viernes, 15 de marzo de 2013

El fenómeno de la Comprensión (II)


-II-

Si nos proponemos una observación sobre nosotros mismos para tratar de ver como opera la comprensión psicológica, y a esa observación le añadimos una reflexión deductiva, que tiene en cuenta (vistas nuestras experiencias previas) que somos incapaces de ser autoconscientes de forma permanente…  podemos llegar a la conclusión de que hay un nivel más alto de comprensión psicológica al que ordinariamente no accedemos. Suponemos que accederíamos a él solo si fuera permanente la autoconsciencia.  

Vamos a trabajar de momento con esta suposición, dándole el carácter de hipótesis. 

Si esto fuera así, podríamos decir que ese nivel superior de comprensión psicológica seria la verdadera comprensión psicológica y que, la que habitualmente tenemos en nuestro estado de “autoconsciencia no permanente¨, podríamos diferenciarla llamándola pseudo comprensión psicológica. 


Aceptemos el hecho habitual de que vivimos identificando la conciencia del self (yo mismo) con la personalidad. Para dar una explicación más simple diríamos que nos llamamos y reconocemos  a nosotros mismos como la manifestación de nuestra personalidad.   Quizás debería extenderme más sobre lo que significa el self o yo mismo, el ser en si, la esencia del ser y la personalidad, pero seria muy largo así que obviaré más explicaciones asumiendo que el lector ya sabe bastante sobre ello y lo que no le cuadre lo acabará de incorporar fruto del contexto en el que lo lee.  

Cuando proyectamos la luz de nuestra comprensión psicológica sobre un significado, y esta luz se proyecta desde la personalidad, los efectos positivos de esa comprensión son limitados y no repercuten directamente sobre el ser verdadero   Habremos aumentado el  grado de conocimiento de la personalidad, pero no el de la esencia.  Esta sigue sin crecer en conocimiento, con las consecuencias que ello tiene y que más adelante desgranaremos. 

Podemos deducir que es la unión de conocimientos y ser -ser no identificado- la que daría lugar a la verdadera comprensión psicológica.    

Fijaros que este hecho coincide con algo tan conocido como la parábola del vino nuevo en odres viejos….pues si echas conocimientos nuevos en la vieja personalidad, no conseguirás que el ser aumente un ápice su estatura.   


Dicho de otra manera, cuando “comprendemos” desde el ser, cuando “consideramos” los “significados” estando situados (nuestro self) en nuestra verdadera autoconsciencia es entonces, y solo entonces, cuando comprendemos como nos afectan de verdad los contenidos que valoramos, contemplamos o estudiamos.   

Todo lo que no sea este último tipo elevado de comprensión psicológica, del cual solo tenemos atisbos,  es simplemente un enriquecimiento de la parte elevada, digna y noble de la personalidad, pero no hace crecer el ser.   

Es como si un velo mantuviera separado de nuestro ser, lo adquirido. y esto no nos afectara más que como adorno de nuestro comportamiento habitual.  

Operando así, no se cambia nada, porque lo incorporado o aprendido, no se convierte en un nuevo comportamiento real nacido de la comprensión total que permite el proceso de comprensión, cuando el conocimiento es conducido (cuando la luz que se proyecta) por el self (yo mismo) no identificado con la personalidad.  

El velo que impide que incorporemos al ser global “lo adquirido” (aquello que ponderamos y creímos comprender), es justamente la inconsciencia de ese ser en el que transitamos, pues nuestra sensación de “yo soy” es atrapada y manejada por la personalidad.  

Si habitualmente no conseguimos descubrir que esto pasa, es gracias al poderoso mecanismo mental (automatismo mental) que la mente posee (adquirido a lo largo de la evolución de la especie para mejorar su supervivencia) para identificarse con partes de sí misma y tomarse a sí misma, desde la parte, como el todo.    

Hay cosas previas antes de soñar con tener una comprensión psicológica real.  Es evidente que si no incrementamos nuestro nivel de recuerdo de sí (un incremento que lo mediremos por la creciente capacidad para permanecer más tiempo fuera del marco mecánico de la vida) no podemos afrontar casi ningún trabajo productivo sobre el desarrollo armónico del ser.  Claro que podemos entretenernos leyendo a los grandes maestros, o dejar volar la imaginación sobre las escuelas esotericas, o creer que por que practicamos  el canto de los yogasutras de Patanjali, nuestra situación mejorará.  Pero nos estaremos engañando.  


viernes, 22 de febrero de 2013

El fenómeno de la Comprensión (I)


-I-

Hay dos clases de comprensión que se diferencian por el lugar desde el cual surgen.  La comprensión literal o lógica, que emana de la mente sensual y la comprensión psicológica que emana de la mente abstracta o mente psicológica.  

La comprensión no es algo que se tenga o no se tenga, sino que se tiene en grado variable.  En el desarrollo habitual del hombre predomina la comprensión lógica o literal dado que habitualmente el ser humano ‘funciona’ bajo el influjo de la mente sensual.    

Algunos se preguntarán si es que tenemos dos cerebros o dos mentes.  Pues no, es una forma de hablar.  Mente solo hay una. Las que llamamos mente sensual o mente abstracta (psicológica) no son mas que funciones de esa mente única.  Y no son, por cierto, las únicas funciones que tiene la mente y que, por simplificar, les acabamos llamando mentes a secas y no funciones mentales.  

Cuando el hombre se interroga sobre los contenidos del mundo abstracto, el ámbito de lo eideíco (las ideas), o sea cuando vierte su atención sobre cuestiones propias de su mente psicológica, se enfrenta al problema de ‘entender’ situaciones o ‘significados’ que van más allá de las realidades comprobables por los sentidos y debe usar la facultad que llamamos comprensión psicológica.  

La mayor parte de los humanos tienen un cierto grado de comprensión psicológica desarrollada al tener mas o menos contacto con el mundo abstracto de lo ‘eideico’.  Pero a diferencia de la comprensión literal, la psicológica requiere un entrenamiento esforzado para poder desarrollarse. Un entrenamiento -digamos- a contracorriente.   

Evolutivamente el ser humano nunca ha necesitado entrenar la capacidad de ser autoconsciente, o sea de percibirse él distinto de lo que percibe o tomar consciencia de que quien percibe es el self (yo mismo) y que al percibir que percibe se diferencia de lo percibido.   La vida esta regida por la mente sensual, -como no puede ser de otra manera después de centenares de miles de años de evolución animal-, y tiene el privilegio de ser automática e identificada, lo cual lejos de ser un inconveniente evolutivo es una gran ventaja.  

Es así como entenderemos que al ser humano, dominado principalmente por la inercia de lo sensual, le cuesta apartarse de ese nivel y solo con un esfuerzo dirigido y mantenido conseguirá incrementar el desarrollo de esa función o facultad que llamamos comprensión psicológica.  

Sabemos que la acumulación de datos aumenta nuestro conocimiento. Y el conocimiento es el bagaje de datos que, relacionados, nos aportan comprensión.  Cuando los datos adquiridos pertenecen al mundo exterior, al mundo sensual, tenemos un gran conocimiento de las cosas.  Por el contrario cuando los datos proceden del mundo interior o de los productos elaborados por la mente humana, construcciones ‘eidéicas’ o de ideas y conceptos abstractos, manifestadas a través de ideologías, filosofía, arte, etc. podemos decir que se entrena la comprensión psicológica.   

La mayor parte del tiempo destinado a acumular datos que el humano usa se emplea en aumentar el conocimiento sensual.  Así, la preparación para vivir la vida autónoma, desarrollar una profesión o dedicación, el aprendizaje de cualquier técnica manual o no, la adquisición de habilidades para sobrevivir como cocinar, pintar, cultivar, cantar o tratar con animales, etc, todo ello cae dentro de las cosas que incrementan nuestra comprensión sensual, lógica o literal.  

Pero el ser humano no siempre usa la comprensión psicológica para tratar con el mundo interior o con los significados profundos ocultos en la vida ordinaria.  A menudo aplica su comprensión literal o sensual a dichos contenidos y el conocimiento que alcanza de la posible aportación de datos queda así limitado.   Un ejemplo básico es el de aquel que viendo una película solo alcanza a valorar lo inmediato, lo que se narra y no el contenido profundo, no visible, que subyace a la historia que nos han ofrecido.  Es por eso que aumentar nuestro conocimiento del mundo de lo abstracto nos facilitará comprender psicológicamente aquellos ‘significados’ ocultos en el arte o en la literatura que van más allá de lo meramente dicho u observado.   Estamos por tanto delante de una facultad entrenable.  

Tener mucha cultura no debiera ser una frase que indique que lo que se posee son muchos ‘datos’ culturales, sino debiera significar que lo que se tiene es una buena comprensión psicológica de los hechos profundos que subyacen al hecho físico de la cultura.  Es por eso que las obras de arte o el mismo arte tienen lecturas diferentes para un mismo hecho observable.  

Dentro de la comprensión sensual, literal o lógica hay diferentes niveles, por ejemplo, en el caso de la danza, no será lo mismo la observación de un espectáculo si tenemos datos previos: información sobre la técnica, conocimientos de coreografía, etc. que si observamos la danza sin ninguna información.  Seguramente obtendremos mucho más rendimiento de la visión de una danza si nuestro nivel de conocimientos sobre la danza es más alto.  

Lo mismo sucede con la comprensión psicológica.  Los niveles de penetración en la comprensión psicológica serán más altos en tanto tengamos más datos o ‘formación’ en la valoración del mundo interno.    

