Querida emperatriz insular de quijotes de mazapán:
Recibí tu email-carta, llena de añoranzas de un pasado que es padre de un futuro de plenitudes. Proyección de ti misma que, seguramente, en alguna revuelta del camino te vendiste por un buen festín de lentejas con jabugo. ¡Que le aproveche a tu cuerpo serrano, ele!
Cada uno de nosotros, cuando habla con otro, está hablando más de un 90% para sí mismo. Sentado esto, seguiré de pie con la verborrea de turno.
Es cierto, al menos así lo tengo yo para mí, que a menudo nos es imposible transmitir eficazmente los sentimientos y que, al intentarlo con palabras, casi siempre desvirtuamos el mensaje original que quisiéramos transmitir. No obstante, ya se cuenta con ello y, en general, la palabra escrita, cuando se destina a quehaceres afectivos, sacándola de sus dominios racionales, más que transmitir, lo que ha de perseguir es la evocación en el receptor de aquellas emociones que ya residen en él.
Una especie de puesta en marcha de reacciones en cadena emocionales, calculadas o no, previstas o no, buscadas o casuales. Todo depende del mutuo conocimiento, de la intencionalidad del que escribe y de su capacidad creadora (mejor: re-creadora). Hay quien se ha ido dotando de esta capacidad de forma natural y sin saber cómo, y también quien la persigue con ahínco toda la vida sin que por ello tenga asegurado el resultado final. De la madera de los primeros están hechos los grandes escritores naturales (o sea, los de nacimiento), que afortunadamente no son los únicos que conocen los secretos de la palabra escrita.
Es curioso que hace unos días me planteaba yo lo del ser y el estar, cuando me llega tu carta en la que planteas, sin quizá saberlo, una parte de este problema. Veamos: dices en una parte de tu carta: «Me siento (= realidad subjetiva = existo como) esclava de mí misma, llena de contradicción y rodeada por ella... y lucho por mi identidad perdida, aún ignorada, lucho por no asimilarme al entorno y quedarme en el camino petrificada mirando atrás». Empecemos por lo que llamaré cuestiones previas:
— ¿Todo esto te salió así, de golpe, o fue remodelado a partir de una idea que perseguía un fin?
— Si es una forma de emergencia espontánea, quizá tenga que dirigirme a tu subconsciente, a tu ello freudiano.
— Si fue remodelado a partir de una idea, debo reconocer que has logrado un bello producto de reflexión, pero este producto, sin los efectos personales de dicha reflexión, se queda en objeto decorativo.
Dejadas a un lado las cuestiones previas, y con tu permiso, abordo el tema del ser y el estar. Dices: «me siento». Podrías decir en su lugar: «¿soy?». La frase completa sería: «Soy esclava de mí misma».
Desde un punto de vista más objetivo, se puede decir que es mucho más exacto ese «soy esclava» que aquel «me siento esclava». Sin embargo tú, sujeto de tu propia experiencia, lo transmites como algo que sientes, lo que implícitamente conlleva la creencia de que no lo eres, sino que tan solo lo sientes...
Una parte de ti, dejemos por ahora cuál, sabe que eres esclava de otra parte de ti. Al transmitirlo, es evidente que no te puede decir «soy esclava», porque no eres tú en tu totalidad quien lo cree. Es una parte. Pero ¿es una parte o un estado? Si es una parte, es un ser; si es un estado, es un estar-en dentro de un ser. Esta sutil distinción marca una diferencia abismal a la hora de plantear cómo proceder en el futuro.
Veamos qué otras pistas nos da tu discurso, pistas que nos permitan dilucidar si estamos o somos esclavos de nosotros mismos. Dices estar llena de contradicción y rodeada por ella. Además, estás luchando por una identidad perdida (de ahí la nostalgia de la que te hablaba al principio) que, inmediatamente, reconoces —lapsus linguae que te traiciona— aún ignorada. Probable proyección del deseo de tener una nueva identidad que te permita romper con el pasado.
Si seguimos tus palabras, podemos confirmar la sospecha. Efectivamente, lo que ves nacer no te entusiasma y a lo viejo no quieres o no puedes recurrir. De ahí la contradicción que manifiestas al decir que luchas por no asimilarte al entorno. Esa asimilación todavía la vives como una traición, como un pecado que sería castigado con la lotificación (la mujer de Lot, etc.). Pero todo este rato no estás hablando de forma unificada; es un diálogo entre dos partes de ti misma (no entro, por ahora, en saber cuáles ni de qué calidad).
Así, entiendo que la conversación que mantienes contigo misma, desdoblada, podría ser algo así:
1/ — ¡Soy esclava de mí misma, qué impedimento!
2/ — En realidad exageras, no es así realmente, es solo una cuestión subjetiva. Te estás percibiendo como tal, lo que no deja de ser un problema, pero menor.
1/ — ¡Soy una contradicción y eso me paraliza!
2/ — No exageres, en realidad estás habitada, como todos, por tremendas contradicciones que te bloquean.
1/ — Sí, es cierto, tienes razón. En realidad lo que más me preocupa es mi identidad perdida, lo que pude ser y no fui, aquello que abandoné.
2/ — ¡Pero qué dices! ¿No ves que tu identidad verdadera está por llegar, que todavía no la has descubierto? ¡Ahí ha de estar tu lucha!
1/ — Verdaderamente vuelves a tener razón, ves cómo soy contradictoria, ¡claro que sí! Mi nueva identidad ha de ir pareja a mi nueva vida, he de abandonar los viejos valores y así superar esa contradicción entre mi pensar y mi vivir.
2/ — Realmente eres torpe para entenderme. Si haces eso, te detendrás en tu evolución. ¿No comprendes que el entorno te alienaría hasta el punto de impedirte siquiera mirar con dignidad a tu vida anterior?
Y así, por poner un ejemplo, esos dos —que para mí son dos estados de tu ser— se discutirán inútilmente sin fin hasta que tu atención (el flujo y reflujo energético que nos mantiene en contacto con el mundo) sea capturada por otra cuestión. En ese momento, probablemente otros dos, o quizá tres, estados de ti misma tomarán posesión de tu conciencia vigil para organizarte otro cacao mental similar. Amén.
A menudo me pregunto si esa distinción entre el ser y el estar no es el velo que oculta nuestra tragedia personal. ¿No será que nos pasamos la vida creyendo que somos, cuando en realidad simplemente estamos en algo que es, independientemente de nuestra comprensión real sobre su esencia? ¿No será que lo que llamamos vida es simplemente un estado transitorio del ser en el que potencialmente podemos devenir?
Si así fuera, sería lógico que la conciencia del presente estuviera ligada al estado y no al ser, o sea, al estar-en y no al ser en sí. Ello explicaría la turba multiparlante que nos habita y cree regir. Esta conciencia del presente sería el falso espejo en el que nos reconocemos como algo o alguien único y la identificación entre el estar-en y el ser proporcionaría a la conciencia de sí mismo el espejismo de creer que somos, evitándonos la comprensión de otra realidad posible: que simplemente estuviéramos en una parte de un ser. (¿No te suena al sueño de Brahma...?).