Frecuentemente nos sentimos perdidos en nuestro laberinto interior.
Hay que saber distinguir lo que es cháchara para quedar bien con uno mismo o con los demás, de lo que es una preocupación verdadera por ir encontrando pequeños cabos sueltos que acaben convirtiéndose en el definitivo hilo de Ariadna. Desgraciadamente, la primera contradicción que nos asalta, a ti, a mí, a Perico y a Juan, es la que conlleva nuestra propia instalación en el mundo.
Estamos bien apoltronados en el mundo sensible, invirtiendo miles de esfuerzos en mejorar nuestra instalación, como si ese fuera —que lo es, mientras no demostremos lo contrario con nuestra praxis cotidiana— el último fin. El confort y el consumo, junto al apego a nuestras falsas imágenes, son los pilares de esta instalación en el mundo de los sentidos; un mundo exterior que sabemos inútil para colmar nuestras ansias más profundas de verdad, pero del que somos incapaces de despegarnos un milímetro sin sentir terribles llamadas al orden.
Este estado de cosas aceptado es el medio en el que se desenvuelven nuestras vidas. Lo normal es sentirse mal, aterrado por el frío, la oscuridad y «lo rocoso» del paisaje, como alguien me dijo en una ocasión. Lo anormal es sentirse tan feliz. Una anormalidad que, desafortunadamente, no lo es desde el punto de vista de la estadística poblacional.
Hay que tener lo que yo llamo «la caja fuerte». (Eso de «hay que tener» podemos dejarlo en que yo, anecdóticamente, utilizo este truco y me va bien, por lo cual, y por extensión, presumo que al resto del mundo también le convendría).
Lo de la caja fuerte funciona así. Después de cientos de veces de hacerse buenos propósitos, uno se convence de que se va a pasar la vida haciendo planes y punto. Fácilmente se cae en el olvido de lo que se pretende y el abandono nos va alejando cada vez más de aquellas partes —estados de nosotros mismos— que tienen cosas que valen la pena. En una de estas, damos el frenazo y volvemos a estar en antena. Volveremos a eclipsarnos pasadas unas horas. Es inevitable. Por el momento, añadiría yo.
En cualquiera de estas, estando en antena, se concentra al máximo la esencia de lo que se pretende y se escribe. Del otro lado del papel —holandesa, folio, DIN A4— se concentra al máximo la esencia de lo que lo impide. Y eso es la caja fuerte. Una especie de lugar seguro donde guardar lo más íntimo recogido en momentos positivos, cuando se revisa lo más íntimo que nos mueve y lo más íntimo que nos inmoviliza.
Inicialmente puede ser un lugar material; con el paso del tiempo, es un lugar/estado en nosotros mismos al que recurrir si nos sentimos agobiados, para recomenzar siempre desde algo con esperanza. Establecido el truco de la caja fuerte, tenemos una especie de póliza de seguro contra la desesperanza. Porque la desesperanza de aclararse algún día es, no lo olvidemos, nuestra principal enemiga con el paso de los años. La desesperanza es hija de nuestro propio cansancio vital.
En toda esta dinámica, personalmente creo ver una clave que tan solo he sido capaz de ir descifrando en parte con la edad. Se trata del manejo del tiempo. El tiempo se nos escapa o lo retenemos según cuál sea nuestra posición de percepción previa a su transcurrir por el presente. Desarrollar la palabrería racional con la que hacer esta frase más inteligible y comprensible me llevaría probablemente una carta tan larga o más que la que estoy pariendo, así que intentaré una vía de escape rápida con un ejemplo que quizá alcance directamente tu comprensión.
No es lo mismo, a efectos de percepción de la relación actividad/tiempo, que una persona se levante por la mañana y empiece el día lavándose, duchándose, cafeteándose, mantequilleándose los biscotes, cocheándose para ir al curro, etc., que otra persona que empiece el día planteándose su posición ante el tiempo que la va a transcurrir en las próximas 24 horas. O sea, intentando planificar las acciones de su día. Es evidente la diferencia que, en percepción del fenómeno tiempo, experimentarán las dos personas. Tanto a una como a otra las cosas, por supuesto, les sucederán, aunque ellas crean ser las protagonistas de sus acciones...
Sin embargo, cuando la experiencia de la segunda se repite un día y otro, aparece lentamente la convicción de que es imposible programarse, planificar y controlar. Esta convicción es la semilla necesaria para que crezca la comprensión de que el tiempo nos transcurre y de que el apresuramiento es inútil. No es importante lo que se hace o lo que no se hace, sino la apreciación de lo que sucede, dejando que lo que sucede sea a un ritmo que nos permita aprovechar ese caudal de impresiones para trabajar sobre nuestra atención.
Ordinariamente imponemos nuestro apresurado «tempo» a los acontecimientos y nos perdemos el valor que podría tener la observación, la atención dirigida al reflejo interno de aquel suceso.
Pararse a primera hora para planificar el día tiene la virtud de ponernos, si somos capaces de entender mínimamente el tema, nuestro reloj interno al ritmo de lo que ha de suceder. Es evidente que también tiene otras ventajas de orden práctico. Pero destaco, por haber descubierto su importancia, ese contagiarse de la serenidad del tiempo exterior a nosotros. De ese tiempo que nos transcurre y que nada tiene que ver con el tiempo psicológico que acostumbramos a llevar puesto, generalmente a toda máquina.
No sé si habré sabido transmitir esa clave de comprensión del tiempo. Me hubiera gustado hacerlo mejor.