jueves, 3 de septiembre de 2026


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Las tres Gorgonas

La violencia en la televisión… El hambre y la desigualdad en los países empobrecidos… El gasto militar de las naciones más poderosas… La pulsión hacia la guerra que súbitamente aparece en cientos de miles de ciudadanos hasta entonces pacíficos…

¿Por qué nos preguntamos siempre por las consecuencias de estos hechos? ¿Por qué no preguntarnos antes si somos capaces de evitar los hechos mismos?

Conviene empezar por una situación concreta. Un padre preocupado o un profesional informado comienza una conferencia o un artículo afirmando: «Casi a diario comprobamos cómo la violencia en la televisión influye en nuestros hijos…». Después describe las consecuencias del problema y propone algunas medidas para mitigarlo. Sucede lo mismo cuando el asunto es una guerra no deseada, la injusticia del hambre o cualquier otro mal colectivo.

Sin embargo, pocas veces se pregunta hasta qué punto él mismo, como todos nosotros, forma parte de las condiciones que producen aquello que denuncia.

No pretendo afirmar que ese adulto sea inconsciente ni que sus decisiones carezcan de valor. Probablemente reflexiona, actúa de buena fe y trata de ayudar a quienes padecen las consecuencias del problema. Pero actuar conscientemente en un ámbito concreto no equivale a comprender el entramado completo en el que esa actuación tiene lugar.

Esta sería, por tanto, la primera cuestión: ¿es posible vivir conforme a una interpretación de la realidad que solo sea parcialmente verdadera?

Cuando una persona actúa bajo el convencimiento de algo que no se corresponde plenamente con los hechos, decimos que actúa engañada. Sin embargo, el engaño no tiene por qué haber sido provocado deliberadamente por alguien. También puede surgir de los hábitos, del lenguaje, de las instituciones y de las ideas heredadas. Puede ser un producto colectivo que nadie haya diseñado por completo.

Vivimos dentro de una realidad social organizada por leyes, costumbres, incentivos, tecnologías y sistemas de pensamiento que existían antes de nuestra llegada. Estas estructuras no determinan absolutamente cada una de nuestras decisiones, pero delimitan el campo de lo que podemos imaginar, elegir y realizar. Nos dejan márgenes de libertad, aunque esos márgenes sean menores de lo que solemos creer.

No somos simples marionetas, pero tampoco autores soberanos de nuestra existencia.

Creemos regir nuestro destino mediante decisiones cruciales. Creemos modificar los acontecimientos gracias al libre albedrío. Creemos evitar males mayores mediante decisiones colectivas impulsadas por la voluntad de cambio. Creemos que las ideas de ciertos políticos, religiosos o intelectuales poseen por sí mismas la capacidad de mover voluntades.

Algo de verdad hay en todas estas creencias. Las decisiones importan, las ideas producen efectos y algunas personas modifican el curso de los acontecimientos. Pero ninguna acción surge en el vacío. Cada decisión está condicionada por una historia personal, una educación, unas posibilidades materiales, un lenguaje y unas circunstancias que no hemos elegido.

Nuestra libertad existe, pero es una libertad situada.

Los productos de la actividad humana adquieren, además, una dinámica parcialmente autónoma. Creamos instituciones, mercados, tecnologías, doctrinas y sistemas políticos; después, esas mismas creaciones modifican nuestra conducta y reducen o amplían nuestras posibilidades. Aquello que fue producido por el ser humano acaba actuando sobre él.

Podríamos establecer aquí una analogía —no una identificación completa— con el «mundo 3» de Karl Popper: el ámbito de los productos objetivos de la mente humana que, una vez creados, generan problemas y consecuencias no previstos por sus autores. También podríamos relacionarlo con la teoría de los memes desarrollada por Susan Blackmore, según la cual ciertas ideas se reproducen porque poseen eficacia para propagarse, no necesariamente porque sean verdaderas o beneficiosas.

No hace falta imaginar una voluntad secreta que dirija la historia. Puede bastar la interacción entre millones de decisiones, intereses y automatismos para producir un sistema que nadie controla por entero. El resultado se parece a una maquinaria autoprogramada: no porque posea conciencia, sino porque cada uno de sus elementos responde a reglas que contribuyen a mantener el conjunto.

