martes, 25 de agosto de 2026

El coreano o la insoportable pesadez del ser


El coreano o la insoportable pesadez del ser

(a propósito de NO-COSAS de Byung-Chul Han)


Hay un tiempo para arar, otro para sembrar y otro para cosechar. Arar es árido, arduo, cansa y desgasta. Conviene hacerlo joven. Luego se siembra, si es que uno tiene algo que sembrar. Y finalmente se cosecha, según lo sembrado, según cómo se sembró y según el azar que hizo que la semilla germinara aquí o dos metros más allá del camino. Algunos dirán que el azar no existe. Ese es su problema. No el mío.


Arar, para mí, es preparar el relato. Estudiar hasta adoptar una Weltanschauung propia, una cosmovisión para participar de lo humano. Porque somos tres cosas por este orden: seres naturales, inscritos en la naturaleza; seres sociales, inscritos en lo comunitario; y seres trascendentes, por esa pulsión de buscar qué hay tras el velo. Naturaleza para respetarla. Humanidad para implicarnos. Espiritualidad para aspirar, en el formato que cada uno haya elegido, cercano o lejano.


Pero el tiempo de arar es limitado. No me imagino a un jubilado buscando todavía el sentido de su existencia. Si ocurre, es una alteración del discurrir. La madurez es para sembrar. La vejez, para cosechar.


Y aquí entra el coreano.


Tengo la impresión de que Byung-Chul Han aró cuando tocaba y ahora cosecha sin pausa. Un libro por año. Oficio impecable, prestigio ya ganado. Nada que objetar. El problema es nuestro si compramos cada cosecha suya pensando que con ello araremos la nuestra. 


No-Cosas podría resumirse en pocas frases. No porque sea simple, sino porque su tesis ya nos habita: la digitalización del mundo relacional ha ocupado el lugar de las cosas-cosas. ¿Quién lo duda a estas alturas? Nadie. Todos lo hemos pensado alguna vez al ver a alguien acariciar un móvil como antes se acariciaba una taza.


Lo que hace Han es vestir esa evidencia con erudición. Y lo hace bien, es su oficio. Una cita de Heidegger, otra de Arendt, otra de Flusser, Hegel por ahí. Pensar sobre el pensamiento de otros. Es un recurso que a cierta edad delata otra cosa: la necesidad de un reconocimiento que de joven no se tuvo. Como los perros que marcan territorio levantando la patita, algunos marcan página levantando la cita.


No digo que no tenga consistencia. La tiene. Digo que a partir de la página tres, toda la letanía del smartphone, la smart home, las selfis, se vuelve redundante para quien tiene nivel lector para pasar de la página tres. Y para quien no lo tiene, ni le roza. Es un discurso que va dirigido a una burguesía culta que quiere asustarse un poco con el espejo. Épater les bourgeois.

El colmo, para mi estómago, fue la última entrada: la digresión sobre la gramola dels collons. Ahí dije basta y me tomé un Almax.


Y sin embargo, entiendo por qué me irrita. Me irrita porque me recuerda a Kundera.


En los 80 y pico, en plena fase de mi arar, leí La insoportable levedad del ser. Me dio instrumentos para el dilema de entonces: amor-raíces, familia, versus amor-desarraigo, bohemia. Dije que me gustó. Veinte años después lo releí, como recomiendo hacer con todo lo que te importó, y me pareció una obviedad, un aburrimiento. No de forma absoluta, sino relativa. Un libro para los 20-40 años. No para quien ya está sembrando.

Con Han me ha pasado igual. Reconozco sus valores, pero son valores para otra edad del lector. Para quien todavía necesita que le demuestren con Heidegger que el móvil nos pone solos.


Cada vez aprecio más lo contrario: la levedad. No la pesadez del conocimiento, la erudición y la cita.


El silencio es lo único que puede hacer que el yo florezca. Un silencio que no es mutismo, sino cese del deseo de enriquecerse con más saber. Porque si la mente global — y digo mente como el ordenador que maneja nuestro yo soy, no el yo personaje que es el yo estoy — no ha metanoizado, no ha cambiado de forma, todo lo que creemos saber cae en un recipiente rígido, formateado, incapaz de cambio. Y sigue dando vueltas a la noria.


Meditar, para mí, es eso: concitar el silencio de los procesos mentales. Parar el flujo mecánico del pensar para oír, por fin, lo que el yo soy tiene que decir, ahogado como está por el torrente de información en el que vivimos.


De eso va, creo, lo que ahora me ronda y que he empezado a llamar la banalización de lo inmediato. Pero eso ya será otra cosecha.


3 de junio de 2024. Revisado, agosto de 2026.