Cuando se adquieren datos ‘culturales’ y su adquisición o visionado se hace recaer, de manera mecánica (solo con atención atraída o sea sin atención dirigida) en la mente sensual –la que opera con los sentidos externos–, podemos decir que se tiene una cultura superficial por que solo atiende a los contenidos externos, emocionales, técnicos o estéticos, aunque puedan resonar por asociación otros valores del mundo interno.  

Cuando el mismo proceso de adquisición o visionado se hace con atención dirigida (no simplemente atraída como en el caso anterior) el esfuerzo hace que relacionemos los aspectos visibles con los contenidos propios de nuestro mundo interno, con lo abstracto, lo no palpable, las ideas, los juicios, las valoraciones, el recuerdo, etc.  Es obvio que   actuando así estaremos aplicando la facultad de la comprensión psicológica. 

En la vida es fácil que se den las dos comprensiones simultáneamente y depende del grado o capacidad para dirigir la atención predominara una u otra facultad.   


Todos los productos elaborados por la mente humana pueden contener —aunque no siempre es así— ‘significados’ psicológicos dirigidos a los diferentes niveles de comprensión, desde la comprensión psicológica más cercana a ‘lo literal’,  hasta la comprensión psicológica más elevada.   

Precisamente es la atención dirigida —no la simplemente atraída— hacia lo observable  lo que permite la comprensión psicológica de los significados que subyacen a la expresión:  sea filosofía, psicología, sociología, política o cualquier otra materia de las humanidades; sea literatura, teatro, danza, música, cine o cualquier otra forma de expresión artística.

miércoles, 9 de enero de 2013

Espontaneidad... la excusa del débil.

A menudo en nuestras relaciones humanas surge la cuestión de si fulanito/a es muy espontáneo/a o si mengano/a lo es menos. Implícito en ello va la asociación de espontaneidad con naturalidad, ingenuidad, simplicidad o franqueza como valores más cotizados que sus contrarios: la deliberación, el calculo, la premeditación, el artificio o la afectación. Por eso no es infrecuente que sin darnos cuenta transmitamos a nuestros hijos, con el ejemplo, con la forma o con la conversación, elementos que analizados a fondo considero controvertidos. Esta controversia es la que hoy traigo a colación en la tertulia.
Hay un marco general y otro particular que quiero delimitar como cuestión previa. Estos marcos hacen referencia a la cuestión histórico-social por la que me explico a mí mismo el valor que en nuestros días se le da esta expresión y otro es el marco especifico del significado de las palabras. A efectos prácticos empezaré por este ultimo. Una vez descritos y estructurados estos dos marcos pasaré a la controversia en si misma.

Usando el 'Diccionario de Sinónimos, Ideas afines y Contrarios' de Pey Ruiz, encontramos las siguientes relaciones:

-Espontáneo es igual a indeliberado, natural, instintivo, automático y maquinal. Su antónimo más común es deliberado. En segunda generación de sinonimia espontáneo se asimila con llano, franco y natural y se contrapone a afectado.

Mientras que consultando el 'Diccionario de Sinónimos' de Gili Gaya, hallamos las siguientes explicaciones:

-Espontáneo -a. adj. En ocasiones puede coincidir con indeliberado, automático y voluntario, pero estos, a su vez no implican necesariamente idea de espontaneidad. Así indeliberado significa que se da sin participación del entendimiento o del raciocinio: "su contestación fue espontánea..." Automático o maquinal da idea de proceso que se desarrolla de forma mecánica, sin intervención de la voluntad, pensamiento o deseo humanos: "hizo un movimiento espontáneo...". Voluntario en sentido de espontáneo, denota que se produce sin coacción: "su voto fue espontáneo...".

Después de este breve repaso podemos decir que cuando el término espontáneo se aplica al comportamiento humano, a su forma o a su fondo, a su expresión verbal o a su conducta, estamos usando un calificativo que precisa que aquello que se está produciendo o se ha producido es algo desinhibido, algo no modulado o condicionado por otras instancias, algo que tiene la calidad de ser directo, no mediado o intervenido por algún instrumento mental, herramienta analítica, conducta acordada, código o ley. Es algo que nos habla de las motivaciones y pulsiones internas, y más íntimas, del ser humano sin que estas pretendan ocultarse, transformarse o revestirse. En definitiva habla de una calidad de lo emitido que no se preocupa por amoldar su proyección a norma o convención alguna.

Pero veamos que razones hay que expliquen el alza de valor que experimentó en el tercio final del siglo pasado (nuestro siglo para la mayor parte de adultos), y en nuestro mundo occidental, la espontaneidad.

El siglo XX nace con la revolución industrial, grandes cambios en la forma externa de vida que no se acompañan con la misma rapidez en la forma interna. La educación, el primer y más importante filtro a la espontaneidad, es un valor que hasta bien entrado el siglo XX se refugiaba en las llamadas clases privilegiadas: nobleza, intelectuales y clérigos. La progresiva popularización de la educación es consecuencia de la revolución industrial, y como resultado de su extensión la que llamare humanidad global crece en las siguientes capacidades: de comprensión, de autocrítica y de generar respuestas no amoldadas a la corriente imperante. Veamos cómo y porqué. Usando el modelo analógico podemos asimilar la humanidad global a un ser humano. El primer tercio del siglo XX es la etapa todavía prepuberal de este ser, el tercio central de nuestro siglo occidental representa el despertar definitivo a su etapa adolescente en la que todavía nos encontramos; y de la que apenas se esboza en el final de siglo el parcial advenimiento de una etapa más adulta, más autoconsciente de la ruinosa realidad planetaria y social que hemos ido dejando. El despertar de una conciencia ecológica en el seno del primer mundo o también llamado mundo occidental, es la muestra evidente de esta naciente madurez de la que llamo nuestra humanidad global.

Los adultos que vivieron, decidieron y participaron las dos guerras mundiales del primer tercio de nuestro siglo, transmitieron una falsa moral justificadora de tanta muerte y devastación. Los miserables negocios de la guerra que esta falsa moral encubrió fueron quedando al descubierto por las generaciones subsiguientes que, al alcanzar sus mayorías de edad, se encontraron con un mundo educado pero falso al cual o ponían en evidencia, con la consiguiente perdida de privilegios, o aceptaban seguir encubriendo. La posguerra se extiende durante casi 20 años y aparece en escena una nueva generación: los que nacieron ya en plena recuperación económica. Una generación que llegaría al 68 con veinte años. Es el momento de la generación de la huida, de la psicodelia, de los hippies, de las comunas, del libertarismo y de la ruptura con el mundo heredado de unos adultos que habían crecido en la educación de la forma, sin que el decurso de sus propias vidas fuera ejemplo de lo que sus palabras proponían. Eran los hijos de unos padres demasiado ocupados en la reconstrucción del mundo de la postguerra para darse cuenta de que los valores que la educación transmitía no se decían con la forma de vivir que ellos mismos practicaban. Así fue como todo lo que procedía del mundo previo fue defenestrado en el 68. La imposición, los códigos, el corsé de la educación, las formas religiosas, las fórmulas de convivencia social. Todo. 

El libertarismo reactivo echó abajo las convenciones aceptadas. Se podía hacer todo, se podía enseñar todo. Todo era natural, por tanto todo era posible. La familia se fragmentó y se ensayaron fórmulas tribales y comunas colectivas. Los jóvenes se iban tempranamente de su casa. La estructura religiosa, puesta en duda por los intelectuales de más prestigio, tuvo que buscar apoyo en lo popular. En el 62, seis años antes de la eclosión de la crisis espiritual del sistema, el Vaticano II se volcó hacia el pueblo no instruido, si educado, el pueblo que no podía huir de las convenciones porque si no no comía. El rito se acercó al oficiante y su público, en lengua vernácula, para soslayar el desenganche de los intelectuales que habían estudiado latín y griego en las universidades paganas. Ni se podía, ni se intentó explicar que había hecho la Iglesia todo el tiempo previo a su acercamiento al pueblo. Para muchos esos 16 siglos de lapsus entre la Iglesia de los Primeros Cristianos, que se cierra con la secularización o mundanización de Constantino (s. IV) y el Vaticano II, era demasiado tiempo para hacer creíble, no el mensaje cristiano, sino a los que instrumentándolo habían vivido siglos a costa de él. Y es que todo acaba pasando factura, más tarde o más temprano.

En la década del 70 se consolida la creencia en la superioridad de la falta de tapujos, en la falta de freno a lo que se ha de decir, en el soltarse la melena, en el subirse las faldas y sacarse de encima los corsés impuestos, los sujetadores también. Es el momento en que el mass media se da cuenta de que lo que ha de vender en la generación que sube, los que en los 70 apenas empezaban a ser adolescentes, es la fabricación del ideal espontáneo. Un individuo que por su falta de autocontrol podrá ser víctima de los mensajes que interesen. Es la preparación para la primera generación nacida ya en plena era del consumismo. Con el valor en alza de la espontaneidad no habrá peligro en que los jóvenes puedan hacer caso de los cantos de sirena de quien les advierta de los peligros del adolescere (de la falta de algo). La no adquisición de ese algo en los momentos claves del despertar al mundo hace morir el interés por la autotransformación y predispone a una vida de mecánico discurrir, que aceptará sin deliberación, sin introspección, sin análisis, aquellos mensajes que el mass media diseñe para que sean tragados, aceptados o incorporados, solo mediatizados por la ensalzada espontaneidad. (Obviamente es mucho más fácil fabricar mensajes interesados que tan sólo deban de contar con el factor espontaneidad para pasar la barrera de la incorporación al individuo). Esos adolescentes se hacen adultos sólo por que adquieren la condición de ser independientes económicamente. Eso es lo que progresivamente cambia. Pero desde mi óptica el individuo así obtenido sigue siendo un adolescere, por que le falta algo, el algo que le permite distinguirse de lo natural, esa parte que cultivada (proceso plenamente humano que requiere de un "artificio" que nos contrapone a "lo natural") nos hace plenamente hombres y nos distingue de la inmediatez animal de las pulsiones, del sometimiento a los deseos del cuerpo, a los instintos y a las emociones que nos dominan.