Los seres humanos somos quienes alimentamos esa maquinaria, pero también quienes podemos alterarla. Nuestra capacidad individual de modificación es limitada; nuestra capacidad colectiva puede ser mayor, aunque nunca sea absoluta. Entre la libertad total y el determinismo completo existe un territorio incierto: el de una libertad condicionada que necesita comprender sus límites para poder ensancharlos.

Pero quizá la apariencia de libertad no sea nuestro único problema. También debemos examinar críticamente otros dos ideales que la modernidad convirtió en emblemas: la igualdad y la fraternidad, entendida aquí como solidaridad.

Son las tres Gorgonas de este escrito.

Las llamo así no porque la libertad, la igualdad y la solidaridad sean males en sí mismas, sino porque todo ideal puede petrificar el pensamiento cuando deja de ser interrogado. Como las criaturas mitológicas, estos conceptos pueden inmovilizarnos si los contemplamos como verdades terminadas, separadas de sus contradicciones y de sus efectos reales.

La libertad puede convertirse en la creencia ingenua de que cada individuo es dueño absoluto de su destino. La igualdad puede degradarse hasta convertirse en uniformidad. La solidaridad puede reducirse a obediencia colectiva o a una delegación burocrática de la responsabilidad moral.

La dificultad no está necesariamente en los ideales, sino en el modo en que los usamos.

La igualdad y el igualitarismo

El ser humano no es igual a los demás en inteligencia, sensibilidad, capacidad, esfuerzo, fortuna, educación o conducta. Esta evidencia suele confundirse con una negación de la igualdad política y jurídica. Sin embargo, afirmar que las personas son diferentes no demuestra que deban poseer distintos derechos fundamentales.

La igualdad ante la ley no significa que todos seamos idénticos ni que todos nuestros actos tengan el mismo valor. Significa que las diferencias de talento, riqueza, origen o cultura no conceden por sí mismas a una persona el derecho a disponer de otra.

Por tanto, conviene distinguir la igualdad de derechos del igualitarismo. La primera establece un suelo común de dignidad y protección; el segundo puede pretender borrar las diferencias, ignorar el mérito o imponer resultados uniformes. Criticar el igualitarismo no exige rechazar la igualdad jurídica. Del mismo modo, defender la igualdad jurídica no obliga a negar la diversidad humana.

¿Por qué mi voto tiene el mismo valor que el de un vecino que nunca se informa, desprecia toda responsabilidad cívica y decide únicamente por impulso?

La pregunta puede resultar incómoda, pero no es ilegítima. Obliga a pensar en la relación entre conocimiento y participación política. Sin embargo, también plantea otra cuestión: ¿quién tendría autoridad para decidir qué ciudadano merece votar? ¿Qué conocimientos, virtudes o méritos serían necesarios? ¿Quién juzgaría a los jueces de esa capacidad?

El sufragio universal no se apoya en la idea de que todos poseemos idéntico juicio, sino en la necesidad de impedir que un grupo se atribuya permanentemente el derecho de gobernar a los demás. No garantiza decisiones sabias. Establece, más modestamente, que toda persona sometida al poder político debe contar en su constitución.

Esto no elimina el problema de la irresponsabilidad ciudadana. Una democracia que reconoce el voto como derecho puede exigir, al mismo tiempo, educación, información y responsabilidad. La igualdad política no debería convertirse en indiferencia ante la formación de quienes participan en la vida colectiva.

También podemos preguntarnos por qué la ley reconoce los mismos derechos fundamentales a quien comete un gran delito financiero y a quien realiza un pequeño hurto. La respuesta no es que sus actos sean equivalentes. Precisamente porque no lo son, las penas pueden ser diferentes. Lo que debe permanecer igual es la garantía de que ambos serán juzgados mediante unas reglas comunes y no según la posición social que ocupen.

El problema aparece cuando la igualdad proclamada oculta una desigualdad efectiva: cuando quien posee dinero, influencia o conocimientos puede defenderse mejor que quien carece de ellos. Entonces no estamos ante un exceso de igualdad, sino ante una igualdad jurídica que no ha llegado a realizarse.

