstancias que lo llevan de una situación a otra, a pesar de que la cohesión de sus actos y la presencia de una identidad bien apoyada por lo fenoménico le hace creer que es el quien realmente dirige sus destinos...

– entonces según esto usted no cree en la libertad de opción del ser humano. Me viene a decir que el ser humano siempre actuaría limitado por esas circunstancias que lo empujan a actuar de una manera o de otra. Es eso lo que quería decir?

– pues sí, aunque suene muy ortegiano creo que para entender el actuar del hombre no se puede separar a este de sus circunstancias. En tanto este no asuma sus circunstancias como factores propios de su esencia, de su ser, estaremos jugando al juego de creer que soy algo que no soy. La reina de este juego es la apariencia. El ser humano, frecuentemente, gasta toda su pólvora en comprar apariencias que enmascaran lo que no ES y permiten una EXISTENCIA confortable y acorde con lo que le rodea. El juego de las apariencias es un mecanismo biológico que permite la supervivencia del único animal que conocemos como racional. El ejercicio autentico de la racionalidad llevaría a superar este mecanismo biológico de conservación. Pero no encontramos en todos los hombres el impulso necesario para la practica de esta racionalidad, diríamos… de alto nivel. Hasta el siglo XIX el planteamiento profundo del SER ha estado unido siempre a las ideas religiosas. Pese a que existían los embriones filosóficos de este planteamiento desde antiguo, la filosofía estaba demasiado alejada del nivel practico para que fuera útil o siquiera aplicable a escala de la humanidad. Tan solo los movimientos religiosos llegaban a conectar con el hombre practico para moverlo en una determinada dirección que lo apartara del nivel exclusivamente biológico, sensual, en el que la supervivencia de la especie lo mantenía.  Quizás porque arrastramos esta rémora de siglos es por lo que cuando uno habla de estos temas frecuentemente es tildado de místico o iluminado. En realidad el peligro de caer en manos de revelaciones fantásticas de todo tipo es grande. Cuando uno se lanza al apasionado descubrimiento de lo que ES, inicia un camino lleno de dudas y con frecuencia se siente tentado de acogerse a explicaciones oportunas que iluminan momentáneamente el camino. Nuestro siglo empieza a estar plagado de sectas y movimientos que abordan la ontología cósmica y la metafísica desde atractivos planteamientos que analizados a fondo no son mas que variaciones de nuestras clásicas religiones reveladas, pero esta vez sin liturgias ni santorales, sin túnicas azafranadas ni monasterios recónditos, sin kharems ni peregrinaciones, sin koans ni satoris...

– asi pues, según usted para que un hombre sea responsable de sus actos primero debe de asumir sus circunstancias para dejar de existir simplemente y pasar a ser. Pero yo le pregunto: ¿cómo se da este paso, que usted describe tan facilmente?

– perdóneme si le he podido parecer pedante, pero no crea que lo describo tan fácilmente, tengo mis dudas de que esa descripción tenga la validez universal que usted quiere asignar a mis palabras.  Verá, para mí el principal bagaje de un hombre mientras vive son sus dudas. Sin duda tan solo hay quietud, la quietud del cementerio. Las certezas, ya lo dijo alguien, son propiedad de los iluminados y de los muertos. Yo tan solo constato, al mirar a mi alrededor en la vida, que es muy frecuente que las gentes siempre quieren ser algo. Uno quiere cambiar su vida, otro quiere ser director general, otro que es bajo quiere ser alto, aquella que es morena quiere ser rubia, aquel que es campesino quiere ser obrero industrial, aquella que es modistilla quiere ser actriz de cine, etc, etc.. Sin embargo ese querer ser algo casi siempre se refiere a calidades exteriores. Por otro lado la historia natural del ser humano pasa por una infancia en la que se enseña continuamente desde la apariencia. Se vive desde pequeño el valor de lo ficticio y pocas posibilidades tiene el ser en formación de preguntarse por SI MISMO. Pueden pasar décadas hasta que el hombre se plantea que no se ha encontrado a si mismo, que tan solo tiene de él retazos y adornos superficiales que lo han mantenido atento a una ficción de sí. Empezar a asumir esta realidad, constatada el día menos pensado, no es fácil. Sobre todo si se tiene una cómoda posición vital. Dejar lo andado, prescindir de lo conseguido, arriesgarse a comenzar una investigación biográfica que no se sabe dónde acabara no es empresa que anime a cualquiera. Es muy comprensible que de los pocos que llegan a plantearse este proceso, todavía sean menos los que decidan seguir hacia adelante… Asumir las propias circunstancias es un proceso tan personal que la prudencia aconseja no hablar de ello mas que por referencias a lo muy personal e intimo, …si es que se ha vivido el proceso. Para acabar podría decir que esta tarea es para mí la que dota de verdadero sentido a la vida de un hombre.  Cuando un hombre asume su condición de hombre publico, desde la asunción de las circunstancias que lo han llevado a serlo, entonces puedo decir que llega a conocer las limitaciones de su responsabilidad. También es cierto que entonces nadie más que él mismo puede juzgar el alcance de su verdadera responsabilidad, que no tiene porque coincidir con el juicio que los demás desde su posición de espectadores superficiales pueden llegar a hacerle. 