En definitiva, pues, la espontaneidad nos habla de alguien que no experimenta vergüenza al permitir que surja de sí el acto, la conducta, la emoción, la palabra, la idea, sin filtro ni matiz, ya que de lo contrario, de experimentar vergüenza de sus pulsiones, intenciones, motivaciones, trataría de controlar o matizar las emanaciones de sí (o imagen de sí) que alcanza o se proyecta hacia los demás. Esto es así, y no admite ambigüedad, veamos si no la conocida expresión de 'tu espontaneidad te ha traicionado', tratando de ilustrar el hecho de que la indeliberación ha permitido que el individuo enseñara el plumero, quedaran en evidencia sus intenciones, o mostrara una parte de él que ordinariamente estaría a cubierto de la indiscreción ajena.

A estas alturas: ¿podemos seguir considerando a la espontaneidad una virtud? Yo creo que NO, en la acepción explicada. Pero la trampa esta servida ya que el término, como muchos, es polisémico, y, atendiendo a un rango de significación más elevado, en según que contextos se puede oponer a ficticio, artificioso o falso, por lo que aparentemente puede valorarse como algo engañosamente positivo. Esa es la excusa del débil. 

Acabo con algunas consideraciones sobre la educación.

Entre los muchos códigos que el hombre usa para relacionarse, el de la educación es el de más importante rendimiento. Las reglas de la educación son fundamentales para que se cumpla con éxito el proceso de adquisición de aquello que le falta al individuo para llegar a la etapa de adulto. El adolescente ha de dejar de adolescere en primer lugar gracias a la herramienta que le proporciona la educación. Esta primera herramienta no actúa transformando nada tan sólo le da tiempo para insertarse sin conflicto en un mundo con cuyo roce o contacto descubrirá sus propias limitaciones, sus inconcreciones, sus inconsecuencias y sus miserias personales, en fin empezará su autoconocimiento. Una vez en este punto, consciente de su fealdad (de otra forma no se llega nunca a percibir) interna o espiritual, podrá forjar las herramientas personales que le lleven al intento de ser. En esta etapa deberá, si la espontaneidad no se lo impide, de percibir que para SER diferente se ha de trabajar sobre el ser, y que para conseguir las cosas se han de diseñar estrategias de trabajo interno, difíciles, arduas, largas y en constante lucha con las pulsiones que afloran de la animalidad continuamente latente en cualquiera de nuestras proyecciones, sean palabras, actos, conductas o deseos. Si las concesiones a la espontaneidad no lo han impedido, con la repetición de los intentos se llega a la autopercepción de uno mismo, una visión las más de las veces angustiosa de la íntima realidad, lío y pobreza del ser, que no cabe remediar con el TENER, fuga que frecuentemente nos monta la espontaneidad para no enfrentarse con la difícil tarea de HACERSE HOMBRE. De forjarse a si mismo, de dar temple a la animalidad, que dejada a su espontánea evolución/maduración nos ha de llevar a una vida esclava de los deseos, de los instintos y en definitiva de las partes menos elevadas del ser humano.

Y acabo, esta vez definitivamente, diciendo que la educación en sí misma no es lo que importa, no es el tipo o clase de educación, o si las normas son o no son las adecuadas. Es, más allá del contenido, la excusa de la educación lo que interesa. Es precisamente la excelencia en el cumplimiento de una norma que nos encontramos delante, que aceptamos aunque pudiéramos -en nuestra pequeña/gran soberbia- considerar obsoleta. Es en definitiva lo de siempre. Aquello a lo que siempre me acabo remitiendo (los que me conocen saben que es un elemento que no podía estar ausente en esta reflexión). Se trata de aceptar las cosas con las que nos topamos en la Vida para que ciñéndonos a ellas nos transformen. Esa es mi personal lectura del "dejar que se haga Su Voluntad en mi". El esfuerzo por la excelencia de su cumplimiento es lo que transformara nuestro ser. De ahí la importancia del asumir la historia personal, de aceptar los papeles que la vida azarosamente nos va asignando. De ahí la consideración de campo de trabajo, campo de forja, que le doy a la existencia, a la Vida.

Espero que a partir de hoy la espontaneidad entre nosotros ocupe el lugar que merece. Y dejemos que la educación más exquisita presida nuestras relaciones humanas.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Educar en el caos? Una reflexion


Hay algo mas difícil que coger a un psicólogo con el paso cambiado?
Durante meses me repetía la pregunta solicitando una respuesta a la inspiración.   Un buen día, mientras subía en el ascensor, se abrió hasta mi la respuesta como si toda la vida hubiera estado ahí.  Era como llegar al 4º piso cuando lo habitual era bajar en el 3º donde tengo el despacho...
Si había algo más difícil que cogerles con el paso cambiado  era intentar convencerles de ello.   Efectivamente.  Psiquiatras, psicólogos y en general los trabajadores de la mente como yo les llamo coloquialmente, despiertan entre el resto de mortales ciertos ecos o reminiscencias que nos retrotraen a la imagen del brujo-adivino o chaman de la tribu ancestral.   Cierto temor reverencial ante sus explicaciones, advertencias agoristicas o sus, a menudo, inquietantes deducciones es el sentir que preside su contacto.  Quien  se encontrará libre de culpa edípica, de celos no reconocidos, de afán de venganza sublimado o de amor compulsivo por una frustración vivida en la escuela primaria? Ante estas posibilidades siempre nos cabe discutir, con nuestro propio verbo,  la supremacía del criterio seguido para llegar a esas proyecciones... pero al hacerlo nos arriesgamos a ser señalados como el peor de los afectados.  Resistirse es, lo sabemos, provocar sus iras, convocar al conjunto de males con el que ampliamente han pintado y descrito, pormenorizado y justificado, las razones ocultas que han movido nuestras vidas hasta el día en que los conocimos... O doblamos el espinazo, y aceptamos esa superioridad que nos infligen sin desearlo personalmente ninguno... o nos arriesgamos a caer en el caos...

De esto vamos.  De educación fractal y caótica, del efecto mariposa y del vórtice, de las escalas dentro de escalas… en fin de una compleja y nueva dimensión que escapa a la racionalización analítica, a la psicoanalítica, a la empiría, al conductismo, a la metodológica, a las reglas … siempre que no sean las que imperan en el caos.  Se trata, en definitiva, de aplicar la teoría del caos a la educación y acabar asi con una visión del desarrollo psicológico demasiado limitada por la consabida ley de la causa-efecto y presidida por los análisis de todo tipo a los que tan aficionada se ha vuelto nuestra sociedad humana en los últimos decenios.

Es cierto que uno no puede escapar a lo que es. Pero...cuando empieza a ser uno lo que dice que es?
Si uno de nosotros elige pareja y decide iniciar una vida en común todavía no es padre, aunque proyecte serlo.  Es cuando decide tener descendencia cuando inicia el camino de ser padre. Pero el ser del padre no nos permea de inmediato, no somos padres de la noche a la mañana con la llegada del primer hijo.  Seremos progresivamente padres como somos progresivamente personas y no acabaremos nunca de ser totalmente ni una cosa ni la otra hasta que la parca se nos lleve por delante.  Ser persona, como ser padre, no es un estado definitivo, es algo que fluye y evoluciona.  El agua de un río no es el río.  Ni lo es la surgencia que le da lugar, ni los arroyuelos que traerán el agua de mil lugares para juntarse en una torrentera, ni lo son los torrentes que se transformarán en riachuelos, ni lo serán los rápidos por los que descenderá veloz el agua por las gargantas.  El río será río cuando lo veamos morir en el mar. Solo adquiere esencia definitiva perdiéndola en otra dimensión mayor.  Es río en su conjunto pero sobre todo en su desarrollo.  No podemos tomar una parte por el todo ni perder de vista que ‘el río’ será aquello que determine el discurrir desde que este nace hasta que acaba. 

Una vez  la madre de un niño me preguntó en la consulta si  era una buena madre y le contesté que eso se lo tenia que preguntar a sus nietos.  Su rol de madre solo acababa de empezar y ya quería un juicio de valor sobre su capacidad.  Es como preguntarle al arroyo que superficie de regadío alimentará el río poco antes de llegar a su desembocadura.  No es posible saberlo.  La bondad del río se conocerá cuando su esencia se complete.  Por eso los que prejuzgan la conducta ajena basándose en la descripción de lo sucedido,  y con ello anticipando el valor de la esencia del ser padre,  cometen un error de apreciación que, introducido en la corriente de la vida, puede tener efectos impredecibles y responsabilidades que a largo plazo nadie se prestará a reconocer como propias.  En aquella ocasión se trataba de una madre separada, atormentada por la culpa y la carga que sobre sus hombros había depositado quizás algún psicólogo infantil que tomaba las partes por el todo...

