Ese material admite muchas interpretaciones y puede expresarse de mil maneras. Todos, según nos va la copla y de acuerdo con nuestra capacidad para hacerlo, exponemos a los demás parte de estas vivencias. Cuando la expresión se vuelve reflexiva y se convierte, por sí misma, en objeto de un esfuerzo, se está en camino de crear algo que, sin dejar de ser material vital, es ya una elaboración humana. Eso es una madeja.
Así pues, si la experiencia de la vida es la lana, las reflexiones y proposiciones en torno al variado material que esta ofrece son algo así como la madeja. Sus receptores, los usuarios finales que tejerán su propia vida a partir de su experiencia, lo harán con las agujas y los ovillos que su discurrir vital haya formado a partir de mil madejas distintas. Su tejido final, su existencia, se verá más o menos enriquecido por la calidad de la lana que cada uno haya ovillado para tejer.
No podemos hacerle el ovillo a nadie, pero sí podemos madejar de la manera más exquisita posible la lana que nos ha tocado trabajar, para que quienes pasan a nuestro lado puedan tomar de nuestros estantes las madejas más armónicas, coherentes y lúcidas que nuestro yo sea capaz de dar de sí.
Si los demás no desean tomar madeja alguna, esa es otra cuestión, que en nada debe afectar a la ética del quehacer personal. No ha de mover nuestra acción el posibilismo, sino el ideal. En realidad, con el tiempo acabas descubriendo que lo que vale es creer en algo que te mueva a actuar, y no la acción en sí misma, sus resultados o su utilidad.
