lunes, 20 de abril de 2026

Ella, cuyo nombre es Ausencia



El escenario es una mesa con cuatro sillas. Ella se levanta y se va… Suena la música de Old and Wise y entran dos personajes con sombrero y se sientan.  Albert llega después y se dirige a ellos de pie.


—Mirad, Alfons, ¿Armand? o Antoine… ¿Es que ya ni me sé vuestros nombres? No, no, enseguida me vendrán a la cabeza, volverán, necesito contaros algo muy importante… tengo que recordarlo antes de que Ella vuelva y se los lleve… sí, sí, lo que pasó aquella noche cuando me quedé solo y luego Ella (mira alrededor) se marchó… pero dijo que volvería…

—Vale, vale, Albert, cuéntanos, coño, que te veo nervioso, tranquilo, que no nos movemos de aquí… y no mires pa todos lados que no hay nadie más que nosotros tres… 

—Bien, bien, empiezo por un entonces… no, mejor por un érase una vez, no, no, vale, todo empieza, o sea, casi todo, después de que Ella, la Ausencia, cerrara la puerta y me dejara sentado frente a una mesa con los restos de una cena; en realidad creo que era una cena mental, porque estaba mi ordenador en la mesa en lugar de los platos… 

  En cuanto me quedé solo, entendí, comprendí o, mejor, pensé que necesitaba tiempo para analizar mis elaboraciones, sí, sí, me refiero a esas reflexiones que acabas convirtiendo en pensamientos elaborados; también tiempo para poner nombre a mis deficiencias, para ordenarlas en una escala que fuera de más a menos verosímil, y puestos ya en harina para revivir mis creencias sobre mi padre y la madre que me parió, o sea, para redefinirme… Yo soy así por… por tal y por cual… pero no, no, en realidad os tengo que confesar que todo esto lo pensé por momentos, lo dejé pendiente, pero en realidad solo estuve a punto de decirme que soy en exceso cartesiano, o sea, cuadradete, rígido, eso… .alemán, pero de los buenos… eh, con feelings, con corazón caliente… 

  Sí, quizás sea eso por lo que me siento cómodo con lo que es predecible. Necesito, —porque me gusta—, que mientras Ella, no esté, las causas produzcan siempre los mismos efectos; que las magnitudes inmutables lo sean de verdad; que el caos cumpla con su obligación de engendrar caos… Necesito predecirlo, comprenderlo, sentir que hay algo ordenado que guarda mis pequeñas, pretenciosas y predecibles conjeturas.

Solo así puedo sentir que soy yo… Sin embargo, ahora… Ahora que vuelve y me amenaza por la espalda, un poco a traición… de pronto ya no sé quién soy, ya no sé con certeza lo que significo, y tengo que volver a pensarme y rebuscar en la misteriosa lógica de un caos que se me escapa. En la débil estructura de unas creencias que se desmoronan, en las impredecibles consecuencias de mi frágil e insatisfactorio pensamiento, aquello que me define… Pero todo eso se va escapando como una niebla y es que Ella no me deja recordar… me está borrando mi existir… No sabéis cómo duele por dentro la pérdida… poco a poco, de mi memoria…


—Vale, tío, vale, respira, ¿qué cojones haces soltando este rollo? Joder, Albert, ¿es que no ves que el que lo oiga va a pensar que estás majara?   


—No, no, espera, que yo ya lo sé… ahora digo caos, probabilidades, magnitudes inmutables, o sea, todo complicado, y lo sé… Pero es tan bonito, tan bonito, darle a la parida mental mientras puedo… Mira, Antoine, no, no, Armand, me he pasado la mayor parte de mi vida elaborando hipótesis sobre el Misterio, con M mayúscula.  Y siempre he creído que Alan Parsons tenía razón, que primero debías ser joven y estúpido, y luego viejo y sabio… que eso de ser viejo llevaba a lo de ser sabio… pero no lo soy… bueno, viejo sí… Y para qué tantas vueltas, me pregunto, si Ella ha de venir y llevárselo todo.  Que a los setenta tenga la misma resaca que a los cuarenta es un drama en sí mismo… al que algunos llegarán, o no… Joder, tío, ¿tú qué piensas? Es que a mi ego le daría mucho palo que solo me pasara a mí… Dime, ¿qué crees?

