miércoles, 19 de octubre de 2011

8) El objetivo equivocado

No se ha de ser muy original para llegar a este punto.  Muchos seres humanos a lo largo de la historia han andado este camino para llegar a la misma conclusión.  Pero el paso siguiente es delicado.

Viendo como están las cosas: la dificultad inherente al ser para mantener una auto-consciencia permanente —dificultad que reside en el diseño y construcción de la maquina humana—, nos podemos preguntar como han resuelto este problema otros antes que uno mismo.  Si hacemos un repaso a la historia humana a la búsqueda de respuestas que permitan variar nuestro modo de funcionar, vemos que esta cuestión ha generado ríos de tinta y de experiencia.   Más adelante abordaremos —sobre esta temática— un matiz que a menudo se pasa por alto, es la ‘noble’ cuestión de sacar partido de la ignorancia ajena en beneficio propio. O dicho de otra manera, el: «para saber lo que yo sé, tú has de pagar un precio».

La tentación de ceder a ciertos modelos prefabricados que explican como salir del atolladero es muy grande.  Pero hemos dicho de antemano que nuestro planteamiento inicial no era la creencia en algo que otro proclama como cierto, sino la averiguación, usando la razón, para entresacar lo que esté poco visible e iluminar lo que es poco claro.   Utilizar los dogmas de terceros en este caso sería incoherente con el principio expresado.   Es útil, si, por supuesto, acceder a las explicaciones que han dado todo tipo de maestros del desarrollo humano en todas las variantes posibles.  Sobre todo es útil para hacerse una idea de fondo que permite deducir que, con palabras diferentes y con creencias desiguales, todos caminan mas o menos por los mismos derroteros.   Algo debe de haber que hace que todos acaben pensando en las mismas cosas. 

A fuerza de darle vueltas, y de vivir en ello, he acabado deduciendo que lo que es igual o común a todos es que todos los sistemas abordan al ser humano como algo perfectible pero no necesariamente obligado a perfeccionarse.  O sea que tenemos la posibilidad de construir un ser coherente con lo específicamente humano, pero no es necesario que así sea para lograr la supervivencia de la raza.  La humanidad puede seguir mecánicamente su desarrollo, que eso no la destruirá de inmediato —y no podemos especular si lo hará en el futuro—,  pues parece como que existiera en los hombres un posible desarrollo mental o psíquico que nos situaría por encima del nivel mental natural; desarrollo que solo podrían alcanzar aquellos que se plantean la vida como un camino para perfeccionarse.

Muy brevemente describo la teoría de los tres mundos que el filosofo K.Popper enunció para explicar ciertas cosas.  En ella se explica que existen tres mundos que tiene relación entre si.  Como «Mundo 1» se refiere a lo que puede llamarse el mundo físico: los objetos,  las rocas, los árboles, los animales, la naturaleza en general y los mundos de la química y la biología. Como «Mundo 2» se refiere al mundo psicológico propiamente humano. Es el mundo subjetivo de lo humano, el de los sentimientos, de las disposiciones a actuar y de todo tipo de experiencias subjetivas, incluidas las subconscientes e inconscientes. Como «Mundo 3» se refiere al mundo de los productos elaborados por la mente humana, los productos tanto culturales como teorías de pensamiento, religión, arte, ideologías, etc. .  El contenido de un libro, o de una teoría, es algo abstracto. Todos los cuerpos físicos concretos, tales como las rocas, los árboles y los cuerpos animales y humanos, pertenecen al «Mundo 1»; y todos los estados psicológicos, sean conscientes o subconscientes, pertenecen al «Mundo 2». Pero las cosas abstractas, como los problemas, las teorías y argumentos, incluidos los erróneos, pertenecen al «Mundo 3».

Los términos «Mundo 1 », «Mundo 2» y «Mundo 3» fueron escogidos conscientemente por su falta de color y por la arbitrariedad. Pero hay una razón histórica para llamarlos 1, 2 y 3: parece que el mundo físico existió antes que el mundo de los sentimientos animales; y  Popper conjetura que el «Mundo 3» no comienza hasta la evolución de un lenguaje humano estructurado.

El «Mundo 1» no influye en el «Mundo 2» ni en el «Mundo 3», o sea, no los hace actuar.  El «Mundo 2» puede actuar sobre el «Mundo 1», pero no actúa sobre el «Mundo 3» solo lo alimenta de productos, al igual que el «Mundo 1» proporciona la base o alimento del «Mundo 2».   Sin embargo el «Mundo 3» si que actúa modificando al «Mundo 2», actúa sobre el psiquismo, sobre la conducta, sobre la emoción humana, en definitiva hace actuar al «Mundo 2», y como consecuencia acaba actuando también sobre el «Mundo 1» alterando al mundo de los cuerpos físicos concretos. Por ejemplo: una ideología como el ecologismo pertenece al «Mundo 3», esta ideología afecta al psiquismo humano, influyendo en su forma de sentirse y conducirse en relación a la naturaleza, eso es «Mundo 2», y a su vez los hombres actúan sobre la naturaleza evitando una tala de arboles o una explotación minera a cielo abierto, objetos que pertenecen al «Mundo 1».  En este caso la naturaleza se ve afectada por la acción del hombre a su vez impulsada por la acción de las ideas que mueven la acción del hombre.  El ejemplo es contundente.

Siempre me ha gustado traer esta visión de los tres mundos de K.Popper a mis reflexiones, pues ayuda muchísimo a comprender como a lo largo de la historia de la humanidad se ha influido sobre la conducta humana.  Es  evidente que las ideologías en general, al igual que los contenidos del arte, de las religiones o de la filosofía tienen acción sobre el ser humano.  El desarrollo de los acontecimientos moviliza las voluntades humanas a partir de que se pone en escena un determinado contenido ‘eideico’.  Así por ejemplo la ideología capitalista pone en marcha una forma de mercado que es autónomo y que condiciona a los que viven de él y para él.  De la misma forma que el marxismo moviliza unas voluntades y las lleva a la acción, también lo hace el budismo de acuerdo a sus supuestos, el luteranismo o cualquier otro producto de la cultura humana que como dice Popper configuran un «Mundo 3» que no es ni el de los objetos ni el de los humanos, sino del producto de la elaboración humana gracias a la capacidad transmisora de ideas, conceptos, o sensaciones que emanan del lenguaje estructurado.  Los productos del «Mundo 3» tiene por tanto una vida y desarrollo propio que afectará a la conducta humana.

Si analizamos la influencia de las ideologías sobre los humanos podríamos abrir un debate que seria inacabable.  No he querido mas que entrar de pasada en el tema para retomar el eje de la reflexión allí donde la dejamos.  Así pues decíamos que el factor común a todos los sistemas que se han planteado el problema de escapar a la tendencia humana natural-animal ha sido la comprobación de que la propia naturaleza humana tiene un diseño que impide la permanencia de la auto-consciencia, motivo por el que se vuelve necesario controlar la conducta de los humanos con la imposición de códigos normativos que penalicen o premien la conducta final.   Pero también comprobamos que todos los sistemas dejan abierta la puerta a la posibilidad de vivir una vida natural-humana sin plantearse, obligadamente, que ir más allá de la mente natural sea una necesidad absoluta.