Cuando llevas muchos años al otro lado de la mesa empiezas a vislumbrar certezas que no se analizan por mucha teoría que nos enseñen.   No es tan importante el consejo en sí que damos a quien nos  lo pide.  Si lo es aquello en lo que lo envolvemos cuando lo proyectamos desde nuestra mente hacia la comprensión del otro.  A la gente no la ayudamos aunque a menudo creamos lo contrario.  Lo que hacemos, cuando somos de ayuda, es escuchar y dejar que se nos acerquen.  Si comunicamos bien no importa demasiado lo que dices.  Cualquier banalidad es buena para apagar la tremenda sed de ser escuchado que a menudo tienen todos ellos.  Abandonarse al caos de la relación verbal es lo que hacen las comadres, los amigos que charlan por charlar,  los cotilleos entre compañeros del trabajo, los novios cuando devanean.  Todas estas formas de relación verbal  tienen en común una ausencia de guión establecido: es el azar quien encadena discursos y palabrería.  En todas esas relaciones verbales caóticas puede o no vincularse afecto, pasión, desamor, egoísmo, vanidad,  desprecio o interés.  Esa es la materia que contará.  No el contenido de las palabras.   Aquella madre recordará el interés que pusimos al escuchar su relato.  Seguramente olvidará todo lo que no puede hacer y nosotros sugerimos que hiciera.  Al final cada uno de nosotros acaba haciendo solo aquello que podía hacer.  No lo que se había, o le habían, propuesto que hiciera.  Saber ceder, en un momento dado,  a nuestra pulsión intelectualizadora (la que nos llevaría a los análisis) y  abandonarse con arte al caos de la relación verbal es un ejercicio  útil.

Con la edad y la experiencia podría aumentar nuestra capacidad para ser cariñosamente caóticos en nuestra relación verbal con los pacientes.  Para ello precisamos una experiencia del tiempo que sea gratificante.  Cuando vivimos en un cierto grado de apremio permanente no es posible.  La vivencia gratificante del tiempo es como el abono que precisa nuestra tierra para que florezca un trato presidido por el caos.  Un caos que, como el caos del universo, tiene sus propias leyes, su dinámica de arrastre y que siempre, siempre que lo respetemos, nos acaba sorprendiendo.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Las 5 cosas que nos vampirizan...


Nos vampiriza todo aquello que nos roba la energía que necesitamos para evolucionar... 

1. Las personalidades que necesitan quejarse constantemente, que a menudo te necesitan para volcar sobre ti sus problemas, sus cuitas y sobre todo los juicios sobre los demás para asegurarse de que compartes su punto de vista… aléjate de ellas.  Aunque sean buenas personas y bienintencionadas también son tóxicas.  No puedes hacer nada por ellas.

2. No aceptar que ciertas cosas no se pueden cambiar.  Si no aceptas, si resistes, entras en discusión, en lucha y pierdes mucha energía.  Aceptar no es resignarse,  aceptar es entender que cuando algo no está en nuestra mano cambiarlo es mejor cambiar nuestro punto de vista para no perder ni tiempo ni energía intentando un cambio imposible.

3. El desorden y la acumulación.  A todos nos gusta el orden, pero no siempre conseguimos tenerlo de una forma eficaz.  Cuando acumulamos más de lo necesario cada vez se hace más difícil controlar el orden, y el desorden, (aunque no sea visible estéticamente) nos desgasta y nos hace perder tiempo.  Cuando el desorden lo escondemos en la apariencia de una estética determinada o en el guardar recuerdos para el futuro, creamos un problema añadido:  engañarnos a nosotros mismos, además de perder energía cuando necesitamos encontrar algo en la enormidad de lo acaparado...

4. El no perdonar y el rencor.   Perdonar es dejar ir la culpa que tú atribuyes al otro. El rencor es la consecuencia del perdón aplazado, no asumido.   Sino juzgáramos a los demás no tendríamos necesidad de perdonar por que no trataríamos con una culpa de nadie.  De la misma manera que aceptamos el accidente y no juzgamos a la naturaleza si inunda nuestro jardín, deberíamos aceptar sin juicio los daños que otros nos infligen.  Si no les juzgamos no necesitamos perdonar, cómo no necesitamos perdonar a las nubes por descargar un aguacero.   Pero es humano reaccionar primariamente contra el que nos perjudica. Después, cuando nos serenamos, podemos dar paso al perdón.  Así liberamos la tensión y ahorramos la energía que nos consumiría a través  del rencor.  

5. La charla innecesaria y los Cosos.  Ser dueño de mis silencios y no esclavo de mis palabras es un dicho difícil de cumplir.  A menudo hablamos más de la cuenta y eso nos crea problemas. La charla inconsistente y banal es difícil que respete las reglas del “no hablar de otros aquello que no podríamos decir si estuvieran presentes”.  Al no respetar esta norma mostramos en primer lugar que no cumplimos con no juzgar a los demás, y en segundo lugar creamos un rol mental que se delatará cuando estemos en presencia de aquel de quien hablamos.  Por otro lado los Cosos (comentarios sobrantes), son fuente de conflicto que no añaden valor a la conversación y que a menudo negativizan el proceso de comunicación con el otro.   Si un comentario no tiene que aportar algo positivo a la conversación, es mejor obviarlo, no hacerlo, guardarlo para sí.  A menudo los Cosos son quejas, criticas y valoraciones parciales o subjetivas que pretendemos sean validas, objetivas y universales cuando en realidad solo parten de nuestra propia subjetividad.  Al no hacerlos ahorramos la energía que supone la discusión o incidente que puede causar en el receptor.  Los Cosos también pueden ser en origen verdades objetivas, pero adquieren calidad de sobrantes cuando la causa-efecto ya no tiene vuelta atrás.  Por ejemplo:  alguien se deja la luz encendida inadvertidamente (por que no lo ha hecho a propósito) comentar algo negativo al respecto, aunque objetivamente sea real la apreciación, no evitará el gasto de luz ni evitará que pueda ocurrir en otra ocasión,  Por contra si el comentario no es negativo, deja de ser un Coso, y puede servir para que el receptor del comentario preste más atención en otra ocasión.

sábado, 13 de octubre de 2012

Educar es aprender a poner limites a quien se educa...

                         



















Aunque pueda resultar más fácil o cómodo decir Sí a todo aquello que piden los hijos, el NO es conveniente y necesario para enseñarles a incorporar la obediencia a unas normas y para aprender, nosotros como padres, a transmitir una disciplina que nuestros hijos deben experimentar a dosis progresivas desde pequeños para que aprendan a ser responsables de sus actos el día de mañana.  

Durante los primeros meses de la vida el NO es un modo de protegerlos y darles seguridad, ya que los bebés, llevados por su curiosidad, comienzan muy pronto a explorar su entorno y ese afán aventurero suele llevarles, a menudo, a situaciones peligrosas: tocar un enchufe, asomarse a unas escaleras, tocar una estufa... En este momento no entienden las consecuencias de sus acciones y se olvidan de nuestras advertencias.  Por eso no podemos hacer otra cosa que repetir nuestras prohibiciones con paciencia y firmeza.  Estos primeros meses también nos ayudan a ver nuestra propia capacidad, el tamaño de nuestra paciencia, nuestro mucho o poco aguante,  como afecta esta cuestión a nuestra relación de pareja y como esas pequeñas trifulcas afectan a la convivencia familiar.  La carrera de obstáculos apenas acaba de comenzar y hemos de evaluar nuestra realidad enfrentada al problema.  Ahora ya no es lo que imaginábamos o lo que nos contaban. Ahora es nuestro problema concreto como padres que tratan de asumir su papel.  

Entre los 2 y 3 años los niños ya son capaces de diferenciar entre lo que es posible y lo que está prohibido. Y con la adquisición del lenguaje comprensivo, entre los 3 y 4 años, están preparados para entender los motivos de los riesgos y los peligros, por eso hay que explicarles de forma simple las razones de nuestras prohibiciones.  De esta edad en adelante el modelo se irá repitiendo en una escala progresiva.  Básicamente seguirá el mismo principio de marcar limites pero con razonamientos cada vez más complejos. 
Aunque a veces sea difícil encontrar el término medio entre dejarles hacer y prohibir, lo más importante es ser coherente y mantener la decisión con los razonamientos más convenientes para cada ocasión. Hay que tener en cuenta que:

Ser responsable es ser capaz de dar respuestas correctas a la labor, papel o rol que decidimos asumir.  Si no nos vemos capacitados podemos tomar dos caminos:  prepararnos con esfuerzo para ello o renunciar a nuestro papel si todavía estamos a tiempo.  

Educar no es una ciencia exacta y tiene mucho de arte.  Como todo arte tiene una parte de técnica que es posible aprender, practicar y mejorar, pero también tiene unos aspectos que escapan a la racionalización y dependen de la intuición, de la mano izquierda, de la empatía personal y de ciertas destrezas que no se aprenden.  Por ello la capacidad para educar es entrenable en algunas personas e innata en otras. 

En general los padres no se preparan para educar, y si lo hacen es peligroso que confundan el papel de padre con el papel de educador.  Un padre/madre cuando educa no puede olvidar que fundamentalmente es padre/madre y no un pedagogo o maestro más en la vida del niño.  
Educar siempre es limitar.   A diferencia de un maestro, cuando un padre pone límites a su hijo también por lo general se limita a sí mismo, a su familia o a una parte de ambos.  El autocontrol necesario para educar es la autolimitación que nos exigimos para ser buenos padres. 
Imponer límites es una tarea difícil y lenta, pero importantísima para conseguir que los niños lleguen a ser personas responsables. Si dentro de la vida familiar todo vale y todo está permitido, los pequeños tendrán más dificultades para asumir las normas que van a encontrarse en la escuela (y en la vida) a medida que crezcan.

Muchos problemas de disciplina se pueden evitar si desde pequeños escuchan un NO en el momento necesario.  Cuando la ira, el enfado o la contrariedad dictan nuestro NO es que la situación ha superado nuestra capacidad para manejarla con afecto.  El NO útil ha de ir acompañado de un mensaje no verbal de comprensión de la molestia o disgusto que causa en la terquedad infantil o en los deseos contrariados del niño.  Es un NO acompañado mentalmente de un LO SIENTO (realmente sentido)... PERO ES POR TU BIEN. 