—¡Motherfuck! Pero a ti qué te importa si llegan o no, no jodas, Albert, pero a ver, a ver, ¿tú quieres saber si les pasará lo mismo o lo que coño les dirás?…

Pues claro que le pasará a muchos, tranquiliza a tu ego que no es tan único… y, por otro lado, ¿qué coño les dirás si es el caso?… Pues eso, Albert, que entonces tendrás casi cien años y balbucearás otra vez: “Es Ella… es Ella, la Ausencia, la que tiene las respuestas… y se las llevó”. Venga, acábate la grappa y ve pensando en que todo esto es humo y que mañana será otro día. 

—Sí, ya va siendo hora, Albert…


—Vale, vale, pues os acabo contando algo que me pasó ayer mientras ordenaba escritos antiguos… bueno, escritos de Marta y Raquel, de cuando eran semipeques, que los guardo todos, vaya tela… Bueno, pues he sacado uno escrito a tus 17 años, Marta, cuando empezabas una especie de redacción-confesión que hiciste para mí (bajo pedido, como era mi costumbre pedagógica, sobre el problema del teléfono y los chicos), y empezabas con un: mayúsculas ERES EL MEJOR PAPI DEL MUNDO… joder, ¡qué guay! Y yo voy, y me lo creo, y me has hecho llorar… y luego que si la fulanita Carol te decía: “Joder, tía, qué bien que al menos tienes un padre con el que hablar y todo eso…” y me hacías llorar todavía más y ya casi no veía el teclado donde escribo… y entonces he encontrado otro papel que escribiste para la abuelita cuando estuviste en Tartera con ella… y ya parecía yo las cataratas de Iguazú, y estaba derramándome cuando me leo una cartita de esas que me escribías, joder con tus cartitas… A los novietes los debías de llevar de puto culo, no tiene labia la jodida… pues eso, que tenías 14 y empezabas: “Mami y Papi, os escribo para deciros que mis problemas no son con los chicos, no, son con mi hermana, que me trata fatal en el cole y me critica delante de mis amigos…”. Y seguía la carta para luego decir: “Porque con lo que yo la quiero… que es a la que más quiero en el mundo, ella no me trata como yo merezco y después se queja si yo me porto mal con ella, claro… Es que no sé qué hacer y me tenéis que decir cómo hacerlo para que ella me quiera tanto como yo a ella…” y después acababas diciendo: “Es que la pobre, como que es más pequeña, pues no sabe y supongo que cuando crezca me querrá más…” Joder, tía, pues ahora os queréis un montón y me he vuelto a poner lloroso pensando que tan mal no lo hemos hecho… 

Aunque lo que predice el caos no me deje afrontar la Ausencia, por ahora… sin asumir, no, sin inmutarme, no, eso tampoco, mejor mutándome en algo en lo que sustentar mis acciones… algo que Ella no se pueda llevar…

Pero, tío, Albert otra vez en la vena… ¿Qué es eso de sustentar tus acciones? Basura.  Tus acciones se sustentan en tu existir y solo necesitan que estés vivo, ni siquiera despierto. Anda, cállate y déjanos tranquilos, que todo lo demás son pajas mentales, a las que eres adicto.  


Para mi nieta con pedigrí… Niobe

VNG 16 Sept/2023-20 Mayo/2026



jueves, 19 de febrero de 2026

El Relato del porqué necesitamos un relato provisional

Lo que llamamos mente no tiene entidad física como no la tiene el software que ejecutamos en un ordenador.  El ordenador le es necesario al software; sin él no se manifiesta su existencia; por contra, el ordenador sin software puede permanecer encendido mil años y no suceder nada. 