Muchos serian los que viven la vida sin esa necesidad y abrazan una vida de evolución mecánica, asociativa y digna, pero sin el objetivo de cambiar sus condiciones de partida.  Sin embargo, a pesar de estar rodeados de humanos de esta clase la buena vida humana es posible.  Ya que manteniendo el paradigma de que lo que tu hagas te harán, siempre es posible disculpar al que ignora o tiene flaquezas, para perdonar o disculpar hasta las conductas que más nos podrían perjudicar.


Es precisamente la necesidad de organizar lo humano la que nos lleva al que yo llamo ‘error de objetivo’ o objetivo equivocado. Me explicaré.

Al vivir en comunidad, el ser humano descubre que la animalidad, unida a sus capacidades psíquicas (intelectuales) deviene en maldad —entendida desde la óptica del daño que puede ocasionar a sus semejantes—.  Se vuelve necesario, mucho antes del desarrollo de una ética del comportamiento deducida por la filosofía, imponer una norma de comportamiento que tenga facilidad de comprensión y establezca ciertas condiciones que ‘obliguen’ al ser humano a comportarse de manera que no se pueda dar la maldad entre humanos sin consecuencias negativas para el causante.  Aparece un mandato que supuestamente es revelado a hombres escogidos que tendrán como misión conducir a otros hombres por el camino de la creencia, es la religión en cualquiera de sus formas.  En definitiva lo que se persigue es establecer normas, formas de conducta aceptadas que hagan posible la convivencia humana.   De las leyes que rigen al  hombre religioso mas tarde derivaran las leyes que organizan la sociedad civil y sus relaciones entre tribus o comunidades, mas tarde la organización social se hace más y más compleja hasta que aparece el derecho civil y el estado.   Así sucede que durante miles de años ‘el objetivo’ a perseguir es el cumplimiento de la norma.  Todo el acento, durante siglos, se pone en lo externo, en como limitar o conducir al ser humano, hacia unas promesas de premio o castigo que son diferentes según las religiones o ideologías, pero que todas tienen como fundamento convencer a los seres humanos que después de la muerte hay algo más.  Algo a lo que accederemos para bien si hemos hecho el bien o para mal si hemos obrado mal.  Obrar bien o mal en función de un sinnúmero de normas, códigos, mandamientos, mandatos, preceptos, practicas, etc.

Pero hay una pregunta que subsiste ¿se ha resuelto el problema con tanta norma y complejidad de códigos?  Solo parcialmente.  Si bien hemos conseguido una, más o menos, efectiva moderación de la conducta sensual-animal persiste el problema de una auto-consciencia permanente que permita al ser mantenerse en contacto con su ‘yo mismo’ y no caer en la identificación permanente con su personalidad.  De hecho la religión y sus secuelas consiguen enriquecer y hacer más solida la personalidad del creyente pero no resuelve la unificación permanente del principio mental en un solo ‘yo mismo’ auto-consciente y no identificado.

Dado que no es una necesidad biológica la de acceder a un nivel más elevado de consciencia, el transcurso del tiempo ha consagrado como validas las creencias religiosas para desenvolverse en la vida y dotar al ser humano de un ‘ser y estar en el mundo’ compatible con la vida en comunidad.

Cuando afirmaba que se yerra en el objetivo, me refería a que el verdadero objetivo para vencer la dificultad del ser para mantener una auto-consciencia permanente, no son normas ni códigos que depositados sobre la personalidad modelen la conducta, sino el conocimiento intimo del mecanismo psíquico por el cual el ser humano se identifica con sus acciones a través de la personalidad y sus variadas facetas. No podemos saber si ‘el que yerra en el objetivo’ posee intencionalidad, por tanto es sujeto, o si por el contrario es el devenir histórico propio de un producto cultural —perteneciente al «Mundo 3»—, en cualquiera de los dos casos parece como que a pesar del intento se hubiera decantado el proceso por la solución más rentable desde el punto de vista global de la humanidad, dejando al ser individual la posibilidad de ir más allá si esta es su voluntad verdadera. Como si el que ‘yerra en el objetivo‘ hubiera decidido o comprobado que en la naturaleza de lo humano el peso de la animalidad determinaría una tendencia casi imposible de soslayar.  


En cualquier caso,  sin acceso a la auto-consciencia permanente, el ser humano sigue siendo mecánico y sus respuestas serán matizadas por los devenires automatizados que ha ido adquiriendo a lo largo de la vida.  La mayoría, por no decir casi la totalidad, de los hombres, por morales, éticos, religiosos y creyentes que sean, seguirán sin poder cambiar aquellos rasgos que se formaron en la personalidad de forma azarosa y sin tener verdadero control de sus existencias.  El hombre visto así no deja de ser un autómata educado para seguir la corriente azarosa de la vida con el mejor resultado posible.

viernes, 16 de septiembre de 2011

7) El flujo atencional y la identificación


Hemos hecho progresos en la comprensión de como somos por dentro, sabemos que tenemos una mente funcional que no siempre actúa de forma unificada y que cuando tomamos la decisión de revisar nuestra vida nos hallamos con una construcción del ser determinada por las circunstancias vitales de cada uno de nosotros. Cuando tomamos conciencia de esta realidad comprobamos que no podemos cambiar determinados comportamientos aunque queramos. 

La atención es el proceso psíquico por el cual dirigimos el foco del ‘yo soy’ o ‘yo mismo’ hacia un objeto concreto exterior (físico) o interior (psíquico). El objeto o materia de la atención puede ser de índoles varias.  Mas adelante veremos que de estas diferentes índoles se puede derivar que la mente no procesa todo por igual, depende de la naturaleza del objeto percibido usa una u otra área de su estructura que debido a ello se convertirán en áreas especializas según la materia de lo procesado. 

Me gusta hablar de flujo atencional por que es más exacto que hablar de atención.  De hecho la atención no es otra cosa que un flujo energético que tiene intensidad, dirección, polaridad3, etc. Un flujo incluye el concepto dinámico de dirección, por eso hablamos de dirigir la atención, por tanto le damos las características de un fluido que corre en la dirección elegida.  Pero de la observación habitual deducimos que esa intencionalidad de dirigir la atención no es lo que sucede en la mayor parte de las ocasiones en las que usamos la atención para pensar, sentir o cualquier otro proceso psíquico.  Mas bien al contrario, la atención no es consciente.  La atención es mecánica, cuando se dirige hacia objetos que nuestro ‘yo mismo’ no ha elegido.  Se produce un flujo atencional mecánico  en el funcionamiento corriente de la vida y es así como podemos estar pensando en una cosa y al mismo tiempo conduciendo un vehículo. La asociación mecánica entre pensamientos próximos atrae el flujo atencional y nos vemos inmersos en procesos sin que hallamos dirigido la atención de forma voluntaria. Eso es lo que podemos llamar flujo mecánico del pensamiento.  Si observamos este proceso en nosotros, vemos como es posible volver a la realidad mucho tiempo después sin haber prestado atención a un montón de cosas que sucedieron mientras tanto.

