miércoles, 25 de abril de 2007

Pero, entre tanto...





La verdad es una mentira que aun no ha sido descubierta. Sólo de esta raíz puede brotar algo hermoso y duradero. Aun así, toda afirmación contiene en si el germen de un fracaso posible, al igual que en toda pequeña o gran felicidad se agazapa la semilla del dolor. Vivir con plenitud es un ensayo para llegar al límite de las palabras, un límite más allá del cual todo discurso se hace innecesario... Pero, entre tanto, las palabras forman parte de nuestro mundo, de nuestras mentiras no descubiertas y de nuestras felicidades temporales.

martes, 20 de marzo de 2007

Abandonarse conscientemente al caos de la relacion verbal...


Hay algo mas difícil que coger a un psicólogo con el paso cambiado?
Durante meses me repetía la pregunta solicitando una respuesta a la inspiración. Ayer, mientras subía en el ascensor, se abrió hasta mi la respuesta como si toda la vida hubiera estado ahí. Era como llegar al 4º piso cuando lo habitual era bajar en el 3º donde tengo el despacho...
Si había algo más difícil que cogerles con el paso cambiado era intentar convencerles de ello.
Efectivamente. Psiquiatras y psicólogos a menudo despiertan entre el resto de mortales ciertos ecos o reminiscencias que nos retrotraen a la imagen del brujo-adivino o chaman de la tribu ancestral. Cierto temor reverencial ante sus explicaciones, advertencias agoristicas o sus, a menudo, inquietantes deducciones, es el sentir que preside su contacto. Quien se encontrará libre de culpa edipica, de celos no reconocidos, de afán de venganza sublimado o de amor compulsivo por una frustración vivida en la escuela primaria? Ante estas posibilidades siempre nos cabe discutir, con nuestro propio verbo, la supremacía del criterio seguido para llegar a esas proyecciones... pero al hacerlo nos arriesgamos a ser señalados como el peor de los apestados. Resistirse es, lo sabemos, provocar sus iras, convocar al conjunto de males con el que ampliamente han pintado y descrito, pormenorizado y justificado, las razones ocultas que han movido nuestras vidas hasta el día en que los conocimos... O doblamos el espinazo, y aceptamos esa superioridad que nos infligen sin desearlo personalmente ninguno... o nos arriesgamos a caer en el caos...

De esto quisiera hablar. Del caos. De la relación fractal y caótica, del efecto mariposa y del vórtice, de las escalas dentro de escalas… en fin de una compleja y nueva dimensión que escapa a la racionalización analítica, a la psicoanalítica, a la empiría, al conductismo, a la metodologica, a las reglas … siempre que no sean las que imperan en el caos. Se trata, en definitiva, de aplicar la teoria del caos a la educación y las relaciones entre humanos, dejando de lado una visión del desarrollo psicologico demasiado limitada por la consabida causa-efecto y presidida por los analisis de todo tipo a los que tan aficionada se ha vuelto nuestra sociedad humana en los ultimos dos siglos.

Es cierto que uno no puede escapar a lo que es. Pero...cuando empieza a ser uno lo que dice que es? Si uno de nosotros elige pareja y decide iniciar una vida en común todavía no es padre, aunque proyecte serlo. Es cuando decide tener descendencia cuando inicia el camino de ser padre. Pero el ser del padre no nos permea de inmediato, no somos padres de la noche a la mañana con la llegada del primer hijo. Seremos progresivamente padres como somos progresivamente personas y no acabaremos nunca de ser totalmente ni una cosa ni la otra hasta que la parca se nos lleve por delante. Ser persona, como ser padre, no es un estado definitivo, es algo que fluye y evoluciona. El agua de un río no es el río. Ni lo es la surgencia que le da lugar, ni lo son los torrentes que se transformarán en riachuelos, ni lo serán los rápidos por los que descenderá veloz el agua por las gargantas. El río será río cuando lo veamos morir en el mar. Solo adquiere esencia definitiva perdiéndola en otra dimensión mayor. Es río en su conjunto pero sobre todo en su desarrollo. No podemos tomar una parte por el todo ni perder de vista que ‘el río’ será aquello que determine el discurrir desde que este nace hasta que acaba.

Una vez la madre de un niño me preguntó en la consulta si era una buena madre y le contesté que eso se lo tenia que preguntar a sus nietos. Su rol de madre solo acababa de empezar y ya quería un juicio de valor sobre su capacidad. Es como preguntarle al arroyo que superficie de regadío alimentará el río poco antes de llegar a su desembocadura. No es posible saberlo. La bondad del río se conocerá cuando su esencia se complete. Por eso los que prejuzgan la conducta ajena basandose en la descripción de lo sucedido, y con ello anticipando el valor de la esencia del ser padre, cometen un error de apreciación que, introducido en la corriente de la vida, puede tener efectos impredecibles y responsabilidades que a largo plazo nadie se prestará a reconocer como propias. Se trataba, -en aquel caso que ahora recuerdo-, de una madre separada, atormetada por la culpa y la carga que sobre sus hombros había depositado algún psicólogo infantil que tomaba las partes por el todo...