La entrevista se había acabado. Ella tenia los ojos entornados y miraba fijamente la grabadora. Cuando deje de hablar, la paró, levantó la cabeza y me miró. Supe que se había enamorado de mí en aquel momento.            


Mi pobre presidente de gobierno llegó al final de sus recuerdos cuando el chofer le abrió la puerta frente a presidencia. Le deje sumergirse en sus preocupaciones para volver mi atención al hecho mismo de que mi Estado necesita una renovación interior que ya no puedo aplazar…


Fragmento de “Mientras el Estado duerme”

jueves, 29 de diciembre de 2011

10) Las áreas o funciones especializadas de la mente

         







Habíamos dicho que el flujo atencional (FA), la atención, puede ser dirigida hacia objetos —o sucesos— tanto físicos como mentales. Estos objetos que se ofrecen a la mente pueden ser de varias índoles. Así, son exactamente igual objetos mentales: un suceso lógico que nos lleva a una deducción razonable, como un suceso instintivo que nos lleva a decidir el alejamiento de un animal peligroso,  como el suceso emocional que nos lleva a  pronunciar  un discurso amoroso, como una pulsión llena de deseo que nos lleva a  relacionarnos sexualmente.  Aun cuando los hemos llamado objetos o sucesos mentales, la forma de procesarlos  que tiene la mente para cada uno de ellos,    —recordemos a la mente como un procesador—,  caería dentro de un campo de actividad específica  y su tratamiento psíquico dependerá, o debiera depender, precisamente de su naturaleza. Y digo debiera depender, porque, de la observación cotidiana de uno mismo y de los otros humanos,  se comprueba que no siempre un objeto o suceso mental de una naturaleza específica, es tratado o procesado psíquicamente de la forma adecuada, y  este proceder lejos de ser raro es precisamente lo que sucede de forma habitual en todos nosotros. 

Al reflexionar sobre las causas de este error de procedimiento llegamos a la conclusión de que el  ser humano normalmente no  se detiene a  examinar la distinta naturaleza de la materia mental que procesa, ha incorporado, a través de la educación y desde la infancia, un hábito automático en el que toma prestado el esquema habitual del mundo que nos rodea, el cual distingue entre emociones, sentimientos y deseos, todos juntos y, a menudo mezclados, por un lado, y pensamientos por otro. En la práctica el hábito automatiza el proceder y se observa que  el tratamiento psíquico depende más de las caracteristicas básicas del individuo que de la naturaleza del propio objeto o suceso.  Asi se explica como un individuo catalogado de "sentimental" manifieste influencia de esta índole cuando actúe o cuando piense, de la misma manera que un individuo "cerebral" dejará entrever su predominio racional tanto en sus sentimientos como en sus acciones y pensamientos. 

A pesar de lo dicho no podemos ignorar que el ser humano, aunque tiñe su procesamiento de aquella o aquellas características que lo configuran, dispone de la capacidad de sentir emociones genuinas por muy cerebral que sea, así como la de pensar y razonar con profundidad por muy emotivo que pueda ser.   De la experiencia se deduce pues que la mente dispone de funciones especificas para tratar las distintas naturalezas de los sucesos que ha de contemplar. 

La situación ordinaria de los hombres sería como la de un colectivo de jardineros con tendencia —o preferencia— a trabajar todos los aspectos de un jardín con tan sólo una herramienta determinada, cada cual la que más domina o prefiere, en lugar de elegir para cada trabajo la herramienta más apropiada.  
  