¿Pero quien es el que presta atención o dirige la atención hacia un objeto?  Debería ser nuestro ‘yo mismo’ sin embargo no es así.  La atención es usada —como quien atrapa la manguera y la usa— por los diferentes mecanismos o subfunciones que manejan al ente, y usada para procesar las informaciones que nos llegan.  El flujo atencional ‘creemos’ dirigirlo ‘nosotros’, pero resulta que ese ‘nosotros’ no es siempre —casi nunca— el ‘yo mismo’ sino alguno de los aspectos de la personalidad o de las subfunciones de la mente que ‘usurpan’ la identidad o sea nos hacen creer que somos lo que no somos.  Ese estado del ente, en el que transcurre la vida ordinaria, es un estado de identificación con unas partes de nosotros, no con el autentico ser, el que seria representado por el ‘yo mismo’ o ‘yo soy’.

Usar el flujo atencional de forma auto-consciente supone ser capaces de observar nuestra conducta o recibir percepciones externas, sin perder de vista quien es el que observa o quien es el que percibe. 

Podríamos deducir de ello —de este funcionamiento descrito— que es precisamente la atención el gran problema que subyace a la divergencia entre lo que nuestra conducta debiera ser y la que es.

Cuando se intenta mantener este flujo atencional desdoblado, o sea enfocado hacia el objeto y sin perder el foco del percibidor: el ‘yo mismo’, es cuando nos damos cuenta de que nuestro diseño interior no permite hacerlo por mucho tiempo y se nos escapa la posibilidad de seguir dirigiendo el flujo atencional de manera real o sea siendo al mismo tiempo auto-conscientes de la observación y no identificados con ella. 

Dicho de otra manera, si nuestras acciones las dirigiera siempre el ‘yo mismo’ no caeríamos en las acciones a las que nos conducen otras partes de nuestra mente que deciden acciones respaldadas por otros intereses que no son los del ‘yo mismo’ sino de la personalidad o de partes de ella.  Dicho de otra manera, la perdida del control atencional es lo que posibilita que el actor se identifique con el personaje y actue bajo los intereses del propio personaje y no bajo los intereses del actor.

Por lo que vamos viendo el diseño del ser humano no está pensado para que sea auto-consciente, sino más bien para facilitar la vida animal mecánicamente.  Solo la emergencia de la percepción interna del ‘yo mismo’, algo que como vimos anteriormente da lugar a la individuación o sea a la auto-percepción como ser, permite distanciarnos de la tendencia animalizante y vernos a nosotros mismos como lo que somos: un ente vivo, con capacidad para el lenguaje y con la posibilidad de elegir sus conductas al margen de los imperativos del código genético.  Sin embargo la mayor parte de la vida de los humanos no transcurre en el estado de consciencia del propio yo, sino en la identificación continua con nuestras percepciones que caen mecánicamente en las áreas especializadas y en las subfunciones de la mente que se han ido programando a medida que transcurre nuestra existencia de manera automática para dar respuestas que configuran una forma de ‘ser y estar en el mundo’ no siempre acorde con lo que desearíamos. 

Podríamos decir que el flujo atencional es el substrato psíquico que permite la percepción del yo.  Sin flujo atencional dirigido al ‘yo mismo’ no sabríamos que ‘somos’. O sea no sabriamos que somos actores realmente y no el personaje.  Podríamos vivir, como viven los animales, y daríamos respuestas únicamente acordes con la naturaleza animal inscrita en nuestro código genético.  Pero algo nos hace diferentes, ese algo es el flujo atencional dirigido que se necesita para concienciar nuestra individualidad.   Desgraciadamente comprobamos que el mantenimiento permanente del flujo atencional ‘consciente’ no viene en nuestro diseño de fabrica cosa que impide que siempre seamos coherentes con la idea humanizadora que debiera presidir en todo momento la conducta a seguir. 


domingo, 21 de agosto de 2011

6) La condición animal subyacente y la mente sensual


No hemos de olvidar que somos animales, racionales si, pero la inscripción animal en nuestro código genético es preexistente a la emergencia de la auto-consciencia y el lenguaje o viceversa.   Esto tiene una importancia decisiva en como va a ‘funcionar’ la mente. 

Hemos dicho que el procesador abarca todo el funcionamiento del ente.  Y que traduce a acciones la información que recibe tanto del exterior como del interior, pero que sobre todo obedece a un código inscrito en el propio ente que es el código genético.  La supervivencia del individuo y de la especie es la tendencia dominante: la animalidad que conlleva el código genético.  El ser humano al adquirir auto-consciencia y lenguaje humano advierte que puede hacer cosas distintas a las que están inscritas en el código genético, cosa que el ser animal no puede hacer.  En definitiva adquiere libertad, condicionada si, pero ‘electividad’ al cabo, para obrar.  

El tigre no puede hacer mas que seguir las instrucciones genéticas que lo impelen a actuar como actúa, no elige a su víctima mas que por la valoración estratégica de su genética que le lleva a elegir el mejor alimento posible.  No puede sentir ni piedad ni compasión —ni otras ‘consideraciones’ que son propias del ser humano— porque es insensible al sufrimiento ajeno.    Pero nosotros si podemos ser sensibles al sufrimiento ajeno y podemos ‘elegir’ como obrar ante esa situación. 

El dilema esta servido en el centro del procesador.  Las tendencias humanizadoras se pueden ver en conflicto con las tendencias animales que nos dominan.  Es así como se explica que dentro de esa pluralidad de autopercepciones en las que se subdivide la función mental puedan prevalecer algunas que se identifican más con la tendencia animal y nos conduzcan a acciones que van en contra de los intereses propiamente humanos.  Si no existiera más que un principio rector en la mente eso no sucedería y el ‘yo soy’ nunca haría dejación de sus funciones propiamente humanas, pero la observación de la realidad nos demuestra que esto no es así.  A menudo una parcial identificación con el papel animal tiñe las acciones de los seres humanos y los convierte en humanos mas próximos a los animales de lo que al propio ser le gustaría.  A su pesar. 

Si tomamos como tendencia humanizadora los contenidos éticos que establecemos como principio rector o corpus doctrinal a seguir, y como tendencia animalizadora los mandatos que emergen de los instintos y del código genético puramente animal, vemos que la prevalencia de una u otra tendencia determinará de forma importante el resultado de nuestra conducta y afectará básicamente, por tanto, al conjunto de la personalidad que es la parte visible, conductual, de nuestro comportamiento.

Así, el ser se va construyendo en un balance entre las dos tendencias y cuando nos sometemos a reflexión observamos que muchas tendencias que ‘nos poseen’ o sea que nos determinan, no nos dejan ‘actuar’ todo lo humanamente que desearíamos. 