Es preferible que el establecimiento de estas normas se haga desde el respeto, el razonamiento y la tolerancia que desde la fuerza, explicando siempre los motivos que tenemos para tomar una decisión.  Si, a pesar de intentarlo, los razonamientos no convencen siempre nos queda la posibilidad de tomar decisiones basándonos simplemente en nuestra autoridad de padres.  Este procedimiento siempre debe de ser una excepción.  Cuando se convierte en norma estamos delante de un abuso.
Los niños aprenden observando nuestras actitudes, valores y comportamientos y, por lo tanto, éstos deben estar en consonancia con nuestras palabras y explicaciones.  Hay que asumir que es lógico cometer algunos errores ya que muchas veces un NO responde más al estado de ánimo de los padres o a sus propios temores más que a la situación concreta que se está sancionando. En estos casos, los niños pueden darse cuenta del error y cuestionar esta decisión. Conviene hablar con ellos y enseñarles que los padres también pueden equivocarse y, si es necesario, disculparse asumiendo la equivocación.    Cuando esta situación es excepcional es también una forma de enseñarles, con nuestro ejemplo, a rectificar.  Cuando la falta de autocontrol de los adultos es habitual estamos delante de padres y/o educadores  irresponsables. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Benvingut/da a una casa nova







PUNTS CARDINALS PER UNA NOVA CASA

EL NORD:  LA TOLERANCIA
EL SUR:     L’ORDRE
L’ EST:      LA GENEROSITAT
L’ OEST:    EL PERDÓ







BENVINGUDA SIGA LA TOLERANCIA
Si ets tolerant els altres ho seran amb tu.  Si no es aixi, la convivencia es torna un “toma I daca”, un:  ara esperaré que tu fallis per tornar-te-la...
A certa edat no es possible canviar la manera de fer... no pots educar sempre a tots el que no fan exactament el que tu voldries... i de la manerta que tu voldries.
Posa normes (si creus que certes coses ho necessityen), si,  i confia en que els altres intentaran respectar-les, pero quan no ho facin, no els hi tinguis en compte, no ho fan per que no vulguin si no per que no en savem més o no han tingut prou atenció en aquell moment... segur que no ho amb fet amb la intenció de fastigaixar-te.   Em de ser com la nit, que tot ho tapa,  quan advertim un error o una flaquesa en els altres...

BENVINGUT SIGUI L’ORDRE
Quan les coses son al seu lloc es més facil trobar-les i perdem menys energia en recuperar-les quan fan falta.
L’ordre a l’habitatge no es arbitrari ni cosa de més de una persona.  Ha de haber un lideratge en la forma de establir un ordre.    Sino cada qual tindria una forma diferent de establir-ho. 
Els efectes personals son altre cosa.  Cada qual l’estableix el seu i es posa fites per crear uns habits que el facin facil recordar on deixa les coses o guarda les coses.
Quan un ordre domestic es establert cal respectar-lo i posar interés en fer-te’l teu.

BENVINGUDA SIGUI LA GENEROSITAT
Sempre es pot ser més generós.  La generositat és a la base de totes les accions positives que ens representen.  Som el que fem, no el que només mostrem o diem.  I si les accions que emprenem son generoses els nostres actes seran positius i mereixerant respecte.   Quan mes generos siguis mes rebrás el reconeixement dels altres en forma de generositat reciproca.  Como diu Rumi, el poeta sufí, quan siguis generos, sigues com un riu desbordat...

BENVINGUT SIGUI EL PERDO
Perdonar es deixar que la culpa passi de llarg.  Perdonar es no creure que hi ha un culpable del perjudici que has sofert.   De la mateixa manera que no cal perdonar a la pluja excesiva quan et fa malbé un jardi, per que no la culpes, no cal CULPAR a qui et crea un problema o et perjudica.    El causant del mal que tu pateixes pot estar influit per moltes raons que no el fan responsable.


Venim de la tolerancia dels nostres avantpassats que varen fer possible succesivament la existencia de una genealogia, som fruit del ordre que varen establir les nostres families cada qual a la seva manera, som el resultat de la generositat dels nostres pares i caminem cap a l’experiencia del perdó amb els nostres fills.

lunes, 27 de agosto de 2012

La función de la personalidad: el desarrollo del Individuo


La personalidad es la cáscara que protege la esencia del Ser.  La máscara tras la cual se esconde el ser que somos.  La parte del ser que solo aparentamos, nuestra personalidad, puede estar más o menos estructurada, organizada alrededor de un reconocimiento egoico, y la fortaleza de esta construcción yoica depende del desarrollo que ha tenido en los primeros años de vida.  En algún momento de nuestra biografía aparece en la conciencia del “yo soy” la duda de quien o qué somos.  Ese puede ser el inicio de un despertar que, si somos capaces de hacerlo, nos conduzca al  desarrollo del Ser que somos y no al que aparentamos. Al Ser que hemos olvidado que somos. 

Pero empecemos por el principio.

Al nacer no tomamos conciencia de nuestra existencia hasta que no podemos tener la noción de “quien soy”.  El nacimiento es un trauma por el que todos pasamos necesariamente.  

De pronto nuestra imprecisa existencia, sin conciencia exacta de qué o quien somos, se ve perturbada por un cambio brutal del medio de vida.  Nos hemos de asfixiar, dejando de respirar el líquido amniótico, para abruptamente pasar al medio aéreo y aspirar la primera bocanada de aire que oxigenará nuestro sistema pulmonar.  El trauma del paso por el canal vaginal, una enorme presión a la que somos sometidos, escurre todo el líquido pulmonar que hasta ahora inundaba los pulmones.  Los alveolos pulmonares se desplegarán unos instantes más tarde con la primera aspiración y descubrirán que están diseñados para usar el medio aéreo en la obtención de oxigeno.  Durante la gestación la sangre no pasaba por los pulmones, estos simplemente estaban llenos de líquido amniótico, el líquido en el que flotamos durante nueve meses.  La oxigenación de nuestro organismo la recibíamos del torrente sanguíneo materno que, a través de la placenta, nos cedía el oxigeno y los nutrientes que necesitamos durante el embarazo para crecer y desarrollarnos.  En el momento del nacimiento, la circulación sanguínea sufre un colapso a nivel umbilical para desencadenar la circulación a través de los pulmones. El corazón y los grandes vasos sanguíneos sufren cambios, cierre del conducto arterioso y del foramen oval, que permiten el inicio de la circulación sanguínea pulmonar. A partir de este momento recibimos la oxigenación del intercambio aéreo alveolar pulmonar y dejamos de depender de la circulación placentaria materna.   

Todos estos grandes y traumáticos cambios suceden en pocos minutos.  Hemos visto la luz. Nos han alumbrado.  El receptáculo del Ser, el cuerpo físico del recién nacido, deberá sobrevivir al trauma del parto.  Lo normal es que así sea.  Seguirán tiempos difíciles para el cuerpo físico, un aprendizaje lento de adaptación al nuevo medio. El Ser, sin saber todavía que es, adquiere tempranamente conciencia de su vulnerabilidad y encarga al cuerpo físico su defensa.  El recién nacido manifiesta pronto su temperamento innato, algo que la herencia genética ha incrustado en el individuo como si fueran los instrumentos mínimos para sobrevivir, como un equipaje de emergencia que viene de serie.   Ese temperamento marcará sus primeros intercambios con el medio, con el mundo, con los otros individuos.  Descubrirá que para reclamar sus necesidades ha de expresarse.  Y se expresará según le dicte su temperamento.  Su temperamento marcará los intercambios con sus cuidadores y descubrirá que puede acercarse o alejarse de las condiciones ideales en las que creció en el seno materno: confort, abrazo, arrullo, caricia, sonidos dulces… e intentará que se mantengan o reproduzcan y se quejará cuando se le nieguen.  El medio no le dejará buscar siempre ese confort y aprenderá a conformarse con más o menos tolerancia según sea su temperamento.  

En esta primera fase de su infancia todavía no está claro quien es.  Necesita que la madre le separe del todo, que sea posible reconocerse como aislado, como individuo único y no como parte de algo.  El parto físico no siempre va acompañado de un parto psicológico, lo normal es que haya un retraso en el parto psicológico y que este se produzca pasado un tiempo del nacimiento físico.  Depende de la personalidad materna que este retraso sea más o menos largo. 
Pero más tarde o más temprano será posible reconocerse como individuo y nominarse.  El ambiente, el entorno, le nominará tan repetidamente que acabará reconociéndose como algo separado de su madre. Ese es su nacimiento psicológico.  Por fin es alguien.  Sin embargo su esencia sabe eso desde siempre, pero no existe manifestación real de su esencia pues primero  necesita crecer y desarrollarse, ahora solo esta en fase embrionaria y no puede actuar per se, es por ello que el ser indefenso que ha nacido fisicamente primero y psicológicamente después, necesita proteger al ser que lleva consigo.  Esa es la razón de ser de la máscara, de la personalidad que trata de preservar, ocultar, a la esencia.  

Durante el resto de su vida, la personalidad ira enriqueciéndose, formándose primero un carácter sobre la base del temperamento y en función de la suma de normas, reglas e imposiciones culturales gravadas sobre las experiencias que se van sucediendo y modelando conductas, creando mecanismos de respuesta automatizados que crearan un patrón por el que seremos conocidos.  Todo ello conformará finalmente una personalidad más o menos rica, más o menos estructurada y mas o menos cristalizada e invariable.  