Hemos de admitir, pues, varias naturalezas de lo que se ofrece al procesador mental. ¿Cuales son esas naturalezas posibles? De la observación de la vida y aplicando el sentido común podemos decir que hay cuatro clases bastante evidentes.  Para cada una de ellas a lo largo de la vida se desarrolla una habilidad o función especifica en el conjunto de la mente. Las llamaremos sub-mentes, no por que sean un lugar o rincón de la mente global, sino por que son sub-funciones especificas dentro de la mente general tomada como función.

  1. La naturaleza racional de lo procesado hace que al campo de actividad que le es propio lo llamemos ordinariamente intelecto o razón.  A esta función, especializada en tratar con los contenidos intelectivos, la podemos llamar sub-mente intelectual
  2. La naturaleza emocional de lo procesado hace que al campo de actividad que le es propio lo conozcamos ordinariamente por actividad emocional y a la función especializada la llamaremos sub-mente emocional.  
  3. La naturaleza de los procesos fisiológicos internos del organismo sobre los que no tenemos control —normalmente—, hace que al campo de actividad que tienen que ver con lo vegetativo, lo instintivo y las funciones viscerales y endocrinas, sea manejado por  una función especifica de la mente que llamaremos sub-mente instintiva
  4. He dejado para el último lugar, por su importancia, el campo de actividad específico que se ocupa de los procesos mecanizados o procesos automatizados. Llamamos proceso mecanizado a aquel objeto o suceso mental que cumple con la  condición de acabar determinando un movimiento, una acción o un obrar, que siempre es consecuencia de un estímulo y que tiene como característica el darse de forma autónoma de la voluntad.  O sea el darse de manera directa,  espontanea y sin mediar elaboración o proceso reflexivo —de ida y vuelta—  que altere la respuesta esperada.  De esta función especifica se ocupa la que llamaremos sub-mente mecánica.

Una vez entendido que no es que haya cuatro mentes sino que son funciones especializadas, podemos hacer una licencia de lenguaje y acordar que las llamaremos: «mente intelectual», «mente emocional», «mente instintiva» y «mente mecánica», en lugar de ‘sub-mentes’ que es poco practico y muy feo.   Pero siempre recordemos que mente solo hay una y que eso que llamamos ahora «mente emocional» —por ejemplo— no es mas que una función especializada de la mente global. 

Al inicio decíamos que el FA puede ser dirigido o enfocado hacia un objeto físico o mental. Pero también observamos que existen procesos o sucesos que se procesan sin necesidad de que el FA sea controlado o dirigido conscientemente.  Es decir que hay situaciones en las que la mente procesa una situación sin que ni la personalidad ni el ‘yo mismo’ sepan lo que ocurre o tomen parte en decidir si es o no conveniente que algo de eso suceda.   Esto, que es muy evidente en el caso de los procesos instintivos o vegetativos, no solo ocurre con esta materia sino que también ocurre en el terreno de los pensamientos y las emociones. Cuando un material de pensamiento o emoción sigue este procedimiento es cuando lo podemos catalogar de pensamiento o emoción mecánicos.   Podemos encontrar muchos ejemplos de ello, los pensamientos por asociación se suceden en nosotros y no somos conscientes de que un determinado pensamiento conduce a otro, simplemente ocurre.  En este caso no hay atención o flujo atencional dirigido, no somos plenamente conscientes de adonde queremos llevar nuestro pensamiento, sino que de forma automática un pensamiento lleva a otro.   

Ejemplos de emoción mecánica también los tenemos en aquellas emociones que nos asaltan sin que lo deseemos, o a nuestro pesar. Las emociones son desencadenadas por un suceso, la contemplación de algo por ejemplo, y sentimos, si,   pero sin ser plenamente conscientes del proceso seguido.    Todos estos procedimientos configuran patrones de respuesta mecánica que tiende a repetirse, y a reforzarse, con el tiempo y con la practica. Examinándonos podemos comprobar que con el paso del tiempo disponemos de un gran bagaje de ‘moldes’ o patrones de respuesta prefabricada,  de comportamientos por tanto, que no requieren una atención consciente, y que de hecho se dan sin la participación de una atención dirigida.   Esto, lejos de ser un inconveniente es de una gran ayuda para la vida ordinaria en el nivel sensual de la existencia, o sea en la vida externa que es regida por los sentidos.  Sin embargo el habito de operar mecánicamente también se arrastra —se contagia— a la vida interna y a menudo nos encontramos usando mecanismos, patrones asociativos automatizados, para dar respuestas en el terreno de lo propiamente psíquico, o sea en el lado de las respuestas que requieren valoraciones más matizadas.  Es el caso de las opiniones personales, los prejuicios, o las ideologías incorporadas, que moldean nuestra manera de pensar sin que lo notemos.   De hecho si pensamos mecánicamente generalmente nos cuesta ver los matices en las cosas, los grises, pues la tendencia mecánica es a ver las cosas en función de blanco o negro, verdad o mentira, cierto o falso, cuando la realidad no es nunca tan exacta sino que abundan las escalas intermedias.  Solo con una reflexión auto-consciente podemos eludir la tendencia automática a aplicar dichos moldes de pensamiento generados de forma automática a lo largo del tiempo.  Esta es una descripción de como la «mente mecánica» controla también nuestro pensamiento racional.   Solo cuando la atención deja de ser atraída, por asociación con un molde prefabricado, y nos proponemos dirigirla conscientemente es cuando ponemos a trabajar a nuestra «mente intelectual».  Como consecuencia de este esfuerzo nuestro pensamiento deja de ser, entonces, simplemente mecánico.  

