jueves, 5 de julio de 2007

Anna


M’estiro amb mandra sobre els records, com si fossin els llençols que fa poques hores ens acollien, i somio despert amb les teves mans fines i una mica fredes que recorren la meva pell, llavors un petit calfred em fa mirar per la finestra i veig la claror d’un mati qualsevol. El mati d’avui no es cap data senyalada però te una llum especialment intensa. Una llum de primavera tardana. Per que la llum es el que fa la diferencia quan mires un mateix paisatge moltes vegades.
Entretant, en el meus records, els nostres dits ja fan camí pel seu compte i, mentre parlem de qualsevol cosa, les carícies son cada cop mes a prop de transmetre el nostre desig, fins arribar al punt de no poder tornar enrere. Aviat la passió ens prendrà entre els seus dits i no ens deixarà parlar fins que la respiració agitada i la mirada apassionada deixin pas a la mirada tendra i el cap refugiat al foradet del braç que tant m’agrada. Penso que també nosaltres som paisatges que ens repetim un per l’altre. I es la llum que tenim als ulls un dia i un altre, el que marca diferencies entre els nostres paisatges coneguts.

M’agradaria tenir tot el temps necessari per viure els matisos del teu paisatge, de la teva mirada. Estimar es també un acte reflexiu. Quan mirem el mon veiem el que la llum reflecteix, si, sense la llum rebotada dels objectes al ulls no sabríem trobar el camí ni coneixeríem el color de les coses. Els petons se m’escapen dels llavis per trobar-se amb els teus de camí de tornada, i els llavis es parlen entre ells de coses impossibles d’entendre per que el seu llenguatge esta fet d’instants, de tactes, d’olors, de sabors i d’imatges que neixen del que els records reflecteixen d’altres instants semblants i així fins que fent ulls clucs es perd la noció del moment per abandonar la ment i el cor a una sensació impossible d’entendre que s’endinsa al mes profund de tu mateix i et fa sentir que ets estimat... que hi ha algú que et deixa ser globalment a dintre seu al mateix moment en que tu voldries ser per ell un embolcall de protecció total, una abraçada que fes fora tots els perills, totes les inseguretats que la vida arrossega i arrossegarà. Neix de tu un clam immens que et faria dir-li: aquí estic, soc per tu, vull que et sentis estimada, segura, vull ser per tu aliment, protecció, afecte i tendresa. Vull ser la corda estesa entre el teu naixement i la teva mort, la corda guia sobre la que puguis créixer i fer el teu camí. Llavors entens que l’amor es un reflex de la vida que t’han donat i que es el punt de partida de la vida que tu dones. Per que sense el reflex de la vida prèvia sobre la nostre pròpia vida seriem incapaços d’estimar i de tenir fills, de transcendir.

En aquest moments me’n adono de que la llum intensa del nostre amor, projecta a sobre nostre reflexes nous que son instants atrapats en el record d’altres amants...dels nostres pares, dels nostres avis, rebot lluminós fet sentiment inesgotable que reneix i mor de si mateix...

miércoles, 27 de junio de 2007

La vida como alambique [sobre el sufrimiento del esfuerzo]


Querida hermana: quiero hablar un rato contigo, aunque no tengo casi nada que decirte que sirva para algo de verdad, apenas nada verdaderamente útil.

A menudo quedo anonadado, confundido momentáneamente por la simplicidad de ciertos planteamientos que la vida de unos y de otros me aproxima. Y es cuando los contrasto con mi propia experiencia de la vida, y las experiencias que nos han dejado otros personajes a lo largo de la historia, cuando la angustia de la soledad aparece en todo su esplendor.Pero no vayas a creer que me quejo de padecer estas angustias..., creo que solo si pasas por este estado te sientes realmente vivir en medio de lo real. Si no se alcanza a percibir nunca este desamparo es señal de que todavía se está bajo el que yo llamo el signo de "los elegidos", y te he de decir que yo no estoy bajo esta circunstancia desde hace un tiempo. Ahora me explico:

Hubo una época en la que creía estar en posesión de unas pocas verdades fundamentales para orientar una vida. En medio del desorden interior que me intuía, mejor quizás presentía, tenia un faro que aunque fuera a trompicones guiaba mis tímidos pasos por la vida. Había un propósito claro, un ideario que sustentaba la acción, una fuerza que emanaba de la lucha por apartar los obstáculos. El tiempo fue acumulando experiencias hasta que un buen día descubrí que el faro era un espejismo, una ilusión de mi niñez reconvertida en mi adolescencia para dotar de sentido y dirección al caminar vital. La angustia cobró progresivamente su autentica dimensión. Me encontré sumido en un mundo al que habían robado sus referencias, esas referencias obligadas para sentirse instalado como en casa, en una casa que pudiera no agradar o pudiera generar el impulso para cambiarla pero, en último extremo, una casa sentida como la propia. Las ideas simples adquirieron, a partir de entonces, dimensiones de enorme complejidad que, al parecer, tan solo yo apreciaba; constaté que para la generalidad de los que caminaban a mi lado esas ideas seguían siendo claras y simples aunque la mayor parte de ellos no las sustentaban realmente, tan solo las acariciaban externamente creyendo a menudo que hacían uso consciente de sus significados, cuando en realidad su mecánico desarrollo mas bien pasaba por encima de la comprensión de su contenido.

Finalmente empecé a comprender que tan solo la pureza de corazón podía tener sentido en estas horas de oscuridad, en el desamparo de la sin esperanza. Pero necesité todavía mucho tiempo para darme cuenta de que la vida que nos atraviesa, a nuestro pesar, no permite que la pureza de corazón sea una experiencia REAL más allá de la infancia, ya que si así fuera no tendría sentido la vida. Y digo esto, me permitiré explicarlo tan mal como pueda , porque creo que el ciclo de la vida que se inicia con el nacimiento y acaba con la muerte para, (posiblemente) volver a recomenzar en algún punto o lugar que no podemos (por ahora) conocer, no es más que un enorme alambique que podemos o no aprovechar. Te recuerdo que el alambique es un chisme que permite destilar el agua, separar las impurezas, las sales, los sólidos y partículas en suspensión, del elemento agua en su estado químicamente puro. El niño al nacer es como el agua químicamente pura, su próxima e inmediata vida, que el niño no ha podido elegir, se encargará de enrarecer, contaminar, cargar y disolver en ella todos los elementos que harán impuro el corazón del hombre adulto. Sin embargo esa misma vida encierra en si la posibilidad de destilarse, de alcanzar, gracias al sufrimiento del esfuerzo, nuevamente el estado de pureza de corazón.No son fáciles de captar estas ideas. Se leen, si, pero raramente llegan a tocar profundamente la comprensión necesaria del cómo y del por qué eso afecta directamente a nuestra existencia. Las ideas preconcebidas que la vida nos cede y que asimilamos desde la infancia, se encargan de mantenernos ocupados y ajenos a esta experiencia.Muchos son los que ni siquiera son capaces de reflexionar, no ya sobre el sentido de su vida, sino sobre los problemas ordinarios que se les plantean a diario. Otros muchos reflexionan pero parten de bases tan fuertemente establecidas, de creencias o ideales que no pueden discutir, que, a pesar de su reflexión no experimentan la necesidad de indagarse hasta las últimas consecuencias. Son muy pocos los que presienten como necesaria la renuncia a todo faro que no sea su propio descubrimiento.

Quizás se deba de descender hasta el fondo del abismo sin esperanza para hallar respuestas. Quizás se deba de apurar hasta el final la copa de la impotencia, de la desesperación, de la soledad infinita, para rescatar aquella pureza primitiva del corazón del niño. En cualquier caso, y mientras no se cumpla este viaje a los abismos de si mismo, no se puede hablar de esperanza. Hablar de ella en esos momentos es volver a confortarse con los ideales, con el camino de los elegidos. Hablar de ella, o desear que exista, es no aceptar la propia condición de esclavo de si mismo, que se ha presentido, experimentado o descubierto. Una falsa visión que contemplara la esperanza impediría el continuado descenso a las catacumbas de la nada, evitaría la aceptación total y sin reservas de la contradicción en si mismo. Crearía una falsa expectativa en un Futuro que realmente no existe, porque tan solo puede ser el fruto de un esfuerzo sobrehumano nacido de la desesperación del sentirse NADA.