Llamamos hacer el bien a seguir conductas humanizadoras y hacer el mal a conductas animalizadoras.  Pero hemos de explicarlo más  a fondo, pues el mal concebido como no procurarnos un buen vivir humano no siempre coincide con un comportamiento animal. De hecho seria un insulto para los animales, los cuales no son capaces de infligir daño o perjuicio a sus semejantes por el mero hecho de hacerlo, mientras que el ser humano si.  Encontraríamos miles de ejemplos de conductas que no se podrían explicar meramente por la tendencia animal… es precisamente la mezcla de las dos la que puede explicar como el humano, movido por la tendencia animalizante pero trascendiendo la ley natural llega a ser humanamente malo.  Es decir si el instinto le lleva a procurarse cobijo y alimento, no se conforma con lo que un animal necesitaría sino que va más allá y gracias a su ingenio humano trata de acaparar para sí más de lo necesario.  De la misma manera que su tendencia instintiva a mantener su territorio libre de competidores, le lleva a la guerra desproporcionada, a la búsqueda del exceso y de más territorio del que necesitaría para vivir.  Precisamente por que es libre y el animal no, es por lo que hace uso de su capacidad para transgredir el código genético en beneficio propio, en beneficio propio animal claro está, ya que si su conducta fuera regida por la parte humanizada vería que lo que le interesa es tratar al resto de sus semejantes de la misma manera que desearía ser tratado.   Y si fuera puramente animal se limitaría a mantener un equilibrio natural en sus conductas animales. 

Nuevamente vemos como una cosa son las buenas intenciones y otra las realidades que constituyen el mundo humano. 

La pregunta básica que surge de esta observación cuando se vuelve una observación auto-reflexiva  es la siguiente:   ¿porque si tenemos clara nuestra decisión de ser humanamente buenos nos vemos arrastrados a conductas que no nos gustan, sin poder evitarlo?  A esta pregunta podemos encontrarle una respuesta, pero para ello hemos de hacer un esfuerzo importante de comprensión de nuestra forma íntima de funcionar.

La condición animal preexistente hemos visto como determina el obrar.  Pero lo que nos hace obrar no es otra cosa que la dirección que imprime a los actos la mente.  La mente habitual, la funcionalidad impuesta por el devenir de la vida, es una mente sensual.  Esto quiere decir que es desde los sentidos externos que toma en cuenta la realidad contra la que actúa.  Las respuestas a las sensaciones se procesan sin la participación de nuestro ‘yo mismo’ de forma aprendida desde la infancia.   Digamos que el niño no es capaz de pensar de forma abstracta hasta que no se hace mayor y se enfrenta a la necesidad de someter la reflexión —pensamiento dirigido— hacia conceptos que no pertenecen a la realidad externa.   La vida interior, que podemos llamar vida psíquica, tiene lugar dentro de nuestra mente y no trata con respuestas sensorias externas,  sino con percepciones o elaboraciones de ellas, que parten de las ideas —material eideico—. Ese es el pensamiento abstracto que se inicia a cierta edad pero que se puede desarrollar mas o menos segun se entrene.  La coincidencia en el tiempo entre la adquisición o entrenamiento del pensar psiquico o abstracto y la aparición de la personalidad como función de la mente que se apropia de la sensación de ser, hace que desde el inicio —desde la salida de la infancia— se desarrolle el pensar abstracto desde la personalidad.  O sea que los primeros balbuceos de la interrogación que el ser en desarrollo se plantea: ¿quien soy? ¿porque soy? ¿para que soy? ¿como soy? son relacionados con la sensación yoica que pertenece a la personalidad.  Recordemos que la personalidad usurpa la percepcion del ‘yo soy’ y el ser humano deja de percibirse separado de las cosas y de los eventos o sucesos que conforman la vida, para identificarse con ellos mismos, o sea para dejar que sea el piloto automático y no el ‘yo soy’ quien decida que hacer en cada momento.  De esta forma el pensar abstracto o vida interior es alojado —por decirlo de alguna manera— en el mismo recipiente funcional en el que se gestiona la vida sensual.   Este hecho es fundamental para entender como, los conceptos elevados y los contenidos morales así como los ‘significados’ que no tienen que ver con la vida sensual sean tomados a menudo por la mente sensual y vividos de forma equivocada, pues, si bien se ha adquirido habilidad de abstracción, esta se halla limitada por el propio entrenamiento de la mente sensual que actúa por reflexión del mundo externo de forma automática.  Así se explica la dificultad que el ser experimenta para mantener su atención dirigida hacia el mundo interno, dificultad para ‘meditar’, para ‘interiorizar’ o para ‘reflexionar’ sobre contenidos abstractos, capacidad que, si bien se tiene, se encuentra infra-desarrollada pues la mente sensual nos atrae poderosamente hacia la realidad externa con mecanismos que nos distraen, como los pensamientos asociativos, la imaginación o la continua charla interior que en su agitación permanente aparta la atención del foco interno.  




martes, 5 de julio de 2011

5) La génesis del ser


Por lo que sabemos cuando el ser humano nace no es todavía autoconsciente de su existencia, al menos no puede comunicar esta vivencia.  No tiene individualidad, sigue sintiéndose o percibiéndose parte del organismo de su madre.  Es una prolongación de la identidad materna.  A lo largo de la primera infancia se reconocerá como individuo y adquirirá la noción de ‘yo soy’.  Tendra nombre —lo que proporciona identidad consciente—  y adquirirá el lenguaje, lo que le permitirá incorporar contenidos a su mente procedentes del entorno humano.  


Nos hemos de preguntar si la mente, la funcion, preexiste al reconocimiento de la identidad y a la adquisición del lenguaje.  La respuesta es que necesariamente ha de estar presente —al menos su esbozo— desde el inicio de la vida, para entender como evoluciona en el tiempo. Porque la función va emergiendo a medida que se desarrolla a lo largo de un aprendizaje durante el cual se produce o entrena la aparición de la autopercepción como individuo, ese reconocimiento que hemos dicho emana de la mente y nos dota de autoconsciencia.  Por otro lado está claro que desde el balbuceo de las primeras palabras hasta la adquisición del lenguaje complejo han de mediar años de entrenamiento entre humanos y en contacto con los productos de la mente humana.   Por lo tanto, podemos decir que la mente ya viene en el ente ‘de fabrica’ en forma embrionaria y se desarrolla a partir del contacto con los humanos.  La demostración es que si criamos un chimpance al lado de un niño, en el chimpance no alcanzaremos nunca el desarrollo de una mente con lenguaje y autopercepcion como el humano.  El chimpance tiene una mente que viene limitada de fabrica.

Viendo lo que sucede en el transito de la niñez a la etapa adulta podemos deducir que el procesador funcional que es la mente no tiene una unica función, digamos que aparecen funciones que son subfunciones de la mente, areas mas especializadas que tomaran el control del ente para cumplir con objetivos distintos o tratar diferentes temas.  Veamos como la emergencia de las distintas propiedades de la mente conlleva la aparición de areas especializadas. 

La primera propiedad que aparece es la individuación, la segunda2 es el lenguaje que posibilita la adquisición de contenidos humanos, la tercera es la noción de conciencia moral que permite establecer distinción entre bien y mal, la cuarta es el establecimiento de una manera de expresar su existencia, un molde de reacción personal, que llamaremos personalidad, la quinta seria la emergencia de la necesidad de ser autonomo en todos los ordenes de la existencia de la cual derivará la decisión de ser adulto.