Puedo reclamar mi derecho a ser diferente. Puedo pedir que se reconozcan mis capacidades, mis elecciones y mis esfuerzos. Lo que no puedo deducir automáticamente de esa diferencia es una dignidad humana superior ni un derecho general a dominar a quienes considero menos capaces.

El mérito importa, pero tampoco es una realidad pura. Todo mérito personal contiene una combinación de esfuerzo propio, aptitudes recibidas, educación, oportunidades y circunstancias favorables. Reconocer el mérito es razonable; convertirlo en la única medida del valor humano supone olvidar cuánto debemos a aquello que no elegimos.

La igualdad, por tanto, no debería entenderse como un merecimiento. Lo que puede merecerse es una responsabilidad, un reconocimiento o una función determinada. La igualdad básica de derechos cumple otra finalidad: proteger a cada persona frente a la posibilidad de que otros decidan que su vida vale menos.

La solidaridad administrada

La solidaridad tampoco puede darse por supuesta. No basta con llamar solidaria a una sociedad para que sus miembros lo sean. El pago obligatorio de impuestos puede financiar instituciones necesarias y producir efectos redistributivos, pero no constituye por sí mismo una virtud personal.

¿Solidaridad? En ciertos casos, quizá solo aceptación de una obligación legal o conformismo ante un mal menor. En otros, puede ser el reconocimiento racional de que nadie vive aislado y de que todos dependemos de bienes construidos colectivamente.

La solidaridad auténtica exige alguna forma de conciencia del otro. No puede reducirse a una transferencia impersonal, aunque tampoco necesita limitarse a la generosidad espontánea. Las instituciones solidarias pueden compensar nuestra indiferencia individual y proteger a quienes quedarían abandonados si todo dependiera de la buena voluntad.

Aquí aparece una nueva tensión. Una solidaridad completamente obligatoria corre el riesgo de vaciarse de contenido moral; pero una solidaridad exclusivamente voluntaria puede resultar insuficiente ante necesidades colectivas graves. Tal vez debamos distinguir la virtud solidaria, que pertenece a la conciencia personal, de la justicia social, que corresponde a las instituciones.

La primera no puede imponerse. La segunda no puede depender enteramente de la primera.

Antes de pedir al ser humano que sea solidario, habría que ayudarlo a reconocer los condicionamientos que limitan su libertad interior. Pero quizá el proceso también funcione en sentido inverso: el encuentro con la fragilidad ajena puede despertar una libertad que el aislamiento nunca habría producido. La conciencia individual y la relación con los demás no tienen por qué sucederse en un orden rígido; pueden alimentarse mutuamente.

Una hipótesis sobre las tres Gorgonas

La Revolución francesa convirtió la libertad, la igualdad y la fraternidad en símbolos fundamentales de la modernidad política. Sería difícil demostrar que estos ideales fueron introducidos deliberadamente como parte de una maniobra unitaria de control concebida por la masonería, el despotismo ilustrado o cualquier otro grupo. La historia rara vez responde a un plan tan coherente.

Pero cabe formular una hipótesis distinta y más prudente.

Es posible que determinados poderes hayan aprendido a apropiarse de esos ideales y a utilizarlos para legitimarse. No sería necesario que los hubieran creado con ese propósito. Bastaría con que hubieran descubierto su capacidad para movilizar voluntades, justificar instituciones y silenciar ciertas objeciones.

El poder no siempre combate las ideas que lo amenazan. A veces las absorbe, modifica su significado y las convierte en parte de su propio lenguaje.

La libertad puede utilizarse para justificar el abandono de quienes carecen de medios, como si toda situación personal fuera fruto de una elección. La igualdad puede emplearse para imponer obediencia y uniformidad. La solidaridad puede invocarse para exigir sacrificios que benefician a estructuras ajenas al bien común.

En esta interpretación, las tres Gorgonas no serían un engaño originario, sino ideales ambivalentes: contienen una promesa emancipadora y, al mismo tiempo, la posibilidad de ser instrumentalizados. Su poder no procede exclusivamente de quienes los formulan, sino también de la dinámica que adquieren una vez incorporados a instituciones, discursos y movimientos históricos.

Los ideales pueden fecundar mentes y voluntades de manera casi automática. Una vez puesto en marcha el mecanismo, el transcurso del tiempo transforma aspiraciones morales en consignas, y las consignas en normas que ya nadie se atreve a examinar. Así, conceptos nacidos para cuestionar el poder pueden terminar protegiéndolo.