Aunque el mecanismo esté diseñado inicialmente como una forma de protección del “yo soy” esencial, del sentimiento egoico, con el paso del tiempo el “yo soy” se identifica con la personalidad olvidando que se es un personaje, que somos provisionalmente una dualidad, confundiendo personaje y actor, y en consecuencia haciendo que las posibilidades de que la máscara creada, la personalidad que oculta al ser, acabe cayendo y desvelando a la esencia, sean mínimas.  Lo habitual es que la máscara acapare el protagonismo del ser y la esencia quede olvidada, como una semilla que no llega nunca a germinar.  Ese es el destino habitual del ser humano.  Convertirse en un individuo.  Un actor que acaba identificado con su personaje.    

Diccionario General Etimológico de Roque Barcia (edición 1883). “Dícese del adjetivo Individuo: aquello que no se puede separar ni dividir, en cuya acepción es sinónimo de indiviso.”  

Cuando por las razones que sean nos replanteamos nuestra existencia y aparece la duda de “quien soy” se abre una puerta a un camino que, de recorrerlo, nos llevará de vuelta a la dualidad, si éramos indivisos, ya no lo volveremos a ser.  Dejaremos el estado de individuo para iniciar un camino difícil hacia el crecimiento del Ser.   Pero esta es otra historia. 


lunes, 23 de julio de 2012

Personalidad: definiendo términos y aclarando conceptos



A menudo, tanto en el lenguaje coloquial como en el lenguaje profundo en el seno de diálogos o discusiones, usamos términos o conceptos como el de personalidad, temperamento, carácter, rasgo, conductas… y no siempre nos estamos refiriendo correctamente a sus contenidos.   No es extraño, pues son conceptos muy debatidos que incluso el academicismo psicológico no aclara, o simplemente deja que las diferentes corrientes de interpretación de la psique humana muestren sus diferencias en la conceptuación terminológica y semántica.   

Como seguidor de la cosmo-visión Gurdjieffiana me he visto en la necesidad de precisar estos términos para poder debatir con otros interesados en el Desarrollo Humano sobre una base conceptual común.  Fruto de este esfuerzo es el presente trabajo. 

Dice el Diccionario General Etimológico de Roque Barcia (edición 1883) que Persona:  “en su origen latino es una voz compuesta del prefijo Per, en su connotación superlativa, y sonus, son o sonido.  Personus, a, um, significó lo que suena mucho o retumba.  Facies persona o persona solo, sustantivo, significó máscara o cara que mete mucho ruido, enseguida derivó y significó al individuo que portaba la mascara; y por ultimo se extendió a significar a todo individuo en general, llevase o no la máscara.  Este es el significado único que se ha transmitido a las lenguas neolatinas”.   

Nos interesa destacar esta definición pues así se comprende mejor el significado profundo de esa relación especial entre Ser y Persona.  La mascara de la persona, la personalidad, es lo que oculta al verdadero Ser.  

La personalidad es el conjunto de características  que permite a los individuos apreciarse como distintos unos de otros.  Esas “ características ” son el conjunto de emociones, pensamientos y conductas que conforman el patrón de comportamiento propio de una persona.   

El carácter y el temperamento son dimensiones de la personalidad.

El temperamento es la base constitucional biológica, es aquella parte innata de nuestra personalidad determinada por nuestra herencia genética.  Es el factor de nuestra personalidad que antes se pone de manifiesto y nos caracteriza.  En los bebes ya es posible distinguir diferentes tipos de temperamento.  Al ser de origen genético el temperamento es difícilmente modificable, o manipulable.  Es una tendencia que existirá siempre aun cuando se puedan desarrollar recursos que inhiban o potencien la manifestación básica anclada en lo genético.  

El carácter es de origen cultural y acabará siendo el reflejo de nuestras experiencias, de como las hemos procesado y enfrentado desde la niñez.  Es el componente de la personalidad que se desarrolla sobre el temperamento y el conjunto de hábitos educativos y de relación que han sido aprendidos por la persona.  El carácter es fundamentalmente adaptativo, es la manera como nuestro self, nuestro yo, ha evolucionado para adaptarse al medio con las condiciones innatas con las que cuenta o sea con la base temperamental que ha heredado.  Es por ello que a pesar de tener los mismos patrones educativos los individuos tienen caracteres diferentes.  El carácter, tiene origen cultural pero no hemos de olvidar que se desarrolla sobre una base constitucional genéticamente diferente en cada individuo. 

Nacemos siendo objetos.  Debemos aprender a ser sujetos y adquirimos esa conciencia de separación cuando nuestra madre nos suelta.  La forma como enfrentaremos el mundo determinará nuestro carácter, nuestro estilo de vida.  Cuando la lucha entre los impulsos instintivos y la presión de la realidad no se resuelve favorablemente construyendo mecanismos que pongan a salvo al yo (respuestas adaptativas positivas)  la integración de la personalidad no se produce y aparece la neurosis.  En estos casos las diferentes partes de la personalidad no han resuelto sus conflictos y no hay una autoimagen de “yo soy” correcta.  Para algunos estudiosos el propio carácter seria un síntoma de neurosis, pero de una neurosis integrada en la personalidad.  La mayor parte de las escuelas psicológicas prefieren no considerarlo así y reservar el término neurosis para un estado más extremo de incomodidad frente al mundo.  

Por tanto sabemos que durante una parte de la vida se produce un estado de incapacidad para que nuestro yo se adapte al medio, es en ese momento que creamos, buscamos y resolvemos las estrategias  adaptativas que de ser exitosas constituirían un determinado carácter:  el que mejor se puede obtener en cada caso y con el terreno constitucional concreto con el que estamos dotados.  Cuando este proceso fracasa se acaba produciendo lo que conocemos generalmente como neurosis, en grado variable. 

martes, 26 de junio de 2012

La otra cara del Eneagrama (ENG)

Hace casi dos años abordé este tema... ver entrada de agosto 2010

Casi lo primero que se explica cuando se aborda la lectura o la charla sobre el ENG es la relación con la sabiduría ancestral y concretamente con su introductor en Occidente, con Gurdjieff.  Así se da, conscientemente o no, cumplimiento a uno de los tres refuerzos del efecto Forer:  darle autoridad a la fuente de dónde procede una determinada información que no podremos contrastar.   

Vayamos por partes y empecemos por el principio.

En este trabajo me propongo relacionar el ENG y el efecto Forer (que más adelante explico).  Para ello primero quiero decir que lo que hace el ENG es proponer informaciones que al ser leídas nos conducirán indefectiblemente a un análisis comparativo que principalmente buscará en nuestro registro interior, mezcla de emoción, instinto e intelección, encontrar resonancias personales que nos permitan adherir con alguna de las descripciones o modelos propuestos.   En resumen buscaremos clasificarnos o ver que tan coincidente es nuestra persona con alguno de los eneatipos descritos.  Existen niveles más altos de lectura del ENG que tienen utilidad, posiblemente, en etapas más elevadas del desarrollo espiritual, pero no voy a referirme a ese nivel, sino al nivel ordinario del ser humano corriente.  

Pero que hace en sí el ENG?   La respuesta es: nos modifica positivamente.  

La simple lectura atenta del ENG resitúa nuestras creencias en uno mismo.  Nos interroga pero al mismo tiempo nos da un abanico de respuestas que nos obliga a seleccionar. Es imposible no hacerlo.  En esta selección, si estamos atentos, veremos nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Autoengaños aparte. Pero en cualquiera que sea el nivel de nuestro desarrollo, en no importa que grado de conciencia de sí mismo estemos situados, el ENG obrará cambios.  Porque gracias al Efecto Forer, que no es más que la manifestación de una forma de prejuicio cognitivo que todos tenemos, aceptaremos lo que nos describe y que más propende a explicar nuestras vivencias, sin importar si eso se ajusta verdaderamente a la realidad o no. El efecto Forer demuestra nuestra propensión a aceptar como originales y propias ciertas descripciones que en realidad son lo suficientemente ambiguas y generalistas como para predicarse de prácticamente cualquier persona.  Sin embargo, lejos de ser un inconveniente, el efecto Forer, facilita la adhesión aun en los más incrédulos, lo que transforma definitivamente la visión interna de nosotros mismos, e incrementa la certeza de que vivimos identificados con la personalidad que nos domina, sin importar demasiado su clasificación, y bajo la cual subyace nuestro yo autentico, el Ser esencial que ha de germinar.  

Bertram Forer, psicólogo americano, en 1948 hizo un experimento con sus alumnos universitarios.  Les pasó un test de personalidad, luego les pasó una ficha con sus resultados y les pidió que puntuasen la exactitud del análisis de su personalidad.  Siendo 0 muy pobre y 5 muy exacto.  La puntuación promedio de acierto que se obtuvo fue de 4,2 pero lo que ningún estudiante se esperaba es que con este resultado Forer también desveló que en realidad a todos los estudiantes se les había dado el mismo resultado.  El análisis no importaba, el texto final que se les entregó era una recopilación de frases hechas que mostraba rasgos variados sobre los que podía adherir cualquier persona, lo cual demostraba la facilidad con la que tendemos a aceptar como propias descripciones que en realidad son lo suficiente amplias, generalistas o ambiguas para decirse o predicarse de cualquier persona.   Después de esto se ha repetido centenares de veces el experimento y se ha confirmado que hay tres factores que incrementan el resultado del efecto Forer.  Estos tres factores son:  primero la confianza que el lector tiene en la autoridad o fuente de la información, segundo la supuesta personalización de la descripción sobre el sujeto y en tercer lugar la selección de un mayor numero de aspectos positivos por encima de negativos en la descripción de la personalidad del sujeto en cuestión.

miércoles, 2 de mayo de 2012

La alimentacion ancestral



LA ALIMENTACIÓN ANCESTRAL

El paradigma evolutivo de la nutrición humana











En busca de una base segura


Durante las últimas décadas, la búsqueda del «santo grial» de la alimentación se ha convertido en una cuestión central para numerosos investigadores. No es extraño: pocas decisiones cotidianas influyen de una manera tan constante y profunda en nuestra salud como aquello que comemos.