Hemos dicho al principio que la mente es un procesador que tiene la propiedad de reconocerse a si mismo como tal, se nombra a si mismo y se percibe como ‘yo soy’.  Esta propiedad es la que permite a las partes funcionales del procesador hacer lo mismo a su vez y dar lugar a la partición de funciones con autoreconocimiento propio, es decir que la mente no tiene un apercibimiento interno unificado.  Podemos hablar con nosotros mismos y tratarnos como algo que es mas de una sola cosa. Por ejemplo:  la conciencia moral tiene su propio quehacer y puede interpelar al ‘yo soy’ global como si fuera un hecho distinto.  A su vez el ‘yo soy’ puede interpelar a la persona (con personalidad propia ya establecida) diciendole que lo que ha hecho no le gusta.   Pero también podemos ver que en ocasiones la personalidad es dominada por una tendencia que toma el control del ‘yo soy’ y que se proclama directora de una determinada preferencia, para poco tiempo después cambiar el rasgo que domina, y declarar una preferencia que es divergente con la anterior, como si fuera otro y no el anterior ‘yo soy’, el que tomara las decisiones.   Estos ejemplos nos ponen en la pista de una propiedad nueva que es la multiplicidad plastica que presenta la mente y que aflora precisamente por que tiene la facultad o propiedad de percibirse como entidad dentro del ente.  Propiedad que —como ya he dicho— hace extensible a sus partes o funciones especializadas.

Asi pues resumiendo:
-el ser se construye de forma progresiva, no nace hecho y derecho, sino incompleto y perfeccionable. 
-la mente es la funcionalidad del ser.  Lo que le da entidad y le permite saberse animado y no inerte. 
-la mente funcional se organiza por zonas que adquieren autoreconocimiento y capacidad de dirigir acciónes por separado.

Las subfunciones de la mente serian:
-el self o ‘yo soy’ que es la primera emergencia de la mente
-la conciencia moral adquirida
-la personalidad a través de la que el ser se manifiesta en el mundo


miércoles, 15 de junio de 2011

4) ¿Por qué somos como somos?


Decía más arriba que ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo solo por que lo hemos decidido.  Este es el siguiente problema que tenemos que resolver. 

El mito de la caverna de Platón o una variante más próxima que puede ser el mito de la expulsión del Paraíso, pueden servir para entender lo que sigue.  Me explicaré.

No nacemos en un mundo ideal, en el exterior de la caverna o en el paraíso de la Biblia, sino en un mundo que es como es. Imperfecto y condicionado.  Si naciéramos en condiciones ideales seguramente la construcción de nuestro ser se daría por si misma, seriamos humanamente perfectos por que no tendríamos mas remedio que serlo.  La perfección del mundo nos haría perfectos, no habría otra posibilidad. No habría elección y por tanto no habría libertad. No sabemos si la libertad deriva de la imperfección del mundo o es la causa de ella, pero es justamente por la imperfección del mundo y sobre todo por que tenemos libertad para elegir entre lo bueno y lo malo, entre equivocarnos o acertar, por lo que debemos construirnos a nosotros mismos siguiendo un mapa de lo correcto que nos ponga a salvo de decisiones libres, pero equivocadas de acuerdo a nuestro objetivo que es vivir bien.  Hemos visto que tenemos mapa, con lo cual ya hemos avanzado bastante, ahora hemos de ser fieles a lo que dice el mapa que hay que hacer.  Entonces, cuando iniciamos el intento de ser de un modo concreto, es cuando comprobamos que la imperfección se manifiesta y no es tan fácil seguir las instrucciones.  

Resulta que desde la infancia se modelan en nosotros unas formas de comportamiento que dependen de nuestro entorno y que se aprenden a desencadenar ellas solas en respuesta a determinados estímulos.  Estas acciones no son mas que respuestas automatizadas del comportamiento humano.  El conjunto de estas formas de actuar configuran un sello global que nos hace diferentes a los unos de los otros.  Es así como nos reconocemos una individualidad que nos caracteriza, a eso le llamamos personalidad.

Así pues no somos exactamente lo que quisiéramos ser, no.  Somos lo que nuestra personalidad hace que seamos.  No es, en ningún caso, que nosotros hayamos dicho a nuestra personalidad que sea de una manera determinada, no, es justo al revés aunque nos duela reconocerlo.  No influimos voluntariamente en el desarrollo de la personalidad, sino que esta se va configurando en respuesta a un sinnúmero de eventos casuales y reacciones automáticas al entorno que, desde pequeños, han ido ‘sucediendo’ en nosotros hasta llegar a configurarnos.  La personalidad, por tanto, se construye a lo largo del tiempo.  A medida que pasan los años la enriquecemos, la incrementamos, pero siempre a nuestro pesar, y por que una cosa trae a la otra.  Y los rasgos que manifestamos ya desde pequeños van a marcar la continuidad de un cierto camino que irá tomando el desarrollo personal.  Se comprende fácilmente que en la infancia hay muchas influencias que no dependen de nosotros, sino del trato recibido, de las vivencias familiares, de los azares en los que nos vemos metidos y de las respuestas que estos provocan, de los miedos, de los instintos de todo tipo que nos vapulean, de si tuvimos hermanos o no, de si tuvimos cariño o no, de si, de si, de si… son tantos y tantos los fenómenos, causas-efectos que incidieron, que seria imposible controlarlos o enumerarlos todos.  ¿Entonces?  Hemos de aceptar que a medida que salimos de la infancia ya tenemos un bagaje previo que nos condicionará para toda la vida a menos que hagamos algo para evitarlo. 

Pero si nos observamos vemos que una cosa es nuestra personalidad, —la que responde con actos que a veces no están en consonancia con lo que quisiéramos— y otra es nuestra conciencia de ‘yo soy’.   Llamo ‘yo soy’ al apercibimento que tengo de mi funcionamiento, a la sensación interna de mi propio ser.  Así que esa auto-percepción de mi mismo no coincide siempre con esa personalidad que actúa, a menudo, sin consultar a mi —por decirlo de alguna manera— propio yo mismo, a mi ‘yo soy’.

Tenemos una personalidad en la que depositamos la sensación interna del ser.  Pero a menudo la sensación interna del ser se ausenta de la personalidad y deja que esta actúe en modo ‘piloto automático’.  O sea sin que mi ‘yo soy’ participe en las decisiones que tomo o en lo que hago.  Es como si hiciera una cesión de poderes y dejara que la personalidad, configurada como está configurada, tomara las riendas del negocio y hiciera o deshiciera a su antojo.   El resultado de este obrar automatizado no siempre nos satisface —aunque la mayor parte de las veces sea muy útil— y cuando nos damos cuenta de que determinadas acciones o decisiones no están en consonancia con lo que quisiéramos —cuando lo pensamos desde el ‘yo soy’— se nos llevan los demonios y nos fastidia ser como somos… o sea ser como es nuestra personalidad.   

Intentemos entender lo que nos pasa aplicando un poco de sentido común a nuestra reflexión, veremos que la cosa es sencilla.  A saber.