El socialismo, el liberalismo y otras grandes corrientes modernas han construido proyectos diferentes alrededor de estos ideales. Ninguna puede reducirse a una simple maniobra de dominación, pero ninguna debería quedar al margen de la crítica. Todas han producido conquistas, contradicciones y nuevas formas de poder.

La cuestión decisiva no es si debemos abandonar la libertad, la igualdad y la solidaridad. Es si todavía somos capaces de pensarlas sin someternos a ellas como si fueran palabras sagradas.

Necesitamos una libertad consciente de sus condicionamientos; una igualdad que proteja la dignidad sin negar las diferencias, y una solidaridad que no sustituya la responsabilidad personal por una obediencia tranquilizadora.

Tal vez las tres Gorgonas no tengan que ser destruidas. Tal vez baste con evitar su mirada petrificadora.

Y seguiremos paseando por la Diagonal o por la Castellana. Continuaremos amando, discutiendo, votando y escribiendo miles de páginas. Nos diremos libres, iguales y solidarios, aunque ninguna de esas palabras llegue a describirnos por completo.

Dentro de muchos años quizá alguien pueda decir, evocando el final de Barry Lyndon: "todo esto sucedió durante el reinado de Juan Carlos I". Todos ellos —los que pasearon, los que amaron, los que discutieron y escribieron— creyeron ser libres, iguales y solidarios.

Quizá lo fueron en alguna medida. Quizá no tanto como imaginaron.

Y acaso la única libertad posible comience precisamente ahí: en la capacidad de someter a examen las ideas con las que explicamos nuestra propia libertad.

martes, 25 de agosto de 2026

El coreano o la insoportable pesadez del ser


El coreano o la insoportable pesadez del ser

(a propósito de NO-COSAS de Byung-Chul Han)


Hay un tiempo para arar, otro para sembrar y otro para cosechar. Arar es árido, arduo, cansa y desgasta. Conviene hacerlo joven. Luego se siembra, si es que uno tiene algo que sembrar. Y finalmente se cosecha, según lo sembrado, según cómo se sembró y según el azar que hizo que la semilla germinara aquí o dos metros más allá del camino. Algunos dirán que el azar no existe. Ese es su problema. No el mío.


Arar, para mí, es preparar el relato. Estudiar hasta adoptar una Weltanschauung propia, una cosmovisión para participar de lo humano. Porque somos tres cosas por este orden: seres naturales, inscritos en la naturaleza; seres sociales, inscritos en lo comunitario; y seres trascendentes, por esa pulsión de buscar qué hay tras el velo. Naturaleza para respetarla. Humanidad para implicarnos. Espiritualidad para aspirar, en el formato que cada uno haya elegido, cercano o lejano.


Pero el tiempo de arar es limitado. No me imagino a un jubilado buscando todavía el sentido de su existencia. Si ocurre, es una alteración del discurrir. La madurez es para sembrar. La vejez, para cosechar.


Y aquí entra el coreano.


Tengo la impresión de que Byung-Chul Han aró cuando tocaba y ahora cosecha sin pausa. Un libro por año. Oficio impecable, prestigio ya ganado. Nada que objetar. El problema es nuestro si compramos cada cosecha suya pensando que con ello araremos la nuestra. 


No-Cosas podría resumirse en pocas frases. No porque sea simple, sino porque su tesis ya nos habita: la digitalización del mundo relacional ha ocupado el lugar de las cosas-cosas. ¿Quién lo duda a estas alturas? Nadie. Todos lo hemos pensado alguna vez al ver a alguien acariciar un móvil como antes se acariciaba una taza.


Lo que hace Han es vestir esa evidencia con erudición. Y lo hace bien, es su oficio. Una cita de Heidegger, otra de Arendt, otra de Flusser, Hegel por ahí. Pensar sobre el pensamiento de otros. Es un recurso que a cierta edad delata otra cosa: la necesidad de un reconocimiento que de joven no se tuvo. Como los perros que marcan territorio levantando la patita, algunos marcan página levantando la cita.