Nuestro software, la mente, no lo programa nadie; se autoprograma a lo largo de la vida.  En la base de este software están los instrumentos o capacidades cognitivas que a lo largo de la evolución humana hemos adquirido y transmitido a través del ADN, el lenguaje especialmente.  El lenguaje es la capacidad de comunicar a otros de nuestra especie, relatos y explicaciones tanto del entorno próximo palpable como del mundo de la fantasía.  


La identidad, el reconocimiento de nuestra presencia como algo distinto a los demás, aparece tempranamente en la infancia.  A partir de ese momento, el entorno nos cederá el relato predominante en nuestra cultura de nacimiento.   


A partir de cierto momento en nuestra vida nos cuestionamos la existencia.  Buscamos un relato mejor para saber por qué y para qué.  Seguramente seremos de aquellos que no se han conformado con el relato cultural predominante.    Es entonces cuando nos percatamos de que no sabemos nada de nosotros mismos y tratamos de conocernos, de autoexaminarnos.  Y empiezan los problemas.     


Ya nos hemos dado cuenta de que no controlamos el mundo externo.  No puedo cambiar el clima ni decidir que llueva (de momento).  También me he dado cuenta de que no puedo influir voluntariamente en una serie de cuestiones fisiológicas como la tensión arterial o la digestión (en condiciones normales).  Pero estoy a punto de descubrir que algo que creía controlar tampoco puedo hacerlo: mis pensamientos.  No controlamos nuestros deseos, ni siquiera nuestras reacciones a tales deseos.  Yo, normalmente, no elijo pensar; es el pensamiento el que aflora a mi mente y es pensado.  Pero no soy consciente de ello mientras estoy sumido en la cotidianidad.  Solo puedo darme cuenta de esta situación si decido observarme y meditar sobre mí mismo. Entonces es cuando se me hace visible que nuestros deseos están dictados por un complejo software bioquímico entrelazado con factores culturales, todo ello fuera de nuestro alcance para ser modificado en el momento.  Es así como deseamos, y como el deseo moviliza nuestra acción y nuestra acción nos encadena a los resultados: si estos son buenos, el deseo demanda más satisfacción; si los resultados son malos, se genera frustración y, en general, sufrimiento.  


Creemos que fue Buda quien por primera vez enseñó algo sobre esto. Él no lo dejó por escrito, pero sus discípulos se encargaron de la difusión de su relato.


Buda reconoció que había tres realidades que llamó verdades inmutables: que todo cambia, que nada perdura y que nada satisface plenamente. A continuación, describió la cadena de sucesos que lleva al hombre al sufrimiento.  Simplificando mucho, diremos que el sufrimiento surge porque la gente no tiene en cuenta estas tres realidades básicas del universo.  Muchos creen que en algún lugar existe alguna esencia eterna y que si pudieran alcanzarla estarían realizados. Su vida es el relato de esta persecución…   A veces a esta esencia eterna e inmutable se la denomina Dios, a veces Nación, a veces Alma, a veces el auténtico Yo y a veces el Amor verdadero…


El verdadero problema es que, mientras exista deseo en nuestra mente, habrá sufrimiento.  La cuestión a resolver es cómo erradicar el deseo.  A eso algunos dedican su vida meditando, lo que les lleva a apartarse de la realidad vital en la que fueron puestos por su biografía personal.


Pero… ¿Hay otra forma de afrontar estos hechos sin necesidad de renunciar a la biografía ni al nicho ecosocial en el que nos vimos inmersos al nacer?


Podría ser.  En cualquier caso, hace falta un potente relato. Pero con una condición básica, la aceptación de que ese relato solo lo usaremos de forma provisional para acceder a una mejora real del funcionamiento de nuestro software, o sea de nuestra mente. Una vez alcanzado cierto punto de equilibrio y mejora de nuestras funcionalidades mentales, el relato es prescindible.  A partir de ahí solo cuenta la experiencia vital en la que nos vemos inmersos a diario, para forjar el metal, para alcanzar progresivamente la renuncia al deseo, que culminará con la renuncia a la vida y, por tanto, con la aceptación pasiva de nuestra muerte.