Acercarse a este tema sin caer en el tópico de anunciar que «por fin hemos encontrado la combinación ideal de alimentos y, con ella, la mejor dieta posible» no es sencillo. A mí me ha exigido años de lectura, observación y reflexión; probablemente, mucho más tiempo e interés del que la mayoría de las personas de mi entorno ha podido dedicarle.

Quizá todavía no hayamos alcanzado ese «santo grial». Sin embargo, la ausencia de una certeza absoluta no significa que todas las opciones sean equivalentes. Hoy disponemos de conocimientos suficientes para establecer unas bases de partida naturales, coherentes y seguras, respaldadas por un consenso internacional cada vez mayor: las que nos ofrece el estudio de nuestra evolución y de la alimentación que acompañó a la especie humana durante la inmensa mayoría de su historia.

Los intereses comerciales interfieren con el progreso de muchas cuestiones. Nuestra sociedad consumista y de mercado se ha creado tal cúmulo de interdependencias que obligadamente ha de generar opiniones que desvirtúen ciertos avances. Eso es así, no porque algo sea verdadero o falso, sino exclusivamente porque significaría pérdida de recursos económicos o puestos de trabajo directamente ligados a una determinada actividad económica. Pasa esto, especialmente, en el terreno de la medicina y la industria alimentaria.

Pero no solamente los intereses comerciales interfieren en la discriminación entre lo conveniente y lo que no lo es. No. A otro nivel la resistencia a admitir que uno puede estar comiendo inadecuadamente procede de las ideologías y de “las modas”. La influencia cultural en la decisión sobre lo que es adecuado comer es muy importante en nuestros días. Quizás es en este campo donde sea más difícil que un nuevo paradigma pueda penetrar puesto que “las creencias” difícilmente admiten cambios aunque exista la posibilidad de demostrar el error. Aferrarse a determinadas suposiciones, –que a menudo no tiene más base que la costumbre, la “pseudociencia” o los mitos— es muy propio del ser humano, y muy difícil desenmascarar la manipulación de la que son objeto los individuos. Desafortunadamente la relación causal entre lo que se come y las consecuencias de ello son a tan largo plazo que a menudo creemos que si nos encontramos bien AHORA es porque comemos bien. Esa suposición cierra nuestra mente a cualquier cambio y nos impide aceptar que no sabemos, ni los científicos ni por supuesto los ciudadanos de a pie, qué consecuencias tendrá en el futuro lo que en apariencia consideramos que “para nosotros” es una alimentación adecuada.

Por todo ello, es necesario ampliar nuestra visión de la alimentación y volver la mirada hacia la base más sólida de la que disponemos: la propia naturaleza y la historia evolutiva de nuestra especie.



La alimentación propia de nuestra especie


Si echamos una mirada a nuestro alrededor, al planeta sobre el que transitamos, vemos que la cuestión de alimentarse de una u otra manera viene determinada por la especie animal. Cada especie tiene una alimentación que le es propia. Tanto en el mar como en la tierra firme, cada especie animal ocupa un nicho ecológico donde obtiene los alimentos que su evolución ha determinado como los óptimos para la subsistencia de su propia especie. Si estuviéramos determinando cuál es la alimentación adecuada u óptima de una cebra, la respuesta sería sencilla: los pastos de la sabana africana. Pero cuando intentamos aplicar la pregunta a la especie humana vemos que la cuestión no es tan sencilla, porque en el caso de la especie humana ha existido una deriva que ha llevado a los humanos a comer según las tradiciones culturales y la disponibilidad de las fuentes de alimentos que en cada momento de la historia ha tenido a su alcance. El panorama de la alimentación humana actual es de una gran diversidad iniciada en los albores de la aparición de la especie y en continua evolución hasta nuestros días. Sin embargo la pregunta importante que nos hemos de hacer es: ¿la tradición cultural, la disponibilidad de fuentes de alimentación y la “electividad” del hombre son tres elementos de fiar como para asegurar que el hombre está comiendo lo que le es propio y adecuado, no solo para subsistir sino para mantener sus mecanismos fisiológicos vitales a pleno rendimiento y con consecuencias positivas para su salud? La respuesta es contundente, y es que no.

Ante esta respuesta debemos plantearnos hasta dónde es necesario retroceder para identificar la alimentación óptima que, como especie, nos es propia.

En 1975, el gastroenterólogo Walter L. Voegtlin dio una respuesta clara a esta pregunta y abrió el camino hacia un nuevo paradigma alimentario.



La larga experiencia evolutiva


Si entendemos por «era humana» el periodo que abarca la existencia de los homininos precursores del Homo sapiens y de nuestra propia especie, hablamos de una historia evolutiva de varios millones de años. Las estimaciones más conservadoras sitúan la separación de nuestro linaje respecto de otros primates hace más de dos millones de años. Durante la mayor parte de ese tiempo, África fue el escenario principal de nuestra evolución; la expansión del Homo sapiens hacia Eurasia se produjo muchísimo después.

Casi toda esa larga trayectoria transcurrió durante la Edad de Piedra, que la antropología divide en Paleolítico, Mesolítico y Neolítico. El Paleolítico, con sus etapas inferior, media y superior, ocupa la inmensa mayoría de ese periodo. Nuestros antepasados vivían como cazadores-recolectores nómadas y se desplazaban en busca de agua y alimentos, condicionados por las estaciones y por los recursos de cada territorio.

Su alimentación procedía directamente del entorno: caza, pesca, frutos, raíces, vegetales, hierbas, huevos e insectos, en proporciones variables según el clima y la disponibilidad. Esta diversidad no contradice la existencia de un patrón común; al contrario, muestra que durante millones de años el ser humano se alimentó de productos naturales, sin agricultura, ganadería ni alimentos transformados industrialmente. En ese escenario se configuraron sus principales mecanismos fisiológicos y metabólicos.

A lo largo del Paleolítico se sucedieron distintas especies humanas y se produjeron avances decisivos: la posición erguida, el desarrollo del lenguaje y la cooperación, la fabricación de herramientas cada vez más eficaces y el dominio del fuego. La cocción amplió las posibilidades de aprovechamiento de los alimentos, pero no alteró su procedencia esencial: seguían siendo los recursos obtenidos mediante la caza, la pesca y la recolección.

Durante el Paleolítico medio y superior aumentaron la capacidad técnica y la complejidad cultural. Las lanzas, hachas, cuchillos, arpones y redes perfeccionaron la obtención de alimentos; al mismo tiempo, los grupos humanos ampliaron sus territorios y su capacidad para adaptarse a entornos muy distintos. El Homo sapiens culminó este proceso con un organismo modelado por una experiencia alimentaria larguísima y constante en sus principios básicos.

La gran ruptura llegó con el Neolítico. La agricultura y la ganadería permitieron domesticar el entorno, producir y almacenar alimentos, construir asentamientos permanentes e iniciar formas estables de comercio. Este cambio favoreció el crecimiento de las poblaciones y el nacimiento de aldeas y ciudades, pero también sustituyó progresivamente una alimentación basada en la diversidad natural por otra dependiente de unos pocos cultivos y animales domesticados.

Con el Neolítico terminó la forma de subsistencia que había acompañado al ser humano durante casi toda su evolución. La caza y la recolección cedieron terreno a una economía planificada según la productividad; desde entonces, este proceso no ha dejado de intensificarse hasta alcanzar su máxima expresión en las sociedades industriales. En comparación con la totalidad de la historia humana, se trata de un intervalo brevísimo. Sin embargo, en ese reducido espacio de tiempo hemos transformado radicalmente nuestra alimentación, nuestro modo de vida y el propio planeta. Esta desproporción temporal es esencial para comprender el paradigma ancestral: nuestra biología es el resultado de millones de años de adaptación, mientras que la dieta moderna constituye una experiencia extremadamente reciente.



La ruptura del patrón ancestral


Toda esta introducción conduce a una pregunta decisiva: si nuestra especie se configuró para alimentarse de una determinada manera y sus adaptaciones se desarrollaron a lo largo de millones de años, ¿por qué cambió tan profundamente ese patrón durante los últimos diez mil años y qué consecuencias ha tenido ese cambio para nuestra salud?

Desde la aparición de la agricultura y la ganadería, entre 10.000 y 5.000 años atrás, y hasta hoy, la manera de comer ha evolucionado rápidamente por diversas razones, que incluyen procesos económicos, sociales e históricos hasta llegar a la dieta que se ingiere (con mayores o menores variaciones), a lo largo y ancho del mundo, en la actualidad.

Desde la obra pionera de Walter L. Voegtlin, publicada en 1975, numerosos investigadores y científicos de la salud han sostenido que una parte importante de las enfermedades que afectan hoy al ser humano tiene su origen en la transformación alimentaria de los últimos diez milenios: apenas unas 350 generaciones, frente a decenas de miles de generaciones anteriores. El abandono progresivo de los hábitos del cazador-recolector y su sustitución por la dieta agrícola, y más tarde industrial, favoreció la aparición de las llamadas «enfermedades de la civilización». Sus efectos no siempre son inmediatos: pueden alterar el metabolismo, reducir la capacidad reguladora del organismo y producir desequilibrios que solo se manifiestan al cabo de los años, dificultando que reconozcamos la relación entre la causa alimentaria y sus consecuencias.