No puedo, ni quiero, sobrecoger tu claridad; tan solo me he apoyado unos momentos en ti porque se que puedes entender las varias lecturas que todo esto puede tener, ojalá que aun sin compartir mis ideas pudieras sentirme próximo pues estoy seguro de que si así fuera querría decir que has entendido este homenaje reciproco a nuestra soledad.

Esperando que estés bien. Recibe todo el afecto de tu hermano, y más.

lunes, 21 de mayo de 2007

Construir el pasado desde otra nueva oportunidad...




Donde el pasado perdura no es en las cosas que vemos y que hacemos cada día, o que creemos tener pero que son prestadas. El pasado tampoco son los recuerdos, cera blanda que a menudo los años acaban deformando. El pasado es la mañana de esta tarde que vivo ahora mismo mientras trato de recuperar sentimientos que antes quizás no he querido reconocer como propios.

Desearía ser roca de tu torreón seguro
y firme asiento donde construir juntos
nuestros futuros de plenitudes inciertas.


Y aprender del pasado, desde dentro de uno mismo, mientras crecen las raíces de los sentimientos, al mismo tiempo que dejamos distancia y enfriamos los sentidos que reclaman como animales su dominio. Y hacerlo lentamente, -sin forzar el alma de las cosas, de los sucesos o de las personas-, es asi como nos llegara, desde el futuro anticipado, lo que reconoceremos más tarde como el pasado...
Sabiendo que las palabras son solo eso,
-pues los hechos siempre nacen huérfanos-,
ya que solo el deseo sustituye al tiempo.
Y vivirte apasionada y tierna como eres,
como te surge cuando se escapa el cariño,
ese que tú me lanzas y yo te veo venir
de ti a mí desde mas allá de lo que haces.

Y saber mirar al frente con la mirada clara, aferrándose a la esencia de las relaciones humanas, no a la anécdota ni al adorno que distrae; al amor, si, a la estima que no mira atrás o pide intereses por el préstamo, por que en realidad vivir es amar en uno mismo los reflejos de los otros, tanto de los que nos han querido antes, como de los que sin saberlo nos amaran en un futuro que un día también será nuestro pasado.
No sé porqué, ni tu tampoco seguramente,
pero los dos sabemos que poco cuesta
ser cobarde y no prender la mano abierta
rechazando lo posible, por miedo a volar
hacia horizontes de renuncia, sin certezas…
Nadie firma préstamos de duda, ya lo sé,
y yo te lo estoy pidiendo entre beso y letra,
entre ternura y razones que no comprenden
la bondad de las verdades que nos llenan…
Si. Nuestros hechos son primero voluntades.

Por que el pasado es un presente construido con sentimientos que caducan, como el atardecer melancólico que se nos lleva la noche convirtiéndolo en el pasado de un momento mortal. Y la palabra escrita, como la imagen, es la voluntad que hace al momento eterno, trascendente más allá del olvido de la memoria. Un olvido que solo la noche de cada día transformará en sueños del pasado.


miércoles, 25 de abril de 2007

Pero, entre tanto...





La verdad es una mentira que aun no ha sido descubierta. Sólo de esta raíz puede brotar algo hermoso y duradero. Aun así, toda afirmación contiene en si el germen de un fracaso posible, al igual que en toda pequeña o gran felicidad se agazapa la semilla del dolor. Vivir con plenitud es un ensayo para llegar al límite de las palabras, un límite más allá del cual todo discurso se hace innecesario... Pero, entre tanto, las palabras forman parte de nuestro mundo, de nuestras mentiras no descubiertas y de nuestras felicidades temporales.

martes, 20 de marzo de 2007

Abandonarse conscientemente al caos de la relacion verbal...