No digo que no tenga consistencia. La tiene. Digo que a partir de la página tres, toda la letanía del smartphone, la smart home, las selfis, se vuelve redundante para quien tiene nivel lector para pasar de la página tres. Y para quien no lo tiene, ni le roza. Es un discurso que va dirigido a una burguesía culta que quiere asustarse un poco con el espejo. Épater les bourgeois.

El colmo, para mi estómago, fue la última entrada: la digresión sobre la gramola dels collons. Ahí dije basta y me tomé un Almax.


Y sin embargo, entiendo por qué me irrita. Me irrita porque me recuerda a Kundera.


En los 80 y pico, en plena fase de mi arar, leí La insoportable levedad del ser. Me dio instrumentos para el dilema de entonces: amor-raíces, familia, versus amor-desarraigo, bohemia. Dije que me gustó. Veinte años después lo releí, como recomiendo hacer con todo lo que te importó, y me pareció una obviedad, un aburrimiento. No de forma absoluta, sino relativa. Un libro para los 20-40 años. No para quien ya está sembrando.

Con Han me ha pasado igual. Reconozco sus valores, pero son valores para otra edad del lector. Para quien todavía necesita que le demuestren con Heidegger que el móvil nos pone solos.


Cada vez aprecio más lo contrario: la levedad. No la pesadez del conocimiento, la erudición y la cita.


El silencio es lo único que puede hacer que el yo florezca. Un silencio que no es mutismo, sino cese del deseo de enriquecerse con más saber. Porque si la mente global — y digo mente como el ordenador que maneja nuestro yo soy, no el yo personaje que es el yo estoy — no ha metanoizado, no ha cambiado de forma, todo lo que creemos saber cae en un recipiente rígido, formateado, incapaz de cambio. Y sigue dando vueltas a la noria.


Meditar, para mí, es eso: concitar el silencio de los procesos mentales. Parar el flujo mecánico del pensar para oír, por fin, lo que el yo soy tiene que decir, ahogado como está por el torrente de información en el que vivimos.


De eso va, creo, lo que ahora me ronda y que he empezado a llamar la banalización de lo inmediato. Pero eso ya será otra cosecha.


3 de junio de 2024. Revisado, agosto de 2026.


lunes, 20 de abril de 2026

Ella, cuyo nombre es Ausencia



El escenario es una mesa con cuatro sillas. Ella se levanta y se va… Suena la música de Old and Wise y entran dos personajes con sombrero y se sientan.  Albert llega después y se dirige a ellos de pie.


—Mirad, Alfons, ¿Armand? o Antoine… ¿Es que ya ni me sé vuestros nombres? No, no, enseguida me vendrán a la cabeza, volverán, necesito contaros algo muy importante… tengo que recordarlo antes de que Ella vuelva y se los lleve… sí, sí, lo que pasó aquella noche cuando me quedé solo y luego Ella (mira alrededor) se marchó… pero dijo que volvería…

—Vale, vale, Albert, cuéntanos, coño, que te veo nervioso, tranquilo, que no nos movemos de aquí… y no mires pa todos lados que no hay nadie más que nosotros tres… 

—Bien, bien, empiezo por un entonces… no, mejor por un érase una vez, no, no, vale, todo empieza, o sea, casi todo, después de que Ella, la Ausencia, cerrara la puerta y me dejara sentado frente a una mesa con los restos de una cena; en realidad creo que era una cena mental, porque estaba mi ordenador en la mesa en lugar de los platos… 

  En cuanto me quedé solo, entendí, comprendí o, mejor, pensé que necesitaba tiempo para analizar mis elaboraciones, sí, sí, me refiero a esas reflexiones que acabas convirtiendo en pensamientos elaborados; también tiempo para poner nombre a mis deficiencias, para ordenarlas en una escala que fuera de más a menos verosímil, y puestos ya en harina para revivir mis creencias sobre mi padre y la madre que me parió, o sea, para redefinirme… Yo soy así por… por tal y por cual… pero no, no, en realidad os tengo que confesar que todo esto lo pensé por momentos, lo dejé pendiente, pero en realidad solo estuve a punto de decirme que soy en exceso cartesiano, o sea, cuadradete, rígido, eso… .alemán, pero de los buenos… eh, con feelings, con corazón caliente… 

  Sí, quizás sea eso por lo que me siento cómodo con lo que es predecible. Necesito, —porque me gusta—, que mientras Ella, no esté, las causas produzcan siempre los mismos efectos; que las magnitudes inmutables lo sean de verdad; que el caos cumpla con su obligación de engendrar caos… Necesito predecirlo, comprenderlo, sentir que hay algo ordenado que guarda mis pequeñas, pretenciosas y predecibles conjeturas.