Tenemos un cuerpo y una mente.  Normalmente como sabemos que tenemos un cerebro asociamos el lugar de la mente con la cabeza.  Así que nuestra cabeza es la sede de nuestra mente.  Pero producto de nuestras comprobaciones y reflexiones llegamos a la conclusión de que nuestra mente no es una cosa sola ni una cosa simple, es un complejo  residencial casi como una urbanización entera.  Podríamos tomar prestadas muchas divisiones y clasificaciones que nos hablarían del alma, del espíritu, del cuerpo mental, de la conciencia, del ego, ello y super yo, del caballo, cochero y amo del carruaje… si, si, todo eso esta muy bien pero no son más que nombres que algunos han usado para describir procesos, estados o partes de la mente.  Veamos que podemos sacar en claro por nosotros mismos —sin tantas etiquetas— usando solo nuestra observación y el sentido común. 

Si reducimos a su mínima expresión lo que ES la mente podemos llegar a la conclusión —después de pensarlo bastante rato— de que es una especie de procesador  (tomo la palabra de la informática).   La mente procesa información que le llega de diferentes sitios.  Y con la información procesada nos hace funcionar.  Sin el procesador que es la mente no percibiríamos la existencia en general.  Aunque recibiéramos información del exterior seriamos ‘insensibles’ a lo que esa información hace referencia, no sabríamos ni captaríamos diferencias por lo que no tendríamos experiencia de la realidad sea cual fuere su cualidad.  Así que aunque tuviéramos vida en el sentido de estar presentes no tendríamos noción de la existencia de nada.  Tendríamos solo realidad objetal.  Por todo ello deducimos que la mente es lo que nos permite saber de la existencia y dejar de ser un objeto.  No vamos a entrar en la discusión filosófica de que es existir y si la existencia es en sí o en función de que haya quien la perciba. Eso sería complicarnos demasiado para el fin que por ahora persigo.  Quedémonos de momento con la deducción de que la mente es necesaria para percibir la existencia. 

El ente que somos tiene un procesador que recibe información.  La información llega al procesador por diferentes vías y siguiendo diferentes métodos, unos externos y otros internos al propio ente. Los externos son sensores o captadores de la realidad externa mientras que los internos son los que proporcionan al procesador datos que proceden de su funcionamiento interno.

¿Que es lo que hace el procesador con la información recibida?  Evalúa y reacciona.  Transforma información en acciones concretas que responden a un código de instrucciones que en lo más básico su función es preservar su existencia.  Sin la cual no tendría sentido el propio procesador.  Deducimos que el procesador es dependiente de un código previo que lo determina.  Por tanto el mantenimiento de la existencia es lo que explicaría la vida. También sabemos que existe un código, una información que no depende de lo que el ente recibe del exterior o del interior, sino que reside en el mismo ente.  Ese código es nuestra herencia genética.  En ella se inscriben las instrucciones que nos mantienen con vida y procuran nuestra supervivencia, como individuos y como especie.   Sabemos que este hecho es común a los seres vivos, tanto si son vegetales como animales.

Sigamos con la analogía del procesador.  El ser humano es, por lo que sabemos, el único ser animado que tiene un procesador que se ha descubierto a si mismo.  Es decir, la hormiga o el rábano, tienen un procesador del que no podemos decir que sean conscientes ni  la hormiga, ni el rábano.  Sus mentes reciben informaciones y las procesan para vivir de forma coherente con su código genético, pero no tienen autopercepción.  O sea no saben que son lo que son como lo sabemos nosotros.  Probablemente lo saben pero no de la misma manera.  Su grado de libertad es mucho más restringido que el nuestro.

Así llegamos a la propiedad principal de nuestra mente: la auto-consciencia, o sea la consciencia del ‘yo soy’.  Y digo propiedad principal por que es —a parte de su complejidad— la que verdaderamente distingue a nuestra mente de la del resto de los seres vivos que conocemos.

Podemos decir que el procesador —la mente— tiene una propiedad que hemos llamado auto-consciencia, pero como que anatómicamente ni de otro modo por ahora conocido, podemos dar una ubicación especifica al procesador, hemos de conformarnos con decir que esa propiedad ‘emana’ de la mente misma, no sabemos si hay un rincón o un apartado dentro de la mente donde resida esa función o propiedad que hemos llamado auto-consciencia.  Lo que si sabemos es que el funcionamiento del procesador depende de un substrato orgánico, el tejido cerebral, pues la experimentación ha demostrado que si desconectamos el cerebro perdemos la conexión mental y dejamos de ser conscientes, por tanto auto-conscientes.   El substrato orgánico son las redes neuronales, y aunque no sabemos muy al dedillo como se produce, si sabemos que son los intercambios eléctricos entre las membranas los que dan lugar a descargas que se traducirán en ordenes.  Ordenes que nos harán mover o hablar, ordenes que nos harán pensar o sentir.  La neurobiología ha explicado muchas cosas al respecto en los últimos 20 años y sabemos que los mediadores neuroquímicos son los mensajeros que usa el ente para ejecutar las ordenes que da la mente. 

Pero la investigación neurobioquímica no puede explicar por las partes que estudia el fenómeno de conjunto.  Por poner un ejemplo diríamos que por mucho que alguien  estudie las partes y componentes de un reloj no podrá nunca saber la hora que es.   Con el procesador pasa lo mismo.  Sabemos que usa un substrato, las neuronas, que funciona como una red de transmisión y que genera ordenes a distancia. También sabemos que usa los sentidos externos para reunir información, guarda la información en una especie de disco duro —la memoria— y elabora contenidos inmateriales que son lo que llamamos ideas y pensamientos, sensaciones, emociones y sentimientos.

La segunda característica más importante del procesador es el lenguaje.  El procesador nos permite comunicar con otros seres, pero sobre todo nos permite comunicar con él.  Esto es muy importante pues las ideas y sus agrupaciones asociadas, que son los pensamientos, se expresan por medio del lenguaje que conocemos como lenguaje humano estructurado.   Existen otras formas de comunicarse entre entes animados, por ejemplo el lenguaje corporal o el lenguaje de los signos, o el lenguaje que usan los animales para transmitirse entre ellos diferentes necesidades biológicas o incluso sociales.  Solo el lenguaje humano es la expresión del pensamiento.  Por eso es solo el lenguaje humano el que podemos usar para saber que pensamos o para hablar con nosotros mismos o con partes de nosotros mismos.  El lenguaje es la capacidad de la mente para expresar o comunicar el pensamiento interno y también el vehículo para recibir del exterior la información que encierran las ideas, pensamientos, emociones, sentimientos y sensaciones ajenas.  El lenguaje humano puede ser pensado, hablado o simbólico.  Pero es la comprensión del código lo que lo caracteriza y la comprensión del código  es la facultad de la mente que llamamos lenguaje. Sin el lenguaje y la auto-consciencia no seriamos plenamente humanos.