Hay algo mas difícil que coger a un psicólogo con el paso cambiado?
Durante meses me repetía la pregunta solicitando una respuesta a la inspiración. Ayer, mientras subía en el ascensor, se abrió hasta mi la respuesta como si toda la vida hubiera estado ahí. Era como llegar al 4º piso cuando lo habitual era bajar en el 3º donde tengo el despacho...
Si había algo más difícil que cogerles con el paso cambiado era intentar convencerles de ello.
Efectivamente. Psiquiatras y psicólogos a menudo despiertan entre el resto de mortales ciertos ecos o reminiscencias que nos retrotraen a la imagen del brujo-adivino o chaman de la tribu ancestral. Cierto temor reverencial ante sus explicaciones, advertencias agoristicas o sus, a menudo, inquietantes deducciones, es el sentir que preside su contacto. Quien se encontrará libre de culpa edipica, de celos no reconocidos, de afán de venganza sublimado o de amor compulsivo por una frustración vivida en la escuela primaria? Ante estas posibilidades siempre nos cabe discutir, con nuestro propio verbo, la supremacía del criterio seguido para llegar a esas proyecciones... pero al hacerlo nos arriesgamos a ser señalados como el peor de los apestados. Resistirse es, lo sabemos, provocar sus iras, convocar al conjunto de males con el que ampliamente han pintado y descrito, pormenorizado y justificado, las razones ocultas que han movido nuestras vidas hasta el día en que los conocimos... O doblamos el espinazo, y aceptamos esa superioridad que nos infligen sin desearlo personalmente ninguno... o nos arriesgamos a caer en el caos...

De esto quisiera hablar. Del caos. De la relación fractal y caótica, del efecto mariposa y del vórtice, de las escalas dentro de escalas… en fin de una compleja y nueva dimensión que escapa a la racionalización analítica, a la psicoanalítica, a la empiría, al conductismo, a la metodologica, a las reglas … siempre que no sean las que imperan en el caos. Se trata, en definitiva, de aplicar la teoria del caos a la educación y las relaciones entre humanos, dejando de lado una visión del desarrollo psicologico demasiado limitada por la consabida causa-efecto y presidida por los analisis de todo tipo a los que tan aficionada se ha vuelto nuestra sociedad humana en los ultimos dos siglos.

Es cierto que uno no puede escapar a lo que es. Pero...cuando empieza a ser uno lo que dice que es? Si uno de nosotros elige pareja y decide iniciar una vida en común todavía no es padre, aunque proyecte serlo. Es cuando decide tener descendencia cuando inicia el camino de ser padre. Pero el ser del padre no nos permea de inmediato, no somos padres de la noche a la mañana con la llegada del primer hijo. Seremos progresivamente padres como somos progresivamente personas y no acabaremos nunca de ser totalmente ni una cosa ni la otra hasta que la parca se nos lleve por delante. Ser persona, como ser padre, no es un estado definitivo, es algo que fluye y evoluciona. El agua de un río no es el río. Ni lo es la surgencia que le da lugar, ni lo son los torrentes que se transformarán en riachuelos, ni lo serán los rápidos por los que descenderá veloz el agua por las gargantas. El río será río cuando lo veamos morir en el mar. Solo adquiere esencia definitiva perdiéndola en otra dimensión mayor. Es río en su conjunto pero sobre todo en su desarrollo. No podemos tomar una parte por el todo ni perder de vista que ‘el río’ será aquello que determine el discurrir desde que este nace hasta que acaba.

Una vez la madre de un niño me preguntó en la consulta si era una buena madre y le contesté que eso se lo tenia que preguntar a sus nietos. Su rol de madre solo acababa de empezar y ya quería un juicio de valor sobre su capacidad. Es como preguntarle al arroyo que superficie de regadío alimentará el río poco antes de llegar a su desembocadura. No es posible saberlo. La bondad del río se conocerá cuando su esencia se complete. Por eso los que prejuzgan la conducta ajena basandose en la descripción de lo sucedido, y con ello anticipando el valor de la esencia del ser padre, cometen un error de apreciación que, introducido en la corriente de la vida, puede tener efectos impredecibles y responsabilidades que a largo plazo nadie se prestará a reconocer como propias. Se trataba, -en aquel caso que ahora recuerdo-, de una madre separada, atormetada por la culpa y la carga que sobre sus hombros había depositado algún psicólogo infantil que tomaba las partes por el todo...