Solo así puedo sentir que soy yo… Sin embargo, ahora… Ahora que vuelve y me amenaza por la espalda, un poco a traición… de pronto ya no sé quién soy, ya no sé con certeza lo que significo, y tengo que volver a pensarme y rebuscar en la misteriosa lógica de un caos que se me escapa. En la débil estructura de unas creencias que se desmoronan, en las impredecibles consecuencias de mi frágil e insatisfactorio pensamiento, aquello que me define… Pero todo eso se va escapando como una niebla y es que Ella no me deja recordar… me está borrando mi existir… No sabéis cómo duele por dentro la pérdida… poco a poco, de mi memoria…


—Vale, tío, vale, respira, ¿qué cojones haces soltando este rollo? Joder, Albert, ¿es que no ves que el que lo oiga va a pensar que estás majara?   


—No, no, espera, que yo ya lo sé… ahora digo caos, probabilidades, magnitudes inmutables, o sea, todo complicado, y lo sé… Pero es tan bonito, tan bonito, darle a la parida mental mientras puedo… Mira, Antoine, no, no, Armand, me he pasado la mayor parte de mi vida elaborando hipótesis sobre el Misterio, con M mayúscula.  Y siempre he creído que Alan Parsons tenía razón, que primero debías ser joven y estúpido, y luego viejo y sabio… que eso de ser viejo llevaba a lo de ser sabio… pero no lo soy… bueno, viejo sí… Y para qué tantas vueltas, me pregunto, si Ella ha de venir y llevárselo todo.  Que a los setenta tenga la misma resaca que a los cuarenta es un drama en sí mismo… al que algunos llegarán, o no… Joder, tío, ¿tú qué piensas? Es que a mi ego le daría mucho palo que solo me pasara a mí… Dime, ¿qué crees?

—¡Motherfuck! Pero a ti qué te importa si llegan o no, no jodas, Albert, pero a ver, a ver, ¿tú quieres saber si les pasará lo mismo o lo que coño les dirás?…

Pues claro que le pasará a muchos, tranquiliza a tu ego que no es tan único… y, por otro lado, ¿qué coño les dirás si es el caso?… Pues eso, Albert, que entonces tendrás casi cien años y balbucearás otra vez: “Es Ella… es Ella, la Ausencia, la que tiene las respuestas… y se las llevó”. Venga, acábate la grappa y ve pensando en que todo esto es humo y que mañana será otro día. 

—Sí, ya va siendo hora, Albert…


—Vale, vale, pues os acabo contando algo que me pasó ayer mientras ordenaba escritos antiguos… bueno, escritos de Marta y Raquel, de cuando eran semipeques, que los guardo todos, vaya tela… Bueno, pues he sacado uno escrito a tus 17 años, Marta, cuando empezabas una especie de redacción-confesión que hiciste para mí (bajo pedido, como era mi costumbre pedagógica, sobre el problema del teléfono y los chicos), y empezabas con un: mayúsculas ERES EL MEJOR PAPI DEL MUNDO… joder, ¡qué guay! Y yo voy, y me lo creo, y me has hecho llorar… y luego que si la fulanita Carol te decía: “Joder, tía, qué bien que al menos tienes un padre con el que hablar y todo eso…” y me hacías llorar todavía más y ya casi no veía el teclado donde escribo… y entonces he encontrado otro papel que escribiste para la abuelita cuando estuviste en Tartera con ella… y ya parecía yo las cataratas de Iguazú, y estaba derramándome cuando me leo una cartita de esas que me escribías, joder con tus cartitas… A los novietes los debías de llevar de puto culo, no tiene labia la jodida… pues eso, que tenías 14 y empezabas: “Mami y Papi, os escribo para deciros que mis problemas no son con los chicos, no, son con mi hermana, que me trata fatal en el cole y me critica delante de mis amigos…”. Y seguía la carta para luego decir: “Porque con lo que yo la quiero… que es a la que más quiero en el mundo, ella no me trata como yo merezco y después se queja si yo me porto mal con ella, claro… Es que no sé qué hacer y me tenéis que decir cómo hacerlo para que ella me quiera tanto como yo a ella…” y después acababas diciendo: “Es que la pobre, como que es más pequeña, pues no sabe y supongo que cuando crezca me querrá más…” Joder, tía, pues ahora os queréis un montón y me he vuelto a poner lloroso pensando que tan mal no lo hemos hecho… 