Todavía no podemos conocer la mente directamente, ni su formato, ni su ubicación, ni su organicidad, solo podemos conocer sus efectos y reconocer su función.  Eso es importante por que nos lleva a tomar la mente como una función.  Reconocemos su realidad ‘funcional’ y como tal hemos de abordarla sin perder más tiempo en otras aproximaciones.  Lo que de verdad nos interesa es saber que tiene unas funciones diferenciadas y conocerlas.  Entender el como ‘trabaja’ es nuestro propósito. 


jueves, 26 de mayo de 2011

3) El obrar

Lo que nos caracteriza es la acción, el obrar, y de hecho nos distinguiremos unos de otros por nuestros actos.  Pero si sacamos la lupa y miramos el hecho mismo de poner en marcha una acción veremos que hay varios ingredientes que vale la pena repasar. 

Para hacer algo tenemos que tener un motivo.

Un «motivo» es la razón que tenemos o al menos creemos tener para hacer algo, la explicación más aceptable de nuestra conducta cuando reflexionamos un poco sobre ella. En  realidad es la mejor respuesta que se me ocurre a la pregunta «¿por qué hago eso?».

Tratando de simplificar veremos que hay tres tipos de motivos que mueven nuestras acciones, las órdenes, las costumbres y los caprichos. Cada uno de esos motivos inclina nuestra conducta en una dirección u otra, y explica más o menos nuestra preferencia por hacer lo que hacemos frente a las otras muchas cosas que podríamos hacer. 

Lo primero que se me ocurre plantear sobre ellos es ¿con cuanta fuerza y de qué modo me obliga a actuar cada uno de estos motivos? Por que no todos tienen el mismo peso en cada ocasión.   Así que si lo analizamos un poco veremos que las ordenes sacan su fuerza del temor a la represión en caso de transgresión de la norma, de la ley, del código o de la orden directa. Pero también  del esperar una recompensa si se cumple con la orden o su equivalente.   Las costumbres sacan su fuerza de la comodidad de seguir la rutina que el devenir humano ha establecido, pero también en el interés por no contrariar a los otros que siguen la misma costumbre y desentonar.  Las ordenes y las costumbres parecen tener una cosa en común, que vienen de fuera y se nos imponen sin pedirnos permiso.   Mientras que el capricho sale de dentro sin que nadie medie (directamente) para impulsarnos a hacer algo. El capricho es algo más libre que los otros dos tipos de motivos.  Elegimos un color simplemente por que nos gusta más… etc.  Claro está que la influencia del mundo exterior, de los otros, también afecta a nuestra elección de los caprichos, por lo que verdaderamente tampoco es una elección totalmente libre.

Sin embargo lo que es más importante es darse cuenta de que una acción, por si misma, no es buena solo por que ser una orden, una costumbre o un capricho. Para saber si algo me es conveniente o no tendremos que examinar la acción más a fondo, razonando por uno mismo. Nadie puede ser libre por mi, ni dispensarme de elegir y de buscar por mi mismo.  Por que una orden puede ser inconveniente para mi, como lo puede ser una costumbre o un capricho. 

Cuando uno es pequeño e inmaduro, con poco conocimiento de la vida y de la realidad basta con la obediencia, la rutina o el capricho. Pero es porque todavía dependemos de alguien que vela por nosotros y nos limita a seguir su estructura. Luego hay que hacerse adulto, es decir, ser capaz de inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente vivir la que otros han inventado o dispuesto para uno.  Tomaremos elementos de los otros y nunca seremos originales, pero tendremos que hacer un esfuerzo para pensarlo.  Si no damos este paso no nos hacemos adultos.  Pero al final entre las ordenes que nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos creamos y entre los caprichos que nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos lo que es conveniente.  Por tanto no habrá mas remedio, para ser hombres y no borregos, que pensar dos veces lo que hacemos.

Las ordenes y las costumbres pueden ser malas por muy ordenadas o acostumbradas que se nos presenten, por tanto si queremos aprender en serio como emplear bien la que libertad condicionada que tenemos (y este aprendizaje es justamente de lo que va la ética básica) mas vale saber que las decisiones sobre lo que es conveniente o no se han de tomar razonando sobre la validez de los motivos y sopesando siempre si cumplen o no con nuestra idea de lo que es bueno o conveniente. 

Determinar que es bueno en relación al ser humano no es tarea fácil.  En realidad hay muchos baremos para medir lo que es bueno para un hombre, así que lo primero será echar luz sobre esta cuestión tan básica.  Los códigos morales son tomados de ideas o normas establecidas entre los hombres para guiar sus comportamientos.  Hay muchas morales, a nosotros nos afecta la moral cristiana por que es la que ha predominado en nuestra cultura durante siglos.  Pero es posible ir más allá de ella y tratar de reducir esta moral a un principio ético que la subyace y del cual se ha de partir para superar las diferencias morales de los actos, según el baremo a usar.  Es decir que deberíamos ser capaces de encontrar la razón ultima por la cual el bien vivir sea explicado, y, a partir de ahí, derivar un código ético sobre el que tomar la decisión en cada momento, sobre nuestro actuar, para saber si actuamos de forma conveniente o no.  Ese es, como he anunciado, mi propósito al reflexionar sobre la ética básica.  Hacia allí me encamino pero antes hemos de seguir echando luz sobre ciertas cosas.

Como hemos dicho que lo principal es hacer buen uso de la mucha o poca libertad de la que disponemos, deberíamos empezar por asegurar que lo mejor seria hacer lo que uno de verdad quiere, no lo que quieren otros por mi.  Esto parece una verdad de perogrullo pero no es así.  No siempre lo que hacemos coincide con lo que de verdad queremos. Y ese es el primer conflicto.  Parece que lo primero seria por tanto saber que es lo que queremos.  Y tenerlo bien claro.

Hay que dejarse de ordenes y costumbres, de premios y castigos, de gustos condicionados, en una palabra de todo cuanto quiere dirigirnos desde fuera, y nos hemos de plantear todo este asunto desde dentro de nosotros mismos, desde el fuero interno de nuestra voluntad.  No le preguntes a nadie que es lo que debes hacer con tu vida: pregúntatelo a ti mismo.  Si deseas saber en que puedes emplear mejor tu libertad, no la pierdas desde el principio poniéndote al servicio de otro o de otras voluntades, por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad… a la libertad misma. 

La aparente contradicción que encierra el ‘haz lo que quieras hacer’ no es sino un reflejo del problema esencial de la libertad: que no somos libres de no ser libres, porque no tenemos mas remedio que serlo.  Y si en uso de tu libertad decides no serlo, de seguir el precepto de otro o dejarte llevar por la masa, seguirás actuando tal como prefieres: no renunciaras a elegir, sino que habrás elegido no elegir por ti mismo.  Sartre dijo algo realmente cierto: estamos condenados a la libertad.  Pues aunque dijeras que no quieres saber nada de todo este embrollo fastidioso, también estarías queriendo… queriendo no saber nada, queriendo que te dejen en paz aun a costa de convertirte en un borrego que sigue la corriente de la vida. Seria tu libre decisión la que te llevaría a este punto.  Tan libre como podría ser lo contrario. 

Supongamos, por suponer algo, que no decides dejar este espinoso asunto y quieres seguir investigando.  En este caso vamos a preguntarnos que es lo que mas queremos los humanos… así en general.  Si alguien me pregunta que es lo que mas deseo, pues después de un rato de pensar diría: darme una buena vida !!!   Efectivamente, si por algo nos puede interesa la ética es por que la ética es el intento racional de averiguar como vivir mejor. Así que, si merece la pena invertir esfuerzos en penetrar los contenidos de la ética es porque nos gusta la buena vida.  