Cuando llevas muchos años al otro lado de la mesa empiezas a vislumbrar certezas que no se analizan por mucha teoría que nos enseñen. No es tan importante el consejo en sí que damos a quien nos lo pide. Si lo es aquello en lo que lo envolvemos cuando lo proyectamos desde nuestra mente hacia la comprensión del otro. Por asi decirlo lo que importa es la calidad del foco de luz que usamos para pasarles la diapositiva, no la diapositiva en si misma. A la gente no la ayudamos aunque a menudo creamos lo contrario. Lo que hacemos cuando “somos de ayuda” es escuchar y dejar que se nos acerquen. Si comunicamos bien no importa demasiado lo que dices. Cualquier banalidad es buena para apagar la tremenda sed de ser escuchado que a menudo tienen todos ellos. Abandonarse al caos de la relación verbal es lo que hacen las comadres, los amigos que charlan por charlar, los cotilleos entre compañeros del trabajo, los novios cuando devanean. Todas estas formas de relación verbal tienen en común una ausencia de guión establecido: es el azar quien encadena discursos y palabrería. En todas esas relaciones verbales caóticas puede o no vincularse afecto, pasión, desamor, egoísmo, vanidad, desprecio o interés. Esa es la materia que contará. No el contenido de las palabras. Aquella madre recordará el interés que pusimos al escuchar su relato. Seguramente olvidará todo lo que no puede hacer y nosotros sugerimos que hiciera. Al final, en, y a lo largo de nuestras vidas, cada uno de nosotros acaba haciendo solo aquello que podía hacer. No lo que se había, o le habían, propuesto que hiciera. Saber ceder, en un momento dado, a nuestra pulsión intelectualizadora (la que nos llevaría a los análisis) y abandonarse con arte al caos de la relación verbal es un ejercicio útil.

Los profesionales de la salud, los pediatras en mi caso, con la edad y la experiencia podríamos aumentar nuestra capacidad para ser cariñosamente caóticos en nuestra relación verbal con los pacientes. Pero esta aseveración tiene un tiempo verbal que es un futuro condicional…Para ello, para que el aserto se cumpla, precisamos una experiencia del tiempo que sea gratificante. Cuando vivimos en un cierto grado de apremio permanente no es posible…La vivencia gratificante del tiempo es como el abono que precisa nuestra tierra para que florezca un trato presidido por el caos. Un caos que, como el caos del universo, tiene sus propias leyes, su dinámica de arrastre y que siempre, siempre que lo respetemos, nos acaba sorprendiendo
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domingo, 14 de enero de 2007

No ha de mover nuestra acción el posibilismo sino el ideal.










Una madeja es una forma de preparar la lana para que el usuario final haga con ella su propio ovillo. La vida y las muchas experiencias por las que pasamos son la lana en bruto. Nadie puede ahorrarle a nadie —ni a sus hijos ni a sus amigos— el paso por la vida y los tumbos que a cada uno le toque dar. Pero sí podemos registrar, para el recuerdo o la reflexión, nuestros propios tumbos y la elaboración que hemos hecho de ellos.

Ese material admite muchas interpretaciones y puede expresarse de mil maneras. Todos, según nos va la copla y de acuerdo con nuestra capacidad para hacerlo, exponemos a los demás parte de estas vivencias. Cuando la expresión se vuelve reflexiva y se convierte, por sí misma, en objeto de un esfuerzo, se está en camino de crear algo que, sin dejar de ser material vital, es ya una elaboración humana. Eso es una madeja.

Así pues, si la experiencia de la vida es la lana, las reflexiones y proposiciones en torno al variado material que esta ofrece son algo así como la madeja. Sus receptores, los usuarios finales que tejerán su propia vida a partir de su experiencia, lo harán con las agujas y los ovillos que su discurrir vital haya formado a partir de mil madejas distintas. Su tejido final, su existencia, se verá más o menos enriquecido por la calidad de la lana que cada uno haya ovillado para tejer.

No podemos hacerle el ovillo a nadie, pero sí podemos madejar de la manera más exquisita posible la lana que nos ha tocado trabajar, para que quienes pasan a nuestro lado puedan tomar de nuestros estantes las madejas más armónicas, coherentes y lúcidas que nuestro yo sea capaz de dar de sí.

Si los demás no desean tomar madeja alguna, esa es otra cuestión, que en nada debe afectar a la ética del quehacer personal. No ha de mover nuestra acción el posibilismo, sino el ideal. En realidad, con el tiempo acabas descubriendo que lo que vale es creer en algo que te mueva a actuar, y no la acción en sí misma, sus resultados o su utilidad.