Quienes sostienen este paradigma defienden que recuperar los principios de la alimentación de nuestros antepasados paleolíticos —el largo periodo durante el cual se configuró nuestra fisiología— puede prevenir o mejorar alteraciones metabólicas y autoinmunes frecuentes en las sociedades desarrolladas. Entre ellas se encuentran la diabetes, la obesidad, determinadas formás de cáncer, la artritis y numerosas intolerancias alimentarias. La idea central es firme: al aproximarnos a la dieta ancestral podemos favorecer un peso adecuado, recuperar energía y crear mejores condiciones para que el organismo despliegue sus mecanismos naturales de regulación.

El hecho de que la especie humana evolucionara y prosperara durante un periodo tan prolongado alimentándose mediante la caza, la pesca y la recolección llevó a los defensores de la alimentación ancestral a una conclusión fundamental: generación tras generación, el organismo humano fue adaptando sus sistemas endocrino, metabólico e inmunitario a ese entorno nutricional. La interacción continuada entre genes y ambiente —el terreno que hoy estudia la epigenética— consolidó respuestas fisiológicas profundamente vinculadas a aquella forma de obtener y consumir alimentos. Durante cerca del 98 % de nuestra historia, el ser humano se configuró como un mamífero adaptado a vivir de los recursos disponibles en su ecosistema: animales, peces, frutos, frutas, raíces, vegetales y otros alimentos recolectados.

En cambio, el patrón alimentario iniciado con la agricultura y la ganadería, y transformado después por la industria, apenas cuenta con diez mil años de historia. En términos evolutivos, este periodo es extremadamente breve. Aunque el ser humano posee una notable capacidad de adaptación, no puede darse por supuesto que todos los cambios introducidos desde entonces hayan sido asimilados de forma completa ni que carezcan de consecuencias fisiológicas.

Podemos alimentarnos con cereales; llevamos haciéndolo aproximadamente diez mil años y la especie no se ha extinguido. Pero sobrevivir no equivale a alcanzar un funcionamiento óptimo. La cuestión relevante es si su consumo frecuente —especialmente en las cantidades y formas refinadas actuales— puede provocar respuestas metabólicas desfavorables en una parte de la población. Relacionar enfermedad y alimentación es un objetivo complejo, porque exige estudios prolongados y porque las consecuencias pueden tardar años en aparecer. Mientras la investigación avanza, debemos adoptar una posición personal basada en el sentido común, la experiencia y la lógica evolutiva que sustenta el paradigma ancestral.



Carbohidratos, insulina y adaptación metabólica


La respuesta hormonal a los carbohidratos ofrece un ejemplo claro de esta diversidad. Los trabajos de Gerald Reaven sobre la resistencia a la insulina mostraron que las personas no responden del mismo modo ante una carga de carbohidratos: algunas mantienen una respuesta proporcionada, mientras que otras producen una secreción de insulina mucho más elevada y presentan mayor facilidad para acumular grasa y desarrollar alteraciones metabólicas. Esta variabilidad ayuda a comprender por qué un alimento considerado normal puede no resultar fisiológicamente adecuado para todos. Los cereales —y, sobre todo, sus formas refinadas— constituyen una de las principales fuentes de carbohidratos de la dieta moderna. Desde la perspectiva ancestral, la cuestión no consiste únicamente en preguntar si podemos consumirlos, sino en observar qué respuesta hormonal provocan y si esa respuesta es compatible con nuestra salud a largo plazo. La alimentación ancestral, en cambio, acompañó la evolución genética y metabólica del ser humano durante un periodo incomparablemente más extenso; por ello constituye el punto de partida más seguro para reconstruir un patrón alimentario coherente con nuestra fisiología.



El ejemplo de la leche


Si tomamos otro ejemplo, sobre la leche, acabaremos de ilustrar el problema que puede representar su consumo. La leche es el producto de la glándula mamaria de los mamíferos. Solo los mamíferos disponen de esta fuente de alimentación y su uso en toda la naturaleza queda circunscrito a los primeros momentos de la vida, cuando todavía el animal es incapaz de comer por sus propios medios la dieta adecuada a su especie. No existe ningún caso en la naturaleza de mamíferos que sigan consumiendo leche después de cierto tiempo, en general cuando la cría adquiere capacidad y autonomía abandona la lactancia para comer lo que le es propio de su especie. Solo el ser humano sigue usando esta fuente de alimentación mas allá del periodo de lactancia. Si estudiamos la digestión de la leche, vemos que en los mamíferos existe un periodo de tiempo en el que su intestino es capaz de segregar una enzima necesaria para desdoblar el carbohidrato básico de la leche, la lactosa. Este enzima se llama lactasa y su producción disminuye con el paso del tiempo desde el nacimiento hasta prácticamente desaparecer en la edad adulta. En el hombre también se produce de forma natural esta evolución y el 70% de la población adulta planetaria no es tolerante a la lactosa. Sin embargo es cierto que una mutación epigenética, aparecida hace aproximadamente 5000 años en Europa del Norte, permite a un porcentaje notable de la población digerir correctamente la leche en la etapa adulta. Esta epimutación se ha estudiado y es la que explica que el grupo humano que habitaba el norte de Europa evolucionara con una fuente de alimentación muy rica en calcio lo que en su entorno favoreció su persistencia al hacer a los individuos que mutaron más fuertes, altos y corpulentos que los congéneres no mutados. Al ser una epimutación favorecedora se extendió como resultado de los cruces entre individuos más resistentes, longevos y por tanto dominantes en sus poblaciones. En el resto de razas humanas no se dio esta epimutación y es por ello que entre los asiáticos, africanos e indígenas de América, la tasa de intolerancia a la lactosa es más alta. En algunas poblaciones con altos índices endogámicos, por no cruzarse más que entre familias de su misma raza y tradición, como por ejemplo los judíos, el estudio de la intolerancia a la lactosa demuestra que el 95% de la población no la tolera. Probablemente a lo largo de generaciones y mediante selección natural epigenética la tolerancia a la lactosa tenga tendencia a aumentar en todas las poblaciones lo que no es más que una muestra de la enorme capacidad adaptativa del ser humano. Pero ¿porque someter al estrés adaptativo a una especie que originalmente no está diseñada para consumir un determinado alimento? Si no existieran otras fuentes de alimentos tendría una explicación de supervivencia pero no es el caso. La irrupción de la ganadería supuso, como en el caso de la agricultura, el comercio de alimentos que se podían conservar, ello antropológicamente es un avance que permitió mejores tasas de fertilidad y aumento poblacional pero el precio que la humanidad paga por ello es muy alto en términos de salud.

Los defensores de esta forma de nutrición han señalado también el estado de salud observado en diversas poblaciones que conservaron modos de vida tradicionales —entre ellas algunos pueblos indígenas de África y América y comunidades inuit— antes de la adopción generalizada de alimentos modernos. La escasa presencia inicial de muchas «enfermedades de la civilización» refuerza la hipótesis de que el alejamiento del patrón ancestral tiene consecuencias. Aunque este enfoque sigue generando debate, ha abierto una vía de investigación cada vez más relevante: la alimentación propia de nuestra especie es aquella que empezamos a reconocer como dieta ancestral, primitiva o paleolítica; la dieta del ser humano cazador-recolector.



Los pioneros de la nutrición evolutiva


En 1975, el gastroenterólogo Walter L. Voegtlin reunió sus ideas en el libro La dieta de la Edad de Piedra. Propuso una alimentación sin productos manipulados o procesados, sin cereales ni lácteos y libre de aditivos y conservantes, y elaboró pautas destinadas a tratar diversos trastornos digestivos. Su trabajo fue uno de los primeros pasos firmes hacia la recuperación moderna de la nutrición evolutiva.

Diez años después, en 1985, los investigadores S. Boyd Eaton y Melvin Konner publicaron en The New England Journal of Medicine un influyente trabajo sobre la nutrición paleolítica. Más adelante, junto con Marjorie Shostak, desarrollaron estas ideas en La prescripción paleolítica. Estas aportaciones proporcionaron al nuevo paradigma una base antropológica y científica, aunque durante años su difusión permaneció limitada principalmente al ámbito especializado.

Uno de los autores que más ha contribuido a desarrollar y divulgar la alimentación ancestral es Loren Cordain, investigador de la Universidad Estatal de Colorado y autor de numerosos artículos y libros sobre la materia. Cordain sostiene que esta forma de alimentarse puede mejorar la salud, fortalecer los mecanismos defensivos, reducir el exceso de peso y elevar los niveles de energía. Su propuesta prioriza proteínas de calidad, vegetales, frutas y frutos secos, y elimina o reduce los carbohidratos refinados, las féculas, las legumbres, el azúcar, los aceites procesados y los lácteos. También concede al ejercicio físico un papel inseparable de la alimentación. Con Voegtlin, Eaton, Konner y Cordain, la dieta ancestral dejó de ser una intuición aislada para convertirse en un verdadero campo de estudio y en una alternativa coherente al paradigma nutricional dominante.



Hambre, saciedad y libertad alimentaria


Otra cuestión esencial de este enfoque es devolver al organismo la libertad de comer cuando aparece una necesidad real, es decir, cuando sentimos hambre, y no únicamente cuando lo establece una costumbre horaria. Ideas como la obligación de realizar cinco comidas diarias o comer sistemáticamente a media mañana y a media tarde pueden abandonarse cuando no responden a una necesidad individual. Nuestro organismo está preparado para atravesar periodos de ayuno y para regular la ingesta mediante el apetito y la saciedad. Esta concepción no se basa en contar calorías ni en imponer cantidades rígidas: confía en los mecanismos neuroendocrinos que indican cuándo hemos comido lo suficiente. La práctica personal permite comprobar hasta qué punto esta manera de alimentarse nos aproxima al patrón para el que la evolución nos preparó durante millones de años. El comercio, la abundancia artificial y la búsqueda constante de gratificación nos han apartado de ese camino. Volver a él es una decisión personal, pero también una decisión fundamentada.