De la misma manera podríamos poner ejemplos de emociones mecánicas que atraen nuestro sentimiento por costumbre, por experiencias previas que han conformado respuestas emocionales prefabricadas ante hechos iguales.  En estos casos la atención es atraída por la emoción y no podemos hacer nada para evitar sentir en la dirección atraída, es un molde o patrón aprendido que se desencadena también por asociación, en este caso de emociones previas.  Solo si estamos dirigiendo la atención cuando se observa el hecho que desencadenará la cascada emocional,  o sea atentos a lo que sucede, sea una audición, contemplación o proyección emocional de una tercera persona, es cuando tenemos la posibilidad de trabajar el contenido emocional desde la «mente emocional» y zafarnos de la «mente mecánica» que determinaría un patrón emocional de respuesta prefabricado y ajeno a nuestro control. 

De todo lo dicho se puede deducir la importancia de la «mente mecánica» en nuestro obrar cotidiano.  Así es como, del análisis de lo que nos sucede habitualmente, y con un esfuerzo deductivo, vemos claramente como la actividad de la «mente mecánica» afecta tanto a la materia de la «mente intelectual» como a la materia de la «mente emocional».   Y como, de ordinario, funcionamos con mecanismos, hábitos de respuesta automatizados tanto en el procesamiento de pensamientos como de emociones.  

Pero podemos deducir una cosa todavía mas importante, que la diferencia entre pensar o sentir mecánicamente o no, está en la atención que ponemos en ello. 

¿Pero que significa estar atentos?  Quiere decir que observamos algo con atención dirigida, pues si es atención atraída no somos conscientes del hecho de que observamos algo.  Es decir, para que haya observación de algo nos hemos de percatar del hecho de que observamos. El FA ha de ser bidireccional para que el sujeto pueda ser diferenciado del objeto. La observación ha de regresar al lugar de procedencia para que se dé esa información que hace consciente al sujeto de  su diferencia, de su ‘separación’ del objeto.  Es entonces, y solo entonces, cuando el ser, al percibir que percibe, y que lo que percibe es otro, se hace consciente de su individualidad, de su presencia que lo diferencia del objeto que contempla.   De lo contrario se produce el fenómeno de identificación con el objeto observado.  Lo cual sucede siempre que la atención es atraída. 

La percepción siempre existe lo que no existe siempre es la percepción de que se percibe y que lo que se percibe es otro.  De esto deducimos que la percepción es independiente del flujo atencional.  Esto es algo que ya sabemos por que es lo que sucede en la vida de la naturaleza animal.  El tigre, —decíamos— percibe, aunque no es consciente de su percepción.  Vive las consecuencias de la percepción sin separarse de ella misma por que no tiene la capacidad de ser autoconsciente.  El ser humano si tiene la capacidad de autopercibirse como individuo,  y posee la capacidad para dirigir y controlar su FA, sin embargo la observación del mundo que nos rodea nos enseña que existe vida humana sin necesidad de ejercitar esta facultad. 

No es de extrañar, por tanto, que cuando el ser humano somete su FA a determinadas condiciones y a la vez consigue el control de lo que antes llamamos flujo mecánico del pensamiento o sentimiento, afloren unas sensaciones a la consciencia que, cualitativamente, representen una ampliación de los límites de la percepción del yo que de puro inusuales representen una vivencia extraña a la que no esta acostumbrado.