Pero no quiero la buena vida de un animal de la selva, ni la de un pez en el mar. NO, quiero una buena vida HUMANA.  Y ser humano consiste principalmente en tener relaciones con los otros humanos.  Casi todo lo otro que no sea esto es ser animal en la naturaleza.  Por tanto lo que nos diferencia es nuestro sentido de humanidad, la ‘necesidad’ de relación con los demás.  Eso es fácil de ver poniendo un ejemplo.  Si pudiéramos tener lo que quisiéramos de entre todos los bienes a nuestro alcance, un mundo maravilloso, un clima perfecto, los lujos mas refinados, una salud envidiable y todo el dinero del mundo, de que nos serviría sino pudiéramos volver a ver ni a compartir todo esto con ningún otro ser humano, si estuviéramos solos.   Es así como entendemos que la buena vida humana es buena vida entre seres humanos.  Queremos ser humanos, no herramientas ni animales racionales aislados.  Y queremos sobre todo ser tratados como humanos, porque eso de la humanidad depende en gran medida de lo que los unos hacemos con los otros. 

El hombre no nace ya hombre del todo ni nunca llega a serlo si los demás no le ayudan.  ¿Porque? Porque el hombre no es solamente una realidad natural, como lo pueda ser una vaca o una lechuga, sino también y principalmente una realidad cultural.  No hay humanidad sin aprendizaje cultural y para empezar sin la base o fundamento de toda cultura: el lenguaje.   Nuestro mundo es una realidad de símbolos y leyes sin la cual no seriamos capaces de comunicarnos entre nosotros. Tampoco podríamos captar la significación de lo que nos rodea.  Pero nadie puede aprender a hablar por si solo por que no es una necesidad natural ni biológica, es una creación cultural que heredamos y aprendemos de otros hombres. 

Por tanto la humanización, lo que nos convierte en lo que queremos ser, es un proceso reciproco.  Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mi son todos como cosas, objetos o animales, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco.  Por eso ‘darse la buena vida’ no puede ser muy diferente de ‘dar la buena vida a los otros’.  Esa es la clave que debíamos de encontrar. Ahí esta la razón de ser de mi tendencia humana.  Sin ella no estoy muy lejos de la vida animal misma.

Cuando tratamos a los demás como cosas, lo que recibimos de ellos son también cosas:  al explotarlos recibimos dinero, nos pueden servir, ser útiles e incluso nos pueden sonreír, pero de este modo nunca nos darán esos dones mas sutiles que solo las personas pueden dar. No conseguiremos ni amistad, ni respeto, ni afecto, ni comprensión, ni mucho menos amor.  

En resumen para obtener de los demás esa complicidad fundamental que proporciona los bienes ‘verdaderamente’ humanos tenemos que tratar a los demás con el trato que solo se da entre iguales, y que no nos pueden ofrecer mas que otras personas a la que tratemos como tales. En reciproca correspondencia.  Cualquier trato que incumpla esta norma rebaja el intercambio al trato con meros objetos y deja de proporcionar los bienes humanos, tan  preciados, que están en la base de nuestra buena vida.

Hay una pregunta que nos hemos de hacer a la luz de lo descrito hasta ahora.  ¿Porque está mal lo que llamamos “malo”?  Y la respuesta es: porque no nos deja vivir la buena vida que queremos.  Para eso hay que quererla, evidentemente.  Y para ello primero hay que entenderlo. 

Resulta entonces que ¿hay que evitar el mal por una cuestión meramente de egoísmo? Pues si, esa es exactamente a la conclusión que hemos de saber llegar.  Lo que mueve nuestras acciones es justamente nuestro propio interés.  Y eso, en resumen, es ser egoísta en el buen sentido de la palabra.  Pero como, lo que mas queremos en este mundo es a nosotros mismos, no hay excusa para no practicarlo.  Si queremos nuestro bien buscaremos indirectamente el bien de los demás.  Así de fácil.  

Y que pasa cuando obramos mal, pues que aparece en escena algo que llamamos sentido de culpa o remordimiento.  ¿Pero de donde vienen los remordimientos?  Podía decir alguien que son reflejos íntimos del miedo al castigo que puedes merecer. Pero supongamos que no tienes temor a la venganza justiciera de nadie y no crees que haya ningún Dios dispuesto a condenarte por las fechorías… sin embargo tienes remordimientos.  Solo podemos explicarlo por que al obrar mal y darnos cuenta de ello comprendemos que ya estamos siendo castigados, que nos hemos estropeado a nosotros mismos —poco o mucho— voluntariamente.  No hay peor castigo que darse cuenta de que uno esta boicoteando con sus actos lo que en realidad quiere ser… Así pues los remordimientos vienen de nuestra libertad. Si no fuéramos libres, no podríamos sentirnos culpables de nada.  Por eso —a menudo— cuando hemos hecho algo vergonzoso buscamos una escapatoria y aseguramos que es que no tuvimos mas remedio que obrar asi, pues no pudimos elegir:  “cumplí órdenes”, “todo el mundo hacia lo mismo”, “perdí la cabeza”, “es más fuerte que yo”, “no me di cuenta de lo que hacia”, etc.

Preferimos confesarnos esclavos de las circunstancias antes que responsables de nuestros actos.  Y esto lo hemos de saber, hemos de aceptar que eso sucede —y nos sucede a nosotros— para estar alerta y no caer en la trampa que nos propone la mente.  Lo importante es tomarse en serio la libertad —o sea ser responsable— y emplearla bien para no sentirse en contradicción con lo que de verdad queremos como seres humano.   Ser responsable es ser capaz de dar respuesta a la autoría de nuestros actos. Para lo bueno y para lo malo. Apechugar con las consecuencias de lo hecho, enmendar lo malo que pueda enmendarse y aprovechar al máximo lo bueno.  El responsable siempre ha de estar dispuesto a responder de, y por, sus actos. Si, he sido yo.  Me equivoqué o no. Pero he sido yo sin excusas. Es mi libertad la que he usado mal o bien. Pero soy yo,  no la publicidad, ni el sistema capitalista, ni el carácter que me domina, ni el que no me educaron bien… etc. En definitiva es la aceptación del uso que he hecho de mi propia libertad no de las circunstancias que me han condicionado. 

Para acabar con el tema del obrar, algo que lo condensa todo en una frase.  Una frase tomada de la doctrina cristiana.  Todas las normas, todos los mandatos, todas las reglas de conducta se podrían resumir en una: «ama a los demás como a ti mismo».  Fijaos que cuando incumplimos esta norma es por que no nos queremos a nosotros mismos lo suficiente, con esto bastaría para comprender todo lo precedente.  Así que mi consejo es ‘quiérete mas’, porque al hacer daño a otro te lo haces a ti mismo.  Nada, ninguna acción, ningún obrar  que podamos imaginar escapa a esta lógica.

Entonces ¿si todo es tan claro y lógico como es que no lo hacemos?