Cuando llevas muchos años al otro lado de la mesa empiezas a vislumbrar certezas que no se analizan por mucha teoría que nos enseñen. No es tan importante el consejo en sí que damos a quien nos lo pide. Si lo es aquello en lo que lo envolvemos cuando lo proyectamos desde nuestra mente hacia la comprensión del otro. Por asi decirlo lo que importa es la calidad del foco de luz que usamos para pasarles la diapositiva, no la diapositiva en si misma. A la gente no la ayudamos aunque a menudo creamos lo contrario. Lo que hacemos cuando “somos de ayuda” es escuchar y dejar que se nos acerquen. Si comunicamos bien no importa demasiado lo que dices. Cualquier banalidad es buena para apagar la tremenda sed de ser escuchado que a menudo tienen todos ellos. Abandonarse al caos de la relación verbal es lo que hacen las comadres, los amigos que charlan por charlar, los cotilleos entre compañeros del trabajo, los novios cuando devanean. Todas estas formas de relación verbal tienen en común una ausencia de guión establecido: es el azar quien encadena discursos y palabrería. En todas esas relaciones verbales caóticas puede o no vincularse afecto, pasión, desamor, egoísmo, vanidad, desprecio o interés. Esa es la materia que contará. No el contenido de las palabras. Aquella madre recordará el interés que pusimos al escuchar su relato. Seguramente olvidará todo lo que no puede hacer y nosotros sugerimos que hiciera. Al final, en, y a lo largo de nuestras vidas, cada uno de nosotros acaba haciendo solo aquello que podía hacer. No lo que se había, o le habían, propuesto que hiciera. Saber ceder, en un momento dado, a nuestra pulsión intelectualizadora (la que nos llevaría a los análisis) y abandonarse con arte al caos de la relación verbal es un ejercicio útil.

Los profesionales de la salud, los pediatras en mi caso, con la edad y la experiencia podríamos aumentar nuestra capacidad para ser cariñosamente caóticos en nuestra relación verbal con los pacientes. Pero esta aseveración tiene un tiempo verbal que es un futuro condicional…Para ello, para que el aserto se cumpla, precisamos una experiencia del tiempo que sea gratificante. Cuando vivimos en un cierto grado de apremio permanente no es posible…La vivencia gratificante del tiempo es como el abono que precisa nuestra tierra para que florezca un trato presidido por el caos. Un caos que, como el caos del universo, tiene sus propias leyes, su dinámica de arrastre y que siempre, siempre que lo respetemos, nos acaba sorprendiendo
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domingo, 14 de enero de 2007

No ha de mover nuestra acción el posibilismo sino el ideal.










Una madeja es una forma de preparar la lana para que el usuario final haga con ella su propio ovillo. La vida y las muchas experiencias por las que pasamos son la lana en bruto. Nadie puede ahorrarle a nadie —ni a sus hijos ni a sus amigos— el paso por la vida y los tumbos que a cada uno le toque dar. Pero sí podemos registrar, para el recuerdo o la reflexión, nuestros propios tumbos y la elaboración que hemos hecho de ellos.

Ese material admite muchas interpretaciones y puede expresarse de mil maneras. Todos, según nos va la copla y de acuerdo con nuestra capacidad para hacerlo, exponemos a los demás parte de estas vivencias. Cuando la expresión se vuelve reflexiva y se convierte, por sí misma, en objeto de un esfuerzo, se está en camino de crear algo que, sin dejar de ser material vital, es ya una elaboración humana. Eso es una madeja.

Así pues, si la experiencia de la vida es la lana, las reflexiones y proposiciones en torno al variado material que esta ofrece son algo así como la madeja. Sus receptores, los usuarios finales que tejerán su propia vida a partir de su experiencia, lo harán con las agujas y los ovillos que su discurrir vital haya formado a partir de mil madejas distintas. Su tejido final, su existencia, se verá más o menos enriquecido por la calidad de la lana que cada uno haya ovillado para tejer.

No podemos hacerle el ovillo a nadie, pero sí podemos madejar de la manera más exquisita posible la lana que nos ha tocado trabajar, para que quienes pasan a nuestro lado puedan tomar de nuestros estantes las madejas más armónicas, coherentes y lúcidas que nuestro yo sea capaz de dar de sí.

Si los demás no desean tomar madeja alguna, esa es otra cuestión, que en nada debe afectar a la ética del quehacer personal. No ha de mover nuestra acción el posibilismo, sino el ideal. En realidad, con el tiempo acabas descubriendo que lo que vale es creer en algo que te mueva a actuar, y no la acción en sí misma, sus resultados o su utilidad.