Aunque lo que predice el caos no me deje afrontar la Ausencia, por ahora… sin asumir, no, sin inmutarme, no, eso tampoco, mejor mutándome en algo en lo que sustentar mis acciones… algo que Ella no se pueda llevar…

Pero, tío, Albert otra vez en la vena… ¿Qué es eso de sustentar tus acciones? Basura.  Tus acciones se sustentan en tu existir y solo necesitan que estés vivo, ni siquiera despierto. Anda, cállate y déjanos tranquilos, que todo lo demás son pajas mentales, a las que eres adicto.  


Para mi nieta con pedigrí… Niobe

VNG 16 Sept/2023-20 Mayo/2026



viernes, 6 de marzo de 2026

Ser y Estar

  Las fotos de la elaboración del Quijote de mazapán más grande del mundo - ENCLM

 Querida emperatriz insular de quijotes de mazapán:


Recibí tu email-carta, llena de añoranzas de un pasado que es padre de un futuro de plenitudes. Proyección de ti misma que, seguramente, en alguna revuelta del camino te vendiste por un buen festín de lentejas con jabugo. ¡Que le aproveche a tu cuerpo serrano, ele!


Cada uno de nosotros, cuando habla con otro, está hablando más de un 90% para sí mismo. Sentado esto, seguiré de pie con la verborrea de turno.

Es cierto, al menos así lo tengo yo para mí, que a menudo nos es imposible transmitir eficazmente los sentimientos y que, al intentarlo con palabras, casi siempre desvirtuamos el mensaje original que quisiéramos transmitir. No obstante, ya se cuenta con ello y, en general, la palabra escrita, cuando se destina a quehaceres afectivos, sacándola de sus dominios racionales, más que transmitir, lo que ha de perseguir es la evocación en el receptor de aquellas emociones que ya residen en él.


Una especie de puesta en marcha de reacciones en cadena emocionales, calculadas o no, previstas o no, buscadas o casuales. Todo depende del mutuo conocimiento, de la intencionalidad del que escribe y de su capacidad creadora (mejor: re-creadora). Hay quien se ha ido dotando de esta capacidad de forma natural y sin saber cómo, y también quien la persigue con ahínco toda la vida sin que por ello tenga asegurado el resultado final. De la madera de los primeros están hechos los grandes escritores naturales (o sea, los de nacimiento), que afortunadamente no son los únicos que conocen los secretos de la palabra escrita.


Es curioso que hace unos días me planteaba yo lo del ser y el estar, cuando me llega tu carta en la que planteas, sin quizá saberlo, una parte de este problema. Veamos: dices en una parte de tu carta: «Me siento (= realidad subjetiva = existo como) esclava de mí misma, llena de contradicción y rodeada por ella... y lucho por mi identidad perdida, aún ignorada, lucho por no asimilarme al entorno y quedarme en el camino petrificada mirando atrás». Empecemos por lo que llamaré cuestiones previas:


— ¿Todo esto te salió así, de golpe, o fue remodelado a partir de una idea que perseguía un fin?

— Si es una forma de emergencia espontánea, quizá tenga que dirigirme a tu subconsciente, a tu ello freudiano.

— Si fue remodelado a partir de una idea, debo reconocer que has logrado un bello producto de reflexión, pero este producto, sin los efectos personales de dicha reflexión, se queda en objeto decorativo.


Dejadas a un lado las cuestiones previas, y con tu permiso, abordo el tema del ser y el estar. Dices: «me siento». Podrías decir en su lugar: «¿soy?». La frase completa sería: «Soy esclava de mí misma».


Desde un punto de vista más objetivo, se puede decir que es mucho más exacto ese «soy esclava» que aquel «me siento esclava». Sin embargo tú, sujeto de tu propia experiencia, lo transmites como algo que sientes, lo que implícitamente conlleva la creencia de que no lo eres, sino que tan solo lo sientes...


Una parte de ti, dejemos por ahora cuál, sabe que eres esclava de otra parte de ti. Al transmitirlo, es evidente que no te puede decir «soy esclava», porque no eres tú en tu totalidad quien lo cree. Es una parte. Pero ¿es una parte o un estado? Si es una parte, es un ser; si es un estado, es un estar-en dentro de un ser. Esta sutil distinción marca una diferencia abismal a la hora de plantear cómo proceder en el futuro.


Veamos qué otras pistas nos da tu discurso, pistas que nos permitan dilucidar si estamos o somos esclavos de nosotros mismos. Dices estar llena de contradicción y rodeada por ella. Además, estás luchando por una identidad perdida (de ahí la nostalgia de la que te hablaba al principio) que, inmediatamente, reconoces —lapsus linguae que te traiciona— aún ignorada. Probable proyección del deseo de tener una nueva identidad que te permita romper con el pasado.


Si seguimos tus palabras, podemos confirmar la sospecha. Efectivamente, lo que ves nacer no te entusiasma y a lo viejo no quieres o no puedes recurrir. De ahí la contradicción que manifiestas al decir que luchas por no asimilarte al entorno. Esa asimilación todavía la vives como una traición, como un pecado que sería castigado con la lotificación (la mujer de Lot, etc.). Pero todo este rato no estás hablando de forma unificada; es un diálogo entre dos partes de ti misma (no entro, por ahora, en saber cuáles ni de qué calidad).


Así, entiendo que la conversación que mantienes contigo misma, desdoblada, podría ser algo así:


1/ — ¡Soy esclava de mí misma, qué impedimento!
2/ — En realidad exageras, no es así realmente, es solo una cuestión subjetiva. Te estás percibiendo como tal, lo que no deja de ser un problema, pero menor.


1/ — ¡Soy una contradicción y eso me paraliza!
2/ — No exageres, en realidad estás habitada, como todos, por tremendas contradicciones que te bloquean.


1/ — Sí, es cierto, tienes razón. En realidad lo que más me preocupa es mi identidad perdida, lo que pude ser y no fui, aquello que abandoné.
2/ — ¡Pero qué dices! ¿No ves que tu identidad verdadera está por llegar, que todavía no la has descubierto? ¡Ahí ha de estar tu lucha!


1/ — Verdaderamente vuelves a tener razón, ves cómo soy contradictoria, ¡claro que sí! Mi nueva identidad ha de ir pareja a mi nueva vida, he de abandonar los viejos valores y así superar esa contradicción entre mi pensar y mi vivir.
2/ — Realmente eres torpe para entenderme. Si haces eso, te detendrás en tu evolución. ¿No comprendes que el entorno te alienaría hasta el punto de impedirte siquiera mirar con dignidad a tu vida anterior?


Y así, por poner un ejemplo, esos dos —que para mí son dos estados de tu ser— se discutirán inútilmente sin fin hasta que tu atención (el flujo y reflujo energético que nos mantiene en contacto con el mundo) sea capturada por otra cuestión. En ese momento, probablemente otros dos, o quizá tres, estados de ti misma tomarán posesión de tu conciencia vigil para organizarte otro cacao mental similar. Amén.


A menudo me pregunto si esa distinción entre el ser y el estar no es el velo que oculta nuestra tragedia personal. ¿No será que nos pasamos la vida creyendo que somos, cuando en realidad simplemente estamos en algo que es, independientemente de nuestra comprensión real sobre su esencia? ¿No será que lo que llamamos vida es simplemente un estado transitorio del ser en el que potencialmente podemos devenir?


Si así fuera, sería lógico que la conciencia del presente estuviera ligada al estado y no al ser, o sea, al estar-en y no al ser en sí. Ello explicaría la turba multiparlante que nos habita y cree regir. Esta conciencia del presente sería el falso espejo en el que nos reconocemos como algo o alguien único y la identificación entre el estar-en y el ser proporcionaría a la conciencia de sí mismo el espejismo de creer que somos, evitándonos la comprensión de otra realidad posible: que simplemente estuviéramos en una parte de un ser. (¿No te suena al sueño de